Escribí sobre el agua porque cuando vuelvo a Santa Marta veo la degradación del mar por el carbón de la Drummond

Lo hemos empezado a vivir y, en los casos más extremos, a padecer. A diario los ambientalistas denuncian cómo las grandes multinacionales acaban con nuestros recursos hídricos y los medios de comunicación denuncian sobre las sequías que se producen en diversas partes del país y del mundo. El agua se agota y está en vía de extinción, pero lo realmente alarmante es lo poco que nos interesa el tema. Tema que ha preocupado, casi desde siempre, a Enrique Patiño, o Kike, como le diremos en este diálogo.

Acaba de publicar una bella y, al mismo tiempo, dura novela sobre el la escasez del agua, cuyo título es La sed. Le llevó tres meses escribirla, pero investigar cómo era el proceso de sufrir la falta del líquido o cuáles serían los dolores que sufriría quienes no lo bebieran, le tomó bastantes meses.

La obra refleja una dura realidad que no es ajena a ninguno de nosotros como es el momento en que nos digan que ya no habrá más agua. Bajo un escenario apocalíptico, en este libro demuestra a lo que puede llegar el ser humano en condiciones extremas para sobrevivir.

Kike es samario (Santa Marta, Colombia), aunque ha vivido gran parte de su vida en Bogotá. Es periodista, ama la literatura, la fotografía y el mar, al que recuerda desde la tienda de sus padres y luego cuando salió a recorrer el mundo. Se ha desempeñado como redactor y editor en varios medios como en diario El Tiempo, revistas Semana y Diners, entre otros. Fue ganador del premio de la SIP a Mejor Crónica de Las Américas y su blog fue nominado entre los mejores en español en los premios The Bobs.

Hoy combina la fotografía con la literatura y el periodismo, en una propuesta artística que va más allá del registro cotidiano. En 2013 expondrá sus imágenes en Colombia y Canadá.

– ¿Cómo surge La sed?

Aparece con una imagen, la de una mujer que camina por las tierras áridas de Sudán, y ese mismo día con la noticia de que habría sequía en Colombia, una más de las tantas (sequías) que nos anuncian y que vienen precedidas de intensos inviernos, por lo cual nunca estamos preparados para ninguno de los dos extremos ambientales. Pocos días antes, mientras realizaba una nota periodística, había investigado la prehistoria del desierto de La Tatacoa, en el departamento del Huila (Colombia) y había descubierto que era antes una gran extensión de pastizales. Entonces pensé en lo qué nos ocurriría el día en que se eternizara la sequía y cómo, de tanto esperar los inviernos, no estaríamos preparados para que no volvieran nunca y los desiertos ganarían el espacio que vienen reclamando ante nuestra devastación. El resto es fruto de la imaginación

– ¿Cómo fue el proceso de construcción de la novela y en qué se basó para escribirla?

Fluyó como el agua que escasea en la obra. Pero no arranqué a trabajarla sino hasta cuando supe, con investigaciones extensas y azarosas, cómo era el proceso de sufrir la sed, cuánto líquido era necesario consumir a la sombra y a pleno sol, qué materiales prevalecerían en una circunstancia de sequía extrema, cuáles serían los dolores que sufriría quien no bebiera agua. Una vez estuvo la investigación armada, construí la historia básica en tres meses. Dos meses después la reconstruí y la llené de los detalles que necesitaba.

– ¿Por qué su interés de abarcar el tema del agua en sus trabajos fotográficos y literarios?

No lo sé a ciencia cierta. Supongo que tiene que ver con el hecho de que nací en Santa Marta, y que desde la tienda de mis papás siempre veía el mar desde algún ángulo. Esta hermosa extensión de agua salada me moldeó en cuanto a la personalidad, y aunque no parezca muy Caribe en mi apariencia o forma de ser, lo soy en esencia. Quizás escribí del agua porque en Bogotá no la tengo, pero además porque cuando vuelvo a Santa Marta veo la degradación del mar por el carbón de la Drummond, porque cuando observo el río Magdalena veo un caudal contaminado, porque el río Bogotá es el más contaminado del mundo, porque los ríos de los santanderes y de los llanos se están secando y es más el cauce seco que el agua que corre, porque la degradamos impunemente y no nos importa.

– ¿Cuál es la primera imagen que siempre recuerda cuando se refiere al agua?

Son dos, que se turnan: la del mar que me revolcó y me arrancó de los brazos de mi madre, en una infancia primera cuando apenas sabía caminar y de repente me vi girando y tragando agua con arena, en el que yo considero mi bautizo. Y el mar quieto de los atardeceres, el cual me obligaba a detenerme para mirar su imponencia y que desde muy pequeño me dio la posibilidad de entender que en esa agua y en esas gotas estaba toda la historia del mundo que nos rodea.

– ¿Qué mensaje le gustaría que le quedara a los lectores después de leer su libro?

Espero que si hay un mensaje, no sea evidente. Porque en ningún momento tengo la intención de darlo. Pero si se cumple lo que dijo Ray Bradbury, de que al escribir sobre el futuro la gente lo relaciona con el presente, entonces habré logrado el objetivo. Porque la sed nos puede pasar y ya está ocurriendo, de hecho. El agua se agota. Y es bien sabido que toda realidad supera la ficción.

La sed, ¿reflexiona o denuncia o critica?

El libro narra hechos alrededor de un hombre mayor que protege su pozo de agua con un flujo irrisorio, y que sin quererlo termina protegiendo a una mujer. Ellos reflexionan sobre su entorno. Pero no denuncian ni critican, solo sufren su día a día, como cualquiera de nosotros lo haría. ¿Ya para qué quejarse del pasado si lo único que les queda es presente?

– En su libro planeta un escenario poco alentador para la humanidad, ¿estamos a tiempo para actuar y evitar una catástrofe?

Siempre hemos estado a tiempo. Pero no soy el más optimista en el largo plazo. Las multinacionales han comenzado a apropiarse de los terrenos circundantes en donde están los recursos, y en algún momento será demasiado evidente que la locomotora minera no es más importante que los recursos hídricos, pero quizás entonces ya no estemos tan a tiempo. Lo importante de despertar es hacerlo a tiempo, antes de que la pesadilla nos atrape. Y en este mundo solemos quedarnos dormidos ante lo importante.

– Usted es uno de los escritores jóvenes en Colombia que se ha abierto un importante espacio, ¿cómo ve el nuevo escenario literario?

Me parece prometedor. Puedo decir que soy un ávido lector de autores colombianos. Creo que hay algo importante en gestación, una corriente que es como estos tiempos: no va en una única dirección sino que consiste en distintas singularidades. Ya hay escritores que están dando muestras de ello.

– ¿A qué escritor siempre acude?

De afuera recaigo en Coetzee, Borges, Sábato, Saramago, y en autores diversos españoles como Rosa Montero, Ruiz Zafón, Cercas o Pérez Reverte, aunque leo de todo, y todo el tiempo. Y de Colombia, releo a Rojas Herazo, Germán Espinosa, Juan Manuel Roca y le tengo mi púlpito privado y silencioso al amigo y mentor Alberto Duque López.

– ¿A qué otros temas acude cuando escribe?

Me interesan los sufrimientos humanos. La psiquis de su dolor, lo que está en sus mentes y ocultan, sus dualidades y sus incertidumbres. Creo que todo lo que escribo, desde la poesía oculta hasta el periodismo de todos los días, trata de esculcar en ello.

– ¿Su literatura es una prolongación de su trabajo fotográfico o viceversa?

Son dos pasiones paralelas que confluyen en una misma necesidad: la de expresarme, la de sentirme vital.

– ¿Cree que los premios son importantes en la vida de un escritor?

Cuando gané un premio importante de periodismo lo celebré porque gracias a ello recibí un aumento de sueldo en un momento en que mi hija había nacido y pasábamos ciertas dificultades en casa. Ese premio me sacó de la “olla”. Aparte de eso solo he ganado algunas rifas menores. Creo más en el trabajo certero. El premio puede mejorar la vida, pero la calidad solo la da el trabajo serio, de horas confrontándose contra uno mismo. Si vienen, bueno. Si no vienen, el premio verdadero de escribir es… escribir.

 Después de La sed, ¿prepara otro libro?

– Dos que alterno a la espera que uno de ellos cobre más impulso que el otro y se adelante. Uno que toca el tema de la soledad y otro que narra el mundo oculto de la corrupción. Estoy en ellos.

Por: Ileana Bolívar (Libros y Letras)

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