La Inquisidora

La Iglesia. La Santa. La más grande y poderosa. Católica, apostólica, y romana. Ese inalcanzable espejismo de fábulas impensables e historias ennegrecidas por el fuego inquisidor y el humo de las hogueras.

Esa misma: perseguidora, incauta, fundamentalista, asesina, corrupta, inquisidora, hirsuta, oscura, absolutista. La dueña de la divinidad, la que trafica con la fe, la vendedora de un trozo de eternidad, la testaferro del cielo, la ejecutora de autos de fe, la que profiere juicios morales y condena al infierno, al fuego y la tortura eterna a la herejía, la duda, el librepensamiento, a judíos, negros, moros, brujas, homosexuales y lesbianas… ¡la religión del amor!

La historia de la Iglesia católica, que supuestamente fundó Cristo, no es tan Santa, tan transparente e inmaculada. Ocho cruzadas –emprendidas todas para acabar lo que consideraban herejía- y los multiples rostros que tuvo la Inquisición, el Santo Oficio, siendo uno de los más destructivos el de la Inquisición Española, fundada en 1478 y que se extendió hasta 1821 por los Reyes Católicos de España con la bendición del Papa Sixto IV, y posteriormente del Papa Inocencio VIII. Hoy, a la Santa Inquisión se le llama Congregación para la Doctrina de la Fe.

Pero de puertas para adentro, la carnicería no era menor. La historia da cuentas de Papas envenenados, estrangulados, cercenados. Pero también de Papas asesinos. Juan XIII, por ejemplo, les sacaba los ojos a sus enemigos.

Y también hay espacio para los papas jóvenes. Benedicto IX fue nombrado Santo Padre a la edad de 11 años. Entre otras cosas, fue Papa 3 veces.

Y hoy, a unas pocas horas del inicio del Cónclave para elegir al nuevo sucesor de Pedro, quien se cree fue el primer Papa, el futuro de esa iglesia de la que tanto se ha escrito y dicho, es incierto. El ambiente no es el mismo que en abril del 2005 cuando todo el mundo daba por sentado que Joseph Ratzinger, el alemán de 78 años sería el nuevo Sumo Pontífice. Hoy se barajan nombres, pero ninguno con la fuerza que tenía Ratzinger en su momento.

La renuncia de Benedicto XVI, el Papa conservador y dogmático ha dado lugar a especulaciones –conspiraciones, corrupción, miedo, enfermedades- y teorizar al respecto sería arriesgado. El gran teólogo se ha hecho a un lado y el trono de Pedro está vacío. En todo caso, siempre se dijo que el suyo, era un papado de transición.

Su renuncia se verá siempre envuelta por el misterio, el hermetismo y la especulación. Cabe resaltar que históricamente ningún Papa ha abdicado por razones netamente personales.

Pero en el trasfondo existe un debate profundo y sumamente importante. Qué es lo realmente importante, ¿la iglesia de Roma o la iglesia de Cristo?

Porque me atrevo a decir que no son lo mismo, me atrevo a decir también que la segunda ha quedado sepultada por los intereses y ambiciones de la primera.

Poco queda de la doctrina del amor, de la fraternidad y la justicia. La historia desdibuja los límites y transforma las palabras. El pasado está supeditado a la voluntad del poder presente.

El nuevo Papa tiene grandes retos y uno de ellos es acercar la iglesia a la gente, desmitificarla como el magnánimo templo romano de oro y santidad; hermético, inalcanzable y misterioso. La iglesia inquisidora debe aprender a escuchar.

Será la historia y su silencioso tribunal que denuncie el actuar de la iglesia, de sus representantes y dirigentes. Quizás sea momento, como leí en alguna entrevista con un teólogo, de dar espacio a la iglesia de Cristo.

Por: Andrés Felipe Castañeda.– 

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