La mala hora de Juan Manuel Santos

Para un Presidente tan obsesionado con el asunto de la imagen como Juan Manuel Santos debe ser catastrófico ver cómo la suya y la aprobación de su gestión se desploman a un ritmo acelerado sin que, hasta el momento, haya podido encontrar la fórmula que le permita enderezar el camino y volver a pensar seriamente en la posibilidad de lanzarse para un segundo período presidencial. Y es que las encuestas más recientes que se han dado a conocer —la de Datexco y la de Gallup— muestran a Santos por debajo del crítico 50 por ciento, tanto en favorabilidad como en aprobación de su gestión por parte de los colombianos. Esos indicadores son, en efecto, preocupantes para todo gobernante, pero lo son mucho más si quien los registra aspira a un segundo mandato, que es —¿alguien lo duda?— el caso de Santos.

El desplome presidencial tiene que ver con dos hechos fundamentales: los diálogos de paz con las Farc en La Habana y la pérdida de mar territorial en el archipiélago de San Andrés por cuenta del fallo del Tribunal Internacional de La Haya. Mientras el primero se le atribuye única y exclusivamente a Santos, hay que reconocer que en el segundo debió ponerse el traje de bombero para tratar de apagar un incendio que empezó muchos años atrás y durante otros gobiernos.

En realidad lo que la opinión pública le está cobrando a Santos, tanto en el primer caso como en el segundo, es el manejo errático de las situaciones. En el caso de La Habana es indudable que la astucia de los voceros de las Farc puso a la delegación gubernamental, encabezada por Humberto De la Calle, a tener que salirle al quite a cuanta barbaridad se les pasa por la cabeza a alias Iván Márquez y sus amigos. La delegación oficial —por apegarse a unos pactos que la contraparte no cumple— perdió toda iniciativa y dejó en manos de los guerrilleros la posibilidad de que sean ellos quienes cuenten lo que está pasando en la mesa de diálogo. Hoy la opinión pública tiene la percepción de que quienes mandan en La Habana son las Farc y no el Gobierno. Por supuesto que semejante escenario es totalmente contraproducente para la imagen de Santos, que es quien debe ponerle la cara al país y tendrá que responder ante la historia en caso de que las conversaciones fracasen.

Y en lo que tiene que ver con el fallo de La Haya —la otra cuenta de cobro contra Santos— hay que decir que el manejo de la crisis por parte del Gobierno también fue desafortunada, empezando por la canciller María Ángela Holguín quien se encargó de ambientar la decisión desfavorable del Tribunal Internacional con la tristemente célebre frase de un “fallo salomónico”.

Si bien es cierto que los presidentes que antecedieron a Santos, desde César Gaviria hasta Álvaro Uribe, pasando por Ernesto Samper y Andrés Pastrana, no pueden eludir su responsabilidad por el desenlace que tuvo el fallo de La Haya, también es claro que Santos no tuvo capacidad de reacción y fue desbordado por los acontecimientos, hasta el punto de que hoy nadie sabe —empezando por los sanadresanos— cuál será su suerte. Aquí, al igual que en La Habana, la iniciativa quedó en manos de la contraparte, que en este caso es Nicaragua, país que todos los días produce escaramuzas con el único fin de provocar a la Armada Nacional e incomodar a los pescadores isleños. ¿En qué se ha equivocado Santos? ¿La crisis tiene que ver únicamente con la imagen presidencial? ¿Está comprometida la reelección del Jefe del Estado?

Para qué disfrazarlo de candidato

En su afán por ‘humanizar’ a Santos, de cara a una eventual reelección, sus asesores decidieron ‘disfrazarlo de candidato’, algo que no va con la personalidad del mandatario, quien luce impostado cada vez que le toca asumir el papel de colombiano promedio. Santos no luce natural ni caminando en la Batalla de Flores durante el Carnaval de Barranquilla, ni manejando un ‘yipao’ en el Eje Cafetero, ni haciendo de campesino en Ramiriquí. Mientras Uribe —su gran referente— se pone un poncho y un sombrero y todo el mundo le cree, Santos tiene que hacer grandes esfuerzos para que los colombianos puedan ver en él a un Presidente que se les parezca. Así como Carlos Lleras nunca se preocupó por lucir simpático, ni Virgilio Barco por mostrarse divertido, Santos tampoco debería pretender ser lo que no es. En su caso, sus obras deberían hablar por él. El problema es que, hasta el momento, tampoco hay obras que mostrar y eso es lo verdaderamente grave. Es por esa razón que el maquillaje no logra ocultar las arrugas de su gobierno. En su afán por vender el detergente, a los asesores de Santos se les está olvidando que lo mejor de ese producto es que saque la mugre, no el empaque, ni siquiera el precio.

El gabinete se raja

Una de las supuestas fortalezas de Santos era un gabinete de lujo que tenía por lo menos tres presidenciables, sin embargo a la larga, y después de más de dos años de gobierno, son más las decepciones que las acciones que ese gabinete ha producido. El propio Santos se queja de la falta de ejecución del Presupuesto de cada cartera, generándose la imagen pública de falta de liderazgo. “Obras son amores”, dice el refrán popular y en los gobiernos, más que en ningún otro, esa frase es cierta y precisamente es lo que se echa de menos, pues no se ven ejecutorias de gobierno en campos diferentes del de Vivienda, que es el único que hace y que muestra resultados. De resto es realmente pobre la gestión de buena parte de los ministros santistas. La falta de ejecutorias del Gabinete termina pagándola Santos, quien deberá delegar menos y comenzar a pedir resultados concretos en todas y cada una de las tareas asignadas.

¿Qué pasó con el rostro social?

Cuando Juan Manuel Santos inició su mandato en 2010, la gran mayoría de los colombianos, empezando por sus electores, se sorprendieron por la ‘cara social’ que comenzó a mostrar su gobierno. Iniciativas como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, así como la del primer empleo, entre otras, calaron muy hondo en la ‘Colombia profunda’ y despertaron enorme simpatía hacia el mandatario. Pero, con el paso de los meses y de los años, esas iniciativas se han empantanado y hoy se encuentran navegando en las aguas de la incertidumbre y la frustración. Santos no ha podido concretar en hechos, sus ofertas sociales. Contrario a ello, la cara que ha mostrado el Gobierno en el campo social es la de la represión a la protesta social, como ha ocurrido, por ejemplo, con el paro cafetero, cuyos dirigentes han tenido que soportar la descalificación del ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, y la arremetida de la Policía Nacional.

¿Y La Habana qué?

Aunque el jefe negociador del Gobierno, Humberto De la Calle, afirmó que la negociación está llegando al terreno de los “acuerdos concretos”, esa misma sensación no la tienen la inmensa mayoría de los colombianos, quienes no son tan optimistas como la delegación gubernamental. Todo lo contrario: con el paso del tiempo, se ha incrementado en el ánimo nacional el pesimismo por cuenta de unos diálogos que perciben lejanos y lo que es peor ajenos a sus intereses, pues asumen que de la mesa de conversaciones saldrá la impunidad para quienes deben responder por decenas de actos de terror y por la muerte de miles de compatriotas. El Gobierno no ha podido ni ha sabido ‘vender’ los diálogos y por ello, los colombianos terminan por responsabilizar a Santos de todo lo que pasa en la mesa de La Habana.

Por: Óscar Montes.– @leydelmontes
El Heraldo, Barranquilla
3 de marzo de 2013

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