El continente imaginario del señor Insulza

Por: Eduardo Mackenzie.–

Yo quería conocer a José Miguel Insulza. La actuación del polémico secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), nombrado a ese cargo en 2005 y reelegido en 2010 con el apoyo de la galaxia chavista, siempre me intrigó.

El hombre está contento en el cargo, viaja mucho, negocia con jefes de Estado, supervisa elecciones, da declaraciones  y preside reuniones. Este 22 de febrero él estaba en Francia pues este país es, desde1972, observador permanente de la OEA.  En París, Insulza dictó una conferencia intitulada “Los desafíos de la democracia en América Latina”. Fui a oírlo con la mayor atención. Al cabo de dos horas confirmé lo que pensaba de él. 

Insulza describió una América Latina ideal, que evoluciona, según él,  hacia la prosperidad y la democracia sin tropiezos. Con muchos “problemas y quejas por la desigualdad y la violencia”, claro está, explicó, pero hacia un futuro luminoso y sin nubes.  El insistió: “En América del Sur reina el optimismo”.

Lo curioso es que ese progreso transcurre dentro de una burbuja. Lo que él llama “la región” avanza dentro de una curiosa autarquía, sin contactos ni relaciones con las economías del norte del continente, y sin vínculos con Europa y el Pacífico. El influjo de esos países, y de la vida política de las grandes democracias,  no hace parte de su análisis.

Así, la América Latina de Insulza es una construcción imaginaria, ambigua, tocada por la dudosa gracia de los contactos sur-sur, remolcada por las larguezas de Venezuela, las maniobras antiliberales de Cuba y del Alba y las corridas francamente sediciosas del Foro de Sao Paulo.

Da la impresión de que Insulza ha borrado de su logiciel intelectual a los Estados Unidos y al Canadá. El habla más como un jefe de Unasur, creada en 2008, que como el responsable de un organismo que incluye 35 países, es decir el norte y el sur del continente, no una parte de éste.  

En la boca de Insulza, el concepto de democracia se transforma en una noción confusa, en un “proceso lento”,  que deja de ser una realidad con rasgos precisos. El estima  que “la política no es sólo una cuestión de principios”. Cuba, por ejemplo,  es un tema que Insulza jamás aborda pues  esa dictadura totalitaria de 53 años sigue siendo, para él, un momento de la “construcción” de la democracia del continente. Ese régimen, aún agonizante, sigue urdiendo operaciones contra las otras democracias,  como lo demuestra la expansión de la mano castrista en cinco o seis países latinoamericanos con un trasfondo inusitado de injerencia de poderes nostálgicos del sistema comunista, como el ruso, el bielorruso, el chino y del campeón mundial del antiamericanismo, Irán. Eso tiene sin cuidado a Insulza. Para éste todo va bien, como en el mejor de los mundos.  

La OEA, sin embargo, fue creada para defender la democracia en todo el continente. Trasgrediendo ese deber, Insulza se convirtió en el hábil componedor y validador de las aventuras antiliberales y antidemocráticas que sufre el continente. Hace unas semanas, la complicidad del político socialista chileno con el régimen chavista fue confirmada una vez más cuando la OEA declaró que “respetaba cabalmente la decisión tomada por los poderes constitucionales de Venezuela”, con respecto a la pretendida “toma de posesión” de un Hugo Chávez ausente, moribundo o fallecido en Cuba. En París, Insulza reiteró su apoyo al golpe anti constitucional del 10 de enero de 2013 al decir que éste  había “evitado un conflicto que no era necesario”. Consoló a sus oyentes asegurando que, de todas formas, ese “tema” será “resuelto la próxima semana”, en Caracas.

La charla de Insulza en París esquivó los problemas reales de América Latina. Pero lo hizo con talento pues su auditorio lo aplaudió al final. Enseguida, las preguntas de los inconformes con esa visión ideológica y relativista fueron evacuadas sin miramientos.

 

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