¿Hacia un segundo Caguán?

Por: Tata Cabello Flórez.–

Juan Manuel Santos reconoció ante todos los colombianos –después de negarlo varias veces– que está adelantando diálogos o, mejor dicho, “conversaciones exploratorias” con las Farc, para un eventual proceso de paz. Esas conversaciones se basan en tres puntos: Aprender de los errores del pasado para no repetirlos; cualquier proceso que se realice debe conducir al fin del conflicto y no a prolongarlo, y las operaciones y presencia de las Fuerzas Militares del Estado continuarán en todo el territorio nacional.
Hace casi dos años, el presidente Juan Manuel Santos sancionó una nueva prórroga de la Ley 2014, o más conocida como la Ley de Orden Público, que fija los alcances de los procesos de paz hasta diciembre de 2014 y faculta al Presidente para autorizar personas para adelantar diálogos con grupos armados ilegales. ¿Eso significa que todo estaba ya planeado y nunca nos contaron? ¿Será que el marco jurídico para la paz –tan polémico en el Congreso de la República– está diseñado para estos diálogos con las Farc?
Todos los colombianos queremos la paz, por supuesto que sí. Pero no al precio que sea, ni como sea, y mucho menos pasando por encima de nuestras Fuerzas Militares ni del pueblo.

¿Por qué el Gobierno negó y negó el tema una y otra vez? ¿Por qué no contó todo en su pronunciamiento? ¿Por qué nos dijo verdades a medias? ¿Qué tan adelantados van los diálogos? Dice Ricardo Galán, en su “Libreta de Apuntes”, que Santos no nos dijo que las conversaciones con las Farc versan sobre 5 puntos: La participación en política de los subversivos después de su eventual desmovilización y entrega de armas; el compromiso del Estado de hacer una reforma agraria que vaya más allá de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras aprobada por el Congreso; la negociación de sentencias judiciales que en la práctica equivalgan al indulto y que están prohibidos constitucionalmente; una reforma política que permita la participación de actores de izquierda que han apoyado al grupo subversivo y que no cuentan con recursos para realizar sus campañas, y la negociación debe ser en Oslo, Noruega, con una segunda fase en Cuba.

Pero, ¿paz entre balas? ¡Dios, líbranos! ¿Paz en un nuevo Caguán? Qué dolor de patria. ¿Amnistías? ¿Indultos? ¿Perdón? ¿Olvido? ¿Qué les decimos a nuestras FF. MM., a tantos héroes caídos que dieron sus vidas por nosotros? ¿Qué les decimos a esos soldados de la fuerza pública que luchan a diario contra las Farc? ¿Qué les decimos a esas familias que perdieron a sus héroes en combate? ¡¿Qué perdón y olvido?! ¿Olvido por más de 50 años de guerra, muertes y violencia?

Y eso que no nos ha contado, tampoco, si hablaron del narcotráfico. ¿Los diálogos son con las guerrillas de las Farc o con la narco-guerrilla de las Farc? ¿O es que la guerrilla ya no trafica? ¿Quiénes son los voceros del Gobierno? ¿Los de la guerrilla?

Y vuelvo e insisto: ¿Paz a qué precio? ¿Del debilitamiento de la seguridad democrática? ¿De la desmotivación del Ejército de Colombia y de la moral de las tropas?

¿Qué van a negociar? ¿Con la agenda del país? ¿ Con el terrorismo? ¿Con los tres huevitos del expresidente Álvaro Uribe Vélez? ¿Qué habría pasado si Uribe hubiera diseñado un marco jurídico para la desmovilización de los paramilitares, como lo hace hoy Santos? ¿Sería una negociación distinta al sometimiento a la justicia?

No me opongo a la paz, pero sí debe ser un diálogo abierto, unas negociaciones por encima de la mesa, de cara a los colombianos. Como dice Uribe: “el problema es cómo se llega a la negociación”. Paz sí, pero con la renuncia a las armas, al secuestro, al narcotráfico, a la extorsión.

Por si acaso: Lucho Garzón es la mejor decisión que tomó el presidente Juan Manuel Santos, de invitarlo a ser parte de su gobierno. Su ‘don” social no lo tiene nadie en este país, y Santos lo necesita. ¡La mejor de las suertes para Lucho!

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