Un mes con piel de tango

Por Óscar Domínguez G.

Llega junio por entre las tiendas del almanaque y se nos alborota la vena tanguera. O gardeliana. Junio, tango, Gardel: una vieja y siempre nueva trinidad.
Algunos hicimos el kinder en tangos cuando vivimos en Manrique, cerca de la musical 45. El cursillo de malevos lo hicimos escuchando tangos en Armenonville, Rodríguez Peña, La Gayola, en el viejo Guayaquil. Y en Junín.
El ritual exigía poner cara de exinquilinos de La Ladera, mirar maluco al vecino, echarle cinco al piano, ver y no tocar a las meseras, escupir cada dos segundos, y tomar aguardiente.
Era nuestra forma de marcar territorio. (Este varón se ubicaba cerca de la salida para poner pies en polvorosa al primer entrevero. El cementerio no sólo está lleno de imprescindibles… sino de valientes que no corrieron a tiempo. Esos son los héroes).
Tan pronto llegaba al bar, un amigo-mecenas le pasaba el trueno al cantinero con una malacara clonada de algún compadrito de Borges. Apenas sospechábamos de la existencia del “último delicado” de Buenos Aires.
Buscábamos poesía, filosofía, humor, amor, desamor, vida, en suma, en los tangos. Nos sentíamos biografiados en ellos.
Tango sin licor, no rimaba. Muchos junios después, el ceremonial ha cambiado. Con los pies en agua caliente con sal, bebiendo agua aromática, con el ocaso respirándonos en la nuca, escuchamos milongas mientras nos tragamos un puré de pepas para dormir. Y mantener enhiesto el ánimo.
Los más chicaneros contamos que le dejamos a Gardel un cigarrillo encendido en su mausoleo del cementerio de Chacarita, en Buenos Aires.
O contamos que leímos el libro “Gardel vive en Guarne” del finado Ricardo Peña-Villa. Al hombre se le va la mano en ficción, y nos cuenta que Carlitos sobrevivió al accidente aéreo en Medellín, y vive en alguna finca del oriente, disfrazado de sí mismo.
Por cierto, dos de los que más saben de tangos en este acabadero de ropa llamado mundo, el argentino Ricardo Ostuni y el paisa Luciano Londoño, escribieron unas líneas para el libro. Cada uno tiene su propio nicho, no se pisan las mangueras trangófilas. Hay una pequeña diferencia: Ostuni habla inspirado por el Espíritu Santo.
Para estar a tono con el abuelo, su nieta se llama Malena. Una vez escuchó por radio el tango de Manzi que lleva su nombre. Entonces preguntó: “¿Abuelito, por qué me mencionan en la radio?”.
La biblia, Ostuni, www.baireshistoria.blogspot.com , se amaño tanto en Medellín que repite visita. Hoy jueves en la Biblioteca Piloto, 6:30 pm, y el sábado, 4:30, en la Biblioteca Suárez, en Bello, aportará nuevas certezas de que Gardel era uruguayo. Hablará hasta de pasaportes chamuscados.
Según Ostuni, hay varias pruebas:
– 1) Sus propias declaraciones a distintos diarios donde no sólo se declara uruguayo, sino que menciona actividades que habría realizado siendo chico, antes de 1890.
– 2) Su propia declaración ante las autoridades argentinas para obtener la ciudadanía de este país.
– 3) El último pasaporte que se encontró chamuscado entre el fuego de Medellín donde se ha comprobado que su fecha de nacimiento dice 1882.
– 4) Declaraciones de varios amigos que aseguran haber festejado en 1933 el cumpleaños número 49 cuando la historia francesa lo da por muerto a los 44 y medio.
El día que visité Montevideo, nadie nos habló del paisano ilustre. Tampoco ví ninguna estatua de Gardel, en el país del mundo que tiene más estatuas por centímetro cuadrado. Silenciosa forma de cobrar esa ilustre paternidad.
(www.oscardominguezgiraldo.com)

Con Gardel en El Abasto
Por Fray Augusto

Me sumo a este mes que tiene aire de tango evocando una noche en la Esquina Gardel, en Buenos Aires:
Subimos al bus y de entrada “olemos” que hay mayoría europea. Nos recibe el golpe de ala, el sobaco huérfano de jabón, de agua y de desodorante de nuestros primermundistas compañeros de a bordo. El agua es para las matas deben pensar.
Ya en la esquina Gardel, en El Abasto, a las parejas nos prohíben sentarnos juntas. Marido y mujer frente a frente. No me tocó al lado ninguna condesa derrocada. Tampoco ninguna actriz del cine porno.
Quedé en sanduche entre Rusia y Esados Unidos: A mi diestra mano, se “parquea” un ruso posperestroiko. A la siniestra, un gringo descomunal de Nebraska, Richard, casado con una mexicana diminuta, Evelinda. Con Richard me entiendo a punta de infinitivos suyos y de signos manuales míos. ¡Qué exquisito inglés hablan mis dedos!
Antes de ordenar la cena nos obligan a tomarnos fotos con las bailarinas. Tratamos de negarnos. “Si querés no comprás la foto, ché”, dice una bella prteneciente a la burocracia del local. Como es la primera vez que me dicen “che”, acepto.
Acaba de convencerme el mazamorreo de caderas de la bailarina, y los que posan con la más imbécil de las sonrisas. El chiste nos costará 45 pesos (= 45 mil pesitos de los nuestros. Dimos papaya. Es la forma quetenemos los turistas para generar recursos para el prójimo).
Los platos tienen nombres de tangos de Gardel. Mi señora se decidió por “Tomo y obligo”. Un salmón que no era tal. Salmón que se respete es color salmón. Y ese era blanco. “Es un salmón enrazado en sierra”, comenta “mi dulce enemiga”.
Le metieron gato por liebre. Así se lo hizo saber al mesero pero el hombre trajo la razón del chef: el salmón es salmón del océano Atlántico. Chef locuta… (Como no hay posibilidades de viajar al océano a constatar toca despachar el plato).
Ordeno “Mano a mano” (empanadas), de entrada, y de plato fuerte, “Por una cabeza” (matambre de cerdo). “Anclao en París” se “intitula” el delicioso postre.
La función se ha iniciado con videos que presentan la historia del tango. Gardel monopoliza las imágenes. Desde gallinero, me toca mirar el show de lado. Termino la velada con tortícolis, a punto de estrenar la Assist-Card.
El hollywoodesco espectáculo nos roba aplausos para diestros bailarines, cantantes que llevan un Edmundo Rivero en su corazón, y una orquesta en la que “sollozan” dos bandoneones.
El pianista nos hace recordar a Rodolfo Biaggi, “Manos Brujas”. Una bella cantante, con “voz de sombra”, nos deleita con “Malena”.
El cantante líder es un plagio al carbón de Carlitos Gardel, con su traje negro impecable, su despectiva forma de mirar que es la misma de agarrar el cigarrillo, y lleva pelo engominado, domesticado con la versión gaucha del fijador Lechuga.
El problema de copiar a otro es que nunca plagiaremos bien y, en cambio, nunca podremos lucir nuestras propias virtudes. Con este brillante pensamiento que parece leído en una revista de peluquería, tocamos la retirada hacia la medianoche.
Regresamos a la democracia olorosa del bus que descarga su variopinta mercancía con unos vinillos y exceso de colesterol malo. Ha quedado chuleada la noche bonaerense.

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