Violencia juvenil nos tomó la delantera

Por: Uriel Ortiz Soto (*)

La violencia juvenil, es un petardo con diferentes connotaciones sociales, edades y sexo, que ya nos tomó la delantera; estalla a cualquier hora del día o de la noche: en establecimientos públicos, educativos, calles o centros de diversión; va adelante de la formación moral, religiosa y académica.

¿Cómo hacer para desactivarlo? Es tarea difícil, pero hay que hacerlo y con urgencia. Para muestra un botón, veamos lo que respondieron un grupo de niños y jóvenes con edades entre los 8 y 18 años, en un taller de convivencia, denominado: ¿Por qué tanta violencia Juvenil? Así se expresaron:

“Porque soy hijo de un hogar donde reina la violencia” respondió sin titubeos un niño de doce años. “Yo no soy hijo del amor, soy hijo del placer” respondió otro. “Mis padres me engendraron en un burdel, sin amor y sin compromiso social”. “Cuando nací tenía en mi rostro la tristeza del desprecio de mi madre, y fui creciendo con esa misma frustración”. “Por eso, hoy en día soy un avezado delincuente, mis padres desnaturalizados y la sociedad, me las tendrán que pagar”. Siento rabia de vivir en este mundo”. Estas son algunas de las expresiones que se escucharon. En sus rostros se perfila el asomo de una constante tragedia de lo que han sido sus vidas, tienen una mirada de desconfianza, mezclada de odio, rencor y tristeza.

Son niños sin futuro, condenados a vivir una injusticia social que no crearon. Padecen el continuo rechazo social, y por esta causa son presa fácil para ingresar a las bandas de alta criminalidad: guerrilla, narcotráfico, y bacrín, cuando no es que caen en los laberintos de la drogadicción. El oficio del sicariato es el más apetecido entre ellos. Les pagan altas sumas de dinero para dar rienda suelta a sus frustraciones. Al disparar un arma, parecería que quedaran en paz con su conciencia. Creen que así están castigando a la sociedad que tanto los despreció, y les negó la oportunidad de ser niños de bien.

Pero, lo más grave, es que la violencia juvenil,  llegó también a las universidades, estamos asistiendo a los debates judiciales más tenebrosos de jóvenes de distinguidas familias, estudiantes de reputadas universidades, que se encuentran comprometidos en diferentes asesinatos y otros delitos atroces.

Desde que el Ministerio de Educación Nacional, abolió la cátedra de moral, y buenas    costumbres, pero, también, desde que apareció la tolerancia de formación académica sin la rigurosidad de otros tiempos, y la Urbanidad de Carreño se convirtió en toda una burla, tanto para quién la enseña, como para quién la práctica, las sociedades modernas entraron en crisis. Empezaron a construirse con la ausencia de dos pilares fundamentales que las deben soportar: Principios y Valores.

La violencia, la drogadicción, el alcoholismo, el micro tráfico y el sexo, entre menores de edad, tiene índices tan preocupantes, que los padres de familia, los directivos de las instituciones educativas y las mismas autoridades de policía, están alarmadas. Las quemaduras con ácidos en el rostro de bellas jovencitas, es un hecho que nos está indicando al grado de descomposición social y de criminalidad a donde hemos llegado; es tan criminal el que ejecuta la acción; como su autor intelectual que por desquitarse de la víctima, paga para que alguien  la ejecute; muchas de estas víctimas, hubiesen preferido la muerte a seguir viviendo el drama de la terrible desfiguración facial constante y permanente.

¿Cómo es que se registran riñas con presencia de barras bravas, e incitadores de parte y parte, resultando vencedor el que produzca la muerte o mayores lecciones personales a su contrincante, bajo el aplauso de quienes las presencian? Los jóvenes y menores de edad de hoy en día, en, gran porcentaje, llevan dibujado en su rostro el estigma de la intolerancia, antesala propicia para llegar a cometer actos de violencia.

Debemos aceptar que cuando un adolescente delinque, la falla está: en la deficiente formación moral de sus hogares, establecimientos educativos, y en la sociedad misma, que no obstante ser consciente de los hechos violentos que se presentan a diario, no hace nada para corregir todos estos desmanes.

¿Qué hacer entonces ante semejante drama? Declarar la emergencia educativa, dice la Senadora Gilma Jiménez; reforzar la vigilancia y seguridad en colegios y universidades, dicen sus rectores. Considero que no es el momento de los me a culpa y mucho menos de las recriminaciones. Ante todo se debe pensar en un diagnóstico social y colectivo:

Desde la óptica de Comunidad y Desarrollo,  hay que empezar por construir sociedades de convivencia ciudadana. Este es un tejido social donde debemos estar comprometidos todos, iniciando desde los hogares, y debe extenderse a los jardines infantiles. Posteriormente hay que hacerle seguimiento en los planteles educativos de primaria y bachillerato, siempre con el acompañamiento del binomio: Plantel Educativo y Asociación de Padres de Familia, sin que se aparten: Educador – Padre de Familia.

Si se implementan las primeras dos etapas, el paso a la universidad será sin mayores traumatismos, puesto que el joven, ya lleva una formación acorde a los principios y valores recibidos en las primeras etapas de su vida. Esto se logra, sin politiquería y sin aspavientos, comprometiendo todas las entidades educativas, con los padres de familia a la cabeza, que deben ser junto con sus hijos, los actores primarios de todo este proceso.

 

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