Museo de la Arriería

Por: Uriel Ortiz Soto (*).–

El oficio de la arriería, que contribuyó  con tantas glorias al progreso de los pueblos, aún se resiste a desaparecer en medio del transporte de la modernidad, la ciencia y la tecnología. Son varias las recuas de mulas que se observan en los pueblos del Eje Cafetero, transportando el café de las veredas donde aún no hay vías de penetración. Verlas desfilar en hileras de quince o veinte con su campanera adelante, es todo un espectáculo, que nos transporta a las épocas ancestrales, cuando las presenciábamos como un oficio obligado, porque era el bastión por las sendas del progreso.

Quienes organizan cabalgatas por los Departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda, para recorrer los caminos de la arriería, convocan todo un espectáculo de fiesta, de patriotismo y de nostalgia. Los pueblos por donde pasan se visten de fiesta y los reciben como verdaderos héroes de regreso de una guerra de dificultades. Estos quijotes merecen ser reconocidos en el museo de la arriería, como verdaderos baluartes de una historia que aún no ha sido contada. Gracias a ellos, tan noble actividad continúa vigente en el tiempo y en el espacio, para mostrar a presentes y futuras generaciones, cómo fue el proceso de desarrollo de sus pueblos, de los cuales hoy se enorgullecen, en ser sus dirigentes.

El Museo de la Arriería, podría desarrollarse en el Norte de Caldas, con jurisdicción entre los municipios de Aranzazu y Salamina. Esta iniciativa fue lanzada por el Suscrito, en el museo de Antioquia, con sede en Medellín, en enero de 2011. La razón, tuvo que ver con la ausencia total del más mínimo rastro o recordatorio de la Arriería en dicho centro cultural. Por este motivo, me permití hacer un llamado a la dirección del museo, sin que hasta la fecha tenga respuesta alguna. Parece que no les importa honrar las glorias del pasado, pero sí, los derroches burocráticos del presente.

Considero que es imprescindible iniciar desde ya una campaña de recolección de todos aquellos objetos, paisajes, retratos, historias, leyendas, y empresas, que nacieron al vaivén de la arriería, que hoy son emporios nacionales o multinacionales, nacencia que tiene sus raíces en las recuas de mulas, bueyes y arrieros, que desafiando abismos y distancias, nunca dijeron no, a las sendas del progreso de los pueblos, con los primeros asomos de la civilización.

El noble oficio de la arriería, se está extinguiendo en las brumas del tiempo y el olvido. Hay que rescatar lo poco que de él nos queda, para erigir un monumento de reconocimiento y de grandeza, a quienes fueron sus pioneros y verdaderos adalides.

La arriería está llena de leyendas, de historias, de tragedias, de dificultades, de amores, y de gratos e ingratos recuerdos, pero, sobre todo, de grandes satisfacciones por su labor cumplida, vivida la mayoría de las veces al son de las precariedades. Los sitios que ocuparon sus fondas, son testigos mudos de los desvaríos y pesadumbres, provocados por rudos arrieros, que al fragor de una noche de luna, rasgaban sus tiples para convocar a sus enamoradas a un rato de esparcimiento, matizados por anisados de contrabando, producidos en alambiques ocultos en la maleza. El caporal de la mulada, era el encargado de este oficio.

En torno al arriero con sus recuas de mulas y de bueyes; de su indumentaria: carriel de nutria,  mulera de lona, delantal, zurriago, sobrero de jipa, jíquera para el fiambre, sandalias de cuero, escapulario al cuello, y el perro andariego como fiel compañero, entro otros,  se han escrito muchas historias que aún permanecen ocultas en las fauces del olvido, de la distancia y del tiempo. Dejarlas que perezcan ante la ignominia de quienes con honor descendemos de esta noble raza, sería el pecado más grande de la ingratitud.

Son muchos los escritores, poetas y artistas, que se han inspirado en la arriería para sus  obras inmortales. Del  poeta Antioqueño, Jorge Robledo Ortiz, podría decirse que todo su prontuario,  está detallado en este noble oficio. Sus hermosos poemas: La Casa de los Abuelos; Nuestra Señora del Paisaje, y Siquiera se Murieron los Abuelos; tienen su mención en los bellos paisajes y los momentos estelares de tan bella historia.

En cada camino de la arriería hay una historia que contar. Los arrieros de las épocas de antaño que hoy son respetables bisabuelos y abuelos, desgraciadamente pensionados por el olvido de los gobiernos de turno, tienen todo un torrente de experiencias, que aún permanecen ocultas en el carriel de sus recuerdos, donde guardaban las cartas de sus fugaces  amores, conseguidos para una sola noche, que les permitía mitigar la soledad y soñar plácidamente, para después ver un amanecer lleno de requiebros, y altibajos, pero también de satisfacciones, que les proporcionaba una vida, aunque trashumante, estaba llena de orgullo.

Iniciemos pues esta gran tarea de convocatoria, para que quienes se sientan aludidos en los altares de la historia del desarrollo de los pueblos, empiecen a buscar un sitio para colocar en el museo de los recuerdos, las glorias del pasado, que no serán más que el cenáculo de los arrieros, que un día muy de madrugada, salieron desde los cuatro puntos a fustigar paisajes, y encontraron en las mulas y los bueyes, una forma ardua y bravía de ganarse la vida con honradez, pero con grandes dificultades y terribles desafíos.

Los Arrieros, son los verdaderos héroes del desarrollo de los pueblos, inclinémonos ante su pasado, y revivíamos nuestra historia construyéndoles un museo de amor, de admiración y de grandeza para la posteridad.

Valdría la pena que a la entrada del museo – apenas es una idea-, se levantara el monumento a la Arriería. Para lograr este objetivo se requeriría la convocatoria de los más destacados escultores, para que cincelen en una expresión artística lo que fue este noble oficio, tan recordado por todos los habitantes descendientes de la Vieja Antioquia, pero tan olvidado por los entes Gubernamentales.

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