Lenguaje de guerra

@acastanedamunoz

“En la sociedad, como en la naturaleza, las fuerzas más contrarias se tocan en los extremos.” Mijail Bakunin

Resulta triste afirmarlo, pero la realidad es que Colombia es un país en donde ninguna generación ha podido vivir en paz. Nadie tiene la más remota idea de a qué sabe la paz, a qué huele, de cómo se siente. Pero en cambio, sabemos a qué huele la guerra: a tierra seca, a pólvora, a desplazamientos, a desapariciones, a lágrimas, dolor, a gritos, bombardeos y disparos… la guerra sabe –y huele- a muerte.

Pero esta guerra no empezó hace medio siglo. No se inició en 1964 con el surgimiento de las primeras guerrillas. Esta guerra viene de mucho más atrás de 1948, cuando mataron a Jorge Eliecer Gaitán, más atrás incluso del inicio de la violencia política en los años 30’s, de los conflictos territoriales con Perú o la Guerra de los Mil Días. Esta guerra nació con el país.

El siglo XX fue, no solamente en Colombia, sino en el mundo, una época sumamente violenta. Fue un siglo también de grandes cambios.

Pero acá la guerra no cambió. Cambiaron sus actores, los discursos, quienes empuñan las armas, pero el conflicto y la muerte son los mismos. Este, el país del río Amazonas, de los dos mares, de las montañas majestuosamente verdes, de los llanos prominentes, de los paraísos que nacen en medio de las cordilleras y de los manantiales cristalinos que empapan los campos, fue envejeciendo sin la esperanza. La tierrra del Mohán, la Patasola y la Llorona, de los pueblos cargados de mitos, de leyendas e historias fantásticas, tuvo que ver como se apagaba la ilusión. La Llorona… ¡pobre mujer! Sus hijos también murieron en la guerra.

Hemos convivido tanto con la violencia, con las malas noticias, que parece que esta fuera parte de nuestra idiosincrasia, que se hubiese metido en nuestro ADN. Los colombianos -¿o los humanos en general?- somos violentos por naturaleza. Hablamos, aún sin saberlo, este siniestro lenguaje de guerra.

Porque el problema de Colombia no son solamente las Farc. Ni el ELN. Los problemas de Colombia tienen muchos nombres: las Bacrim, el sicariato, el reclutamiento forzoso, el secuestro, la desparacición, el desplazamiento, la entrega de la riqueza minera del país a multinacionales, la explotación del medio ambiente, la corrupción, el abuso del poder… la falta de oportunidades.

Tienen razón en un punto las Farc: en Colombia no habrá paz mientras persista la desigualdad social. Olvidan mencionar sin embargo, que ellos también han contribuído a generar desigualdad, pobreza, desplazamientos, terror y muerte. Luchaban contra la desigualdad, y se convirtieron en un agente más de ella.

El secuestro legal

“No te dejes secuestrar… las batidas son ilegales”. Esta frase, escrita con rotulador negro sobre un pálido muro amarillo puede leerse en el parque principal de Chiquinquirá, departamento de Boyacá. La crudeza de la frase contrasta con la imponente catedral de la Virgen de Chiquinquirá que día a día congrega a cientos de fieles alrededor de un pedazo de tela donde, según dicen, se apareció la Virgen María.

El secuestro, utilizado por los grupos armados ilegales –Farc, ELN, EPL, AUC y Bacrim- para financiar su actividad bélica y el reclutamiento forzado practicado para engrosar sus filas han sido una constante en el país.

Pero esta frase va más allá: señala otro reclutamiento forzado, el legal… la obligación de ir a la guerra, de morir por el país. La ley colombiana reglamenta que todo varón mayor de 18 años está obligado a prestar el servicio militar. La pregunta es, si un jóven no quiere ir a la guerra, pero la ley lo obliga, ¿no estamos hablando también de un reclutamiento forzado? Ir contra su voluntad al centro de los enfrentaientos sin certeza alguna de regresar a casa con vida, ¿no es un acto de violencia?

El Estado también habla este mismo lenguaje; la guerra es un negocio, un negocio que quizás no quiere perder.


“Bacano que a los hijos de uno les toque la paz”

Hace un par de semanas, viendo la entrevista que le realizó el caricaturista Vladdo en su programa semanal de televisión a la historiadora Diana Uribe, la escuché decir esa frase. Me gustó mucho. Es un sueño, una ilusión, un deseo profundo.

Pero el país está dividido y los discursos de los colombianos son también violentos. Por un lado, la derecha y la ultra derecha, que insulta, ataca, profiere juicios morales y señala de terrorista a todo aquel que no comparta sus tesis. Son los que insisten en la vía bélica, en seguir con la ofensiva militar, como si la guerra no generara más guerra, más dolor, como si la sangre que ha corrido no fuera suficiente.

Del otro lado, está la izquierda y quienes afirman pertenecer a ella y discurso de siempre: la burguesía, la clase opresora, la holigarquía… es una izquierda desorganizada y sectarista. No es una verdadera izquierda, propositiva, incluyente.

Tenía razón Bakunin, anarquista ruso, al afirmar que los extremos tienden a unirse. La extrema izquierda termina siendo igual a la extrema derecha que dice combatir. Alemania y China no fueron muy distintas.

Himno de fe y armonía

El artículo 22 de la Constitución Política de Colombia declara que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. La paz es un compromiso de  todos, es de Colombia, para Colombia y se construye día a día. Necesitamos una cultura nueva, una educación para la paz y la armonía.

Porque tiene razón Diana Uribe, “bacano que a los hijos de unos les toque la paz”. Y el regalo más maravilloso que podríamos entregarle a las próximas generaciones es ese: un país libre, soberano, independiente, inmensamente rico… un país en paz.

 

 

 

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