Las Farc predican desde la prensa española

Por: Eduardo Mackenzie.–

Los jefes de las Farc en La Habana están maniobrando con éxito a los silenciosos enviados del presidente Juan Manuel Santos. Pero hay algo más. También lo están haciendo con la prensa internacional.

Con la venia del gobierno colombiano, las Farc montaron una tribuna en Cuba. Allí acuden casi a diario periodistas extranjeros sedientos de noticias. Como muchos de ellos ignoran todo acerca de la banda narco-terrorista, beben las “informaciones” envenenadas de Iván Márquez y de los otros y la rebotan tal cual al día siguiente a los media de los cinco continentes. Quizás por eso Iván Márquez dice que todo va bien en La Habana.  Mientras tanto, el presidente Santos no hace nada para contrarrestar ese trabajo de violación de conciencias.  El no se da siquiera por aludido.

En días pasados, dos reporteros sirvieron los refritos de las Farc al diario madrileño El País (1). El artículo saluda la política de Santos, lanza una serie de preguntas pertinentes sobre el “proceso de paz” en Colombia y termina con unas propuestas dementes.

Los autores se despistan pues ubican mal el llamado “conflicto colombiano” al aceptar la tesis fariana de que éste tiene un “origen agrario”. Ven en él “un conflicto de lucha de clases o [de] estamentos sociales”. Ese enfoque es falso. El llamado “conflicto” colombiano, en su acepción actual, no creó la organización armada conocida como Farc. Ocurrió lo contrario: las Farc crearon el “conflicto”.

Las Farc no son el resultado de la sociología. Nunca hubo una rebelión agraria, o un movimiento campesino autónomo  y espontáneo que creara, en Colombia, un aparato armado destinado a combatir el gobierno central y a tomar el poder.  Estudiosos colombianos y extranjeros buscan ese eslabón perdido (la “rebelión agraria”, la “guerra de campesinos”) desde hace cuarenta años sin encontrarlo. Ante ese vacío ofrecen esquemas y elucubraciones sin hechos.

La creación de las Farc fue un acto político decidido y ejecutado por una potencia totalitaria victoriosa, que controló no sólo la orientación ideológica de ese aparato sino que veló por su supervivencia en el tiempo. Fue un acto político que trató de capitalizar y ahondar las tensiones sociales y políticas del país generadas por el subdesarrollo. Pero no fue al revés. Es más, fue un acto político unilateral, típico de la Guerra Fría, como lo fue, en otras latitudes, y guardadas proporciones, la creación por Moscú de la RDA, en 1945-1949, como lo fue la creación de los otros poderes comunistas de la Europa del Este.

Ninguno de esos regímenes, ni las guerrillas comunistas que estuvieron a punto de tomar el poder en Grecia y fueron aplastadas  en 1949, fueron el resultado de la “movilización de las masas”, ni de la “sociología” del Viejo Continente. Fueron el resultado de la segunda guerra mundial. Las Farc son también el resultado de ese gran cataclismo. Todos esos países, donde el comunismo fue implantado por la bota soviética, y Colombia, donde las Farc actúan desde entonces, son “víctimas de lo inútil y de lo absurdo”, como dice Ehrhart Neubert.

Entender esto es fundamental. Las Farc son el resultado de una decisión política tomada por la URSS en su lucha por la hegemonía continental y mundial y contra el liderato que ejercía los Estados Unidos en el hemisferio occidental, su ex aliado durante la segunda guerra mundial. El ejecutor de esa decisión local fue un aparato político leal a la URSS, el PCC.

Desde luego, el juego propagandístico del PCC y de Moscú, y después, de La Habana, trató de hacer aparecer esa creación como un resultado espontáneo de la “lucha popular”, de la “lucha de clases”, de “la opresión social”, no como la decisión arbitraria de la URSS. Las ventajas de ese enfoque mentiroso son inmensas: borrar las raíces externas y artificiales de ese acto y no tener que rendir cuentas  por los crímenes que esa decisión política acarreó. Si aceptamos que las Farc son el resultado de la lucha campesina y de la cocina social local, no podemos pedirles cuentas a esos bárbaros. Deberíamos, por el contrario, agradecer sus acciones y su “desvelo por el pueblo colombiano”, como cínicamente dijo Iván Márquez en entrevista con Marisol Gómez  de El Tiempo, el 10 de febrero de 2013.

El periodo conocido como “la primera Violencia” no fue una expresión de la lucha de clases. En los procesos guerreros entre liberales y conservadores había  toda suerte de clases y categorías sociales, principales y secundarias, colaborando contra el  bloque adverso. Esa guerra terminó en 1958. La guerra que los comunistas reanudaron solos, después del plebiscito y de la instauración del sistema del Frente Nacional, tampoco fue la continuación de una guerra social.  Desde el comienzo fue una guerra contra un sistema político, y contra el pueblo mismo, desatada por un partido político que se inscribía en un combate mundial contra la democracia y el capitalismo.

Si las Farc representaran a unas “clases sociales” o a unos “estamentos sociales”, como pretende El País, la paz sería más fácil de conseguir: no sería sino satisfacer las demandas de esos “estamentos sociales” y el problema, o el meollo del problema, quedaría resuelto. Pero la cosa es más complicada pues las razones del “conflicto” vinieron del exterior y siguen en el exterior.

Las Farc no representan a nadie. En su total aislamiento, ellas se representan a ellas mismas y dependen de sus apoyos extranjeros. Ellas sólo son una aventura política, prisionera de una ideología y de unos métodos criminales.

El poder que ellas buscan no sería puesto, en caso de victoria, al servicio de una clase o de varias clases sociales: sería puesto, como lo muestra la historia, al servicio de un partido o, mejor, de la casta burocrática que controla ese partido. La lucha contra las Farc ha cojeado durante 50 años pues, dormidos por la propaganda, hemos adoptado el enfoque que las Farc quieren que adoptemos.

Para ganar la batalla política, aunque pierdan la batalla militar, las Farc necesitan posicionarse como un actor inocente, como una víctima. El esfuerzo central de los contactos en La Habana está allí, no en el “diálogo” con los plenipotenciarios del Gobierno. Y han avanzado mucho: hasta el presidente Santos (pero no es el único) cree, lamentablemente, que las Farc, a pesar de su interminable carrera  criminal, representan a unas clases sociales, es decir a una parte de Colombia. Si no fuera así él no habría aceptado negociar con ellas el futuro de Colombia. Empero, las Farc no representan sino a ellas mismas y al proyecto de sus patrocinadores ideológicos del continente (durante la guerra fría las Farc representaban los intereses de la URSS exclusivamente).

A causa de esa óptica, el artículo de El País propone una salida irresponsable, la misma que exigen las Farc: “buscar la transformación social y económica” del país mediante la adopción “de la visión política, económica y social” de las Farc, “a través de los canales ordinarios, con plenas garantías de supervivencia física e intelectual por parte del Estado”.  Esa salida sería nefasta para Colombia pues las Farc no han renunciado, ni renunciarán, a su programa de destrucción de la democracia representativa y de la economía de mercado mediante la fuerza, el terror y la mentira.

Las Farc no son reformables, como no lo eran ni la URSS, ni sus países satélites del llamado “socialismo real”. Incorporar al sistema la “visión” de las Farc sería, para el Estado y para la sociedad colombiana, cometer un suicidio.

Otros conceptos típicamente farianos aparecen en el texto de El País. Los articulistas pretenden que “desde 1946”  las “élites liberales y conservadoras pusieron en marcha un estilo en la concepción de las relaciones de poder que se ha ido sofisticando”. Ese es, precisamente, el sofisma inventado en los años 60 por Gilberto Vieira, jefe del PCC en ese momento, que los agitadores comunistas  trata desde entonces de imponer como un axioma, como un postulado incuestionable: que los partidos “burgueses” implantaron “desde 1946” un “régimen fascista y pro imperialista” contra el cual era legítimo erigir unas guerrillas, y sobre todo contra el cual era necesario combinar todas las formas de lucha y de la violencia, contra los civiles y contra los representantes del Estado.  Si esas “relaciones de poder” siguen vigentes hoy e incluso “se han sofisticado”, como estima El País,  eso quiere decir que la caracterización del gobierno colombiano como “fascista y pro imperialista” sigue vigente  en las Farc y que los métodos de lucha de esa banda seguirán hasta el derrocamiento del mismo. Santos y los negociadores del Gobierno de Santos deberían pensar en eso.

El asesinato del líder liberal anticomunista Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, fue presentado por el PCC como un crimen más de esa “dictadura”, lo que le permitió ocultar su propio acto, es decir el hecho de que el comunismo internacional fue el organizador de ese magnicidio, concebido y preparado para derribar el gobierno del presidente conservador Mariano Ospina Pérez mediante una revuelta “popular” y para cambiar la correlación de fuerzas políticas a largo plazo dentro del país. El segundo objetivo fue logrado parcialmente por ellos con el Bogotazo.

Por eso es irrisorio el ataque contra el ex presidente Álvaro  Uribe, quien en el artículo es presentado, aunque éste no lo nombra, como el generador de una “polarización social” (cuando ésta existía, según las Farc, desde 1946).  Ese ataque oblicuo y cobarde pretende alcanzar igualmente a las facciones políticas, intelectuales y ciudadanas que apoyan a Uribe. Todos ellos son calificados por ese texto como “saboteadores” de la paz.  Es un artículo que, lamentablemente, no desagradará ni a los cuadros de las Farc ni al presidente Santos.

 

(1). “Colombia, del laberinto de la violencia al jeroglífico de la paz”. Por Sergio Ferrero y María Angélica Alvarado, 8 de febrero de 2013 –

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/02/08/actualidad/1360347977_108388.html

 

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