Dilemas de guerra y paz

Por: Andrés Hoyos* 

No creo ni por un instante en la estridente defensa de la guerra que hace el uribismo. El ex presidente se pega del clavo ardiente de la Seguridad Democrática como casi la única percepción de éxito con que la hoy cuenta para tratar de apagar los escándalos de todo tipo que él mismo causó al nombrar gente impresentable en puestos claves del Estado. El general Santoyo pronto será el penúltimo caso.

Dicho esto, la política de paz de Juan Manuel Santos nos pone nerviosos. Pese a que nadie sabe si la paz será posible en los próximos dos años, tratemos de sopesar los factores más importantes. Colombia como un todo, de acabar con la guerra, obtendría una ganancia inmensa. No obstante, la opinión pública está muy prevenida y con razón. Después del Caguán y de las barbaridades que siguieron, no sirve nada que no conduzca a una desmovilización verificable de la guerrilla, al tiempo que a muchos nos resulta intragable que el Secretariado tenga influencia en las grandes decisiones políticas del país.

En cuanto a las Farc, los colombianos debemos entenderlas, a despecho de nuestra repugnancia. Aunque supongo que habrá delirantes que creen que los recientes ataques a la infraestructura les han permitido retomar la iniciativa militar, lo cierto es que han sido golpeadas en forma drástica, a tal punto que cualquier otra organización hubiera negociado ya con una agenda creíble de desmovilización. Pero no lo han hecho y no es seguro que lo hagan. ¿Por qué? Porque se han convertido en un eslabón clave en la cadena del narcotráfico, lo que les da una financiación siempre abundante. Este gran negocio, además, no se va a acabar pronto pues depende de la prohibición, cuyo fin todavía no asoma en el horizonte dada la cobardía de nuestras élites. La otra razón de peso para la persistencia de la guerra es la dificultad de imaginar un escenario viable para las Farc en el posconflicto, debido a su historial criminal, a la aversión que la gente les tiene y a la prohibitiva legislación internacional suscrita por Colombia. Quizá haya manera de evitar que sus cabecillas paguen cárcel efectiva, pero es un imposible ético que sujetos de delitos de lesa humanidad adquieran poder político.

Me dirán que ser un cartel de la droga politizado no es un fin en sí mismo, y para una persona sensata no lo es. Sin embargo, en el monte predomina el cinismo, no la sensatez. Por eso no se firmará la desmovilización a menos que para las Farc la alternativa sea mucho peor, una tarea difícil aunque no imposible. Es importante dejar sentado que la paz no es el resultado forzoso del proceso que se inicia. Como existe el peligro de que las negociaciones desemboquen en un nuevo intento de intensificar la guerra, hay que irse haciendo a la idea de que el proceso podría terminar pronto y mal. Es muy inconveniente, entre otras cosas, que Santos quiera colgar sus posibilidades de reelección en la paz. Para evitar presiones indebidas, debería asegurarnos que, de tener éxito en la materia, limitará su mandato a un término.

De cualquier modo, la suerte está echada. Si se firma una paz cierta, prosperarán movimientos variados de centro y hasta la izquierda legal tendrá un chace, mientras que el Puro Centro Democrático se volverá marginal. Si el proceso fracasa, es casi seguro que la derecha regrese al poder en 2014 y que tras un baño de sangre la guerrilla termine por negociar alguna forma de rendición tres o cuatro años más adelante.

 

*Tomada de El Espectador con autorización expresa del autor

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@andrewholes

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