La muerte de Hugo Chávez, otras miradas

Chávez, la muerte de otro tirano

 

Por Ben Cohen

@BenCohenOpinion

Commentary, New York

Traducido del inglés por Colombian News

6 de marzo de 2013

 

Finalmente, tras semanas de especulaciones, la noticia es oficial: Hugo Chávez ha muerto. El Comandante de Venezuela, que mantuvo un férreo control sobre el poder durante 14 años, dejó este mundo, muy apropiadamente, en el 60 aniversario de la muerte de José Stalin.

Las similitudes entre los dos dictadores son convincentes. Tanto Stalin como Chávez creyeron profundamente en una nueva moral  revolucionaria que prescindiera de pequeñeces tales como una prensa libre y un poder judicial independiente. Aún más pertinente, al igual que Stalin, Chávez  fue, en sus últimos meses, obsesivo hasta el punto de caer en la paranoia de creer que médicos a sueldo del sionismo y del imperialismo occidental  lo habían intoxicado a él y a sus colaboradores más cercanos, como a sus seguidores.

Su sucesor designado y vicepresidente, Nicolás Maduro, aventuró el día de hoy que el cáncer que afectó a Chávez había sido inyectado de alguna manera en su cuerpo por sugerencia del gobierno de Estados Unidos. Este ha rechazado ese extremo como “absurdo”.

Maduro, sin embargo, está decidido a implicar a los Estados Unidos en una gran conspiración para matar a Chávez. Poco antes del anuncio de la muerte de Chávez, dos miembros de la Fuerza Aérea de EE.UU. residenciados  en Caracas, el coronel David Del Mónaco y su ayudante Devlin Costal, fueron expulsados de Venezuela. Al explicar esa decisión, Maduro dijo que una “prueba científica” terminará por confirmar que Chávez fue envenenado.

El paralelismo con “el complot de las blusas blancas” que surgió en los últimos meses de la vida de Stalin es aquí muy claro. Irónicamente, sin embargo, mientras  la muerte de Stalin como resultado de un complot fue denunciado como un invento, en Venezuela ocurre lo contrario. La muerte de Chávez es una oportunidad para que sus seguidores agiten por su cuenta la teoría de un complot de “las blusas blancas” teniendo en cuenta las fantasías antisemitas y antiamericanas de ese régimen y ello puede terminar en aventuras muy oscuras.

¿Cuál es, sin embargo,  el futuro inmediato? De acuerdo con la Constitución de Venezuela, las elecciones deberían celebrarse dentro de los 30 días siguientes a la muerte del presidente en ejercicio. Sin embargo, en los más de tres meses que Chávez estuvo fuera de la escena, los chavistas trataron los requisitos constitucionales con absoluto desprecio.

Cuando Chávez no se presentó a su posesión  prevista para el 15 de enero de 2013 –un signo evidente de su incapacidad para asumir el cargo y signo por lo tanto de la necesidad que había de programar  una nueva elección presidencial, la Corte Suprema chavista, repleta de jueces nombrados personalmente  por el presidente, decidió simplemente que su ausencia era temporal y que las nuevas elecciones no eran necesarias. Mientras tanto, Maduro lanzó discursos extravagantes para mantener la ficción de que Chávez se estaba recuperando y que trabajaba a puerta cerrada.  Hace apenas dos semanas, Maduro afirmó que él y sus compañeros ministros del gabinete habían celebrado una reunión de cinco horas con Chávez. Con su cara  más seria, Maduro citó a Chávez quien, en esa reunión, habría dicho a los presentes: “… sobre el ataque especulativo contra la moneda y el acaparamiento de productos,  tenemos que incrementar las acciones para luchar contra la guerra económica que libra la burguesía.”

En gran medida, esta estrategia funcionó. Sólo cinco días antes,  una encuestadora venezolana, Datanalisis, informó que el 56,7 por ciento de los venezolanos cree que Chávez podría recuperarse y volver a la política. El control estricto que el régimen ejerce sobre los medios de comunicación estatales, la continua marginalización de las voces independientes, como la cadena de televisión Globovisión  y, lo más importante, su influencia sobre la Comisión Nacional Electoral, cuerpo calificado por el influyente opositor político venezolano Arria Diego como el “Ministerio para la elección de Chávez”, significa que en el caso de que se convoquen elecciones, la oposición se encontrará en una posición muy difícil.

Henrique Capriles, un candidato de oposición que desafió a Chávez en octubre pasado, es considerado como el probable rival de Maduro y como alguien  capaz de articular un mensaje convincente. Chávez ha arrastrado muy bajo la economía de Venezuela. La escasez de alimentos y la reciente devaluación del bolívar de 46,5% frente al dólar norteamericano, están deteriorando aún más la situación de los pobres que los chavistas dicen representar. El país se ha convertido en una colonia virtual de Cuba, la cual se beneficia enormemente de los suministros fuertemente subsidiados de petróleo de Venezuela. Por último, durante la era de Chávez, las relaciones con las democracias del mundo han sufrido a causa de los abrazos del Comandante con tiranos como Fidel Castro, los mullahs iraníes y el dictador de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, relaciones que no han aportado nada excepto el robo al pueblo venezolano de los preciosos ingresos petroleros.

Los chavistas, ahora en su onda más vengativa y paranoica, harán todo lo posible para asegurarse de que nadie oiga estas verdades básicas. En consecuencia, cada nueva elección  se parecerá más y más a  las elecciones en Irán o en Zimbabue que a las de Estados Unidos o en Europa. Entonces, la pregunta para la oposición venezolana, en  lucha contra las acusaciones de complots y conspiraciones, es si debe concentrarse en sólo la elección, habida cuenta de que ese sistema electoral favorecerá por completo al régimen, o si  debe desarrollar, al mismo tiempo,  un masivo movimiento de protestas. Las dos opciones  van a requerir grandes esfuerzos en tiempo, coraje y  voluntad de seguir adelante a pesar de las derrotas. Después de todo, a la URSS le tomó 37 años para disolverse definitivamente  tras la muerte de Stalin. Uno se estremece al pensar que el chavismo pueda durar para siempre.

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Llegó el hecho biológico

Por el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), Madrid

http://www.libertaddigital.com/opinion/gees/llego-el-hecho-biologico-67641/

6 de marzo de 2013

La izquierda nace con la mentira y muere con ella. Hugo Chávez, según su Gobierno, estaba recuperándose de sus operaciones, se encontraba en buenas condiciones para lo que había pasado, hablaba con sus familiares y había vuelto a Venezuela, y quien dijese lo contrario era un esbirro de la oligarquía y de la CIA. Y de pronto, el vicepresidente Nicolás Maduro, reunió a los ministros, cortó las transmisiones de las cadenas de televisión y radio y anunció al mundo que Chávez había fallecido.

El chavismo no es el bolchevismo soviético, por muchos motivos, no siendo el menor de ellos que la bolsa de Caracas sigue abierta, pero en muchos comportamientos ambas dictaduras se parecen como dos gotas de agua, y uno de ellos es el tratamiento dado por las autoridades a la enfermedad del líder supremo. La agonía de Chávez ha estado rodeada de secretos y mentiras, en lo que no deja de ser un desprecio del régimen a los venezolanos. La ausencia de Chávez, que en enero no pudo jurar su cargo de presidente, alimentó todas las especulaciones sobre él. Y Maduro, al afirmar que “los enemigos del país” le habían inoculado a Chávez el cáncer que le ha matado, ha legitimado todas las conspiranoias.

Según la Constitución de 1999, la misma que ha permitido a Chávez reelegirse dos veces, ahora corresponde la convocatoria de nuevas elecciones presidenciales en el plazo de treinta días. La primera pregunta que cabe hacerse después de que se haya producido el hecho biológico es si la dictadura respetará sus leyes, ya que parece que Maduro ocupará la presidencia interina cuando corresponde al presidente de la Asamblea; la segunda, a quién presentará a ellas. ¿Puede ser el canciller y anterior vicepresidente Elías Jaua, que cayó derrotado ante Henrique Capriles en diciembre pasado en las elecciones a gobernador de Miranda? ¿Adán Chávez, gobernador de Barinas? La división en el Partido Socialista Unido de Venezuela ¿es tal que le ha impedido tener un candidato preparado?

Quizás haya que esperar, como en la antigua URSS, a los desfiles del aniversario de la revolución o, en este caso, a los funerales del difunto para deducir por el protocolo quién ha sido designado dentro del partido para ser el camarada presidente.

La oposición, por el contrario, tiene a Capriles, que ha sido el candidato anti-Chávez más popular, con un 45% de los votos. Seamos realistas: su victoria es muy difícil, sobre todo porque la dictadura, aparte de que sigue conservando todos los poderes del Estado, va a emplear el sentimentalismo; pero debe empeñarse como si fuera posible. Para acabar, destacamos dos grandes paradojas. La primera es que Chávez quería heredar a Fidel Castro, y éste, como ha hecho con tantos otros, desde Camilo Cienfuegos y el Che, le ha sobrevivido. Y la segunda, que la revolución bolivariana, como todo socialismo, no deja de ser una caricatura de la monarquía, con sus presidentes-reyes, sus coronaciones y sus herederos.

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La muerte de Hugo Chávez

 

El Colombiano, Medellín

Editorial

6 de marzo de 2013

Venezuela afronta quizás el día más crítico de su historia reciente. La muerte de su líder aumenta la incertidumbre y radicaliza las posiciones sobre su futuro. La ausencia de Chávez impactará al Continente.

La muerte del Presidente Hugo Chávez marca un antes y un después, no sólo para Venezuela, sino para el resto del continente y buena parte del mundo. Venezuela, en sus últimos tres lustros, estuvo bajo la luz y la sombra de Chávez. Su muerte no aclara el futuro del vecino país, por el contrario, lo cubre de más incertidumbre y polarización. ¿Significará la desaparición física de Chávez la desaparición fáctica de su plataforma política? El socialismo del siglo XXI no era un proyecto de partido, sino la visión individualista de un hombre que como Chávez se sentía iluminado por Dios y guiado por Simón Bolívar.

Si algo hizo bien Chávez, en detrimento de sus propios seguidores, fue inspirar un modelo político y económico que sólo él podía realizar. Chávez hablaba del pueblo, porque él decía ser el pueblo. Quería pasar de los balcones del poder a los altares. Su penosa enfermedad y su lenta muerte, sin duda, lo acercarán al mito que siempre quiso ser. Pero los venezolanos no tendrán mucho tiempo para definir su futuro. Menos, para saber si hay alguien dentro del chavismo capaz de recoger las banderas de la llamada Revolución Bolivariana, por añadidura, también en estado terminal y amenazada por las propias divisiones dentro del partido de gobierno.

Hoy son la emotividad y el fervor patriótico los que imperan en Venezuela, pero no pasarán muchos días para levantar el tapete rojo por el que transitó el chavismo durante los últimos 14 años, y ver la otra realidad: una economía hecha trizas, una delincuencia incontrolada, la inversión extranjera en el exilio y una sociedad fragmentada y polarizada en torno a sus ideales como nación. Pocos garantizan una transición política moderada y democrática en Venezuela, por más elecciones que se realicen.  La cooptación de los poderes públicos en el vecino país se parece más a una dictadura que a una democracia.

El continente, pero en especial América Latina, sentirán los efectos de la muerte del Comandante. Unos, por su marcada dependencia económica e ideológica de Chávez, y otros, por las profundas diferencias que marcó su modelo antiimperialista y de extrema izquierda Chávez no sólo dividió a los venezolanos, sino al resto del hemisferio.

¿Podrán Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Argentina, y algo Colombia, mantener su hoja de ruta ahora que Chávez no está, para bien o para mal, como eje de algunas de sus grandes decisiones? El proceso de diálogo que el Presidente Juan Manuel Santos adelanta con las Farc en La Habana pierde una ficha fundamental, pero la guerrilla, sin duda, queda huérfana de un líder regional que defienda una posible firma de paz. Si la permanencia de Chávez en el poder suscitó no pocos temores y excesos contra la oposición y los medios independientes, su ausencia definitiva los incrementa exponencialmente.

La fragmentación interna, que Chávez aplacó de mil maneras dentro de su partido, será ahora más difícil de controlar. Nicolás Maduro, ungido por el entonces moribundo Presidente como su candidato, no sólo tendrá que derrotar a la oposición, sino a una parte importante del establecimiento, con los militares a la cabeza. Si Chávez era un factor de estabilidad para los venezolanos, su muerte podría ser el comienzo de una nueva revolución, está más devastadora y caótica que la que llevó al poder al Comandante. Chávez era el pueblo. ¿Lo será Maduro?

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Icono mundial de la barbarie

Por Xavier Reyes Matheus

Libertad Digital, Madrid

http://www.libertaddigital.com/opinion/xavier-reyes-matheus/icono-mundial-de-la-barbarie-67634/

6 de marzo de 2013

Ha muerto Chávez con un tubo atravesándolo “por do más pecado había”: esa boca desaforada, procaz, incontinente, a la que lo ha debido todo. Su historia es el reverso de aquel cuento publicado a finales del siglo XIX por el venezolano Pedro Emilio Coll: la del personaje vulgar que se rompe un diente en la infancia, y que, ensimismado desde entonces en la costumbre de rozárselo con la lengua, alcanza luego las más altas posiciones por la fama de hombre sabio y superior que le da su mutismo. El teniente coronel que en su mocedad no había salido de Venezuela, y que en 1992 intentó derrocar el gobierno de Carlos Andrés Pérez con los modos del golpismo más bananero, logró ocupar en los últimos tres lustros los titulares del mundo entero; acaudilló la izquierda planetaria; fue objeto de congresos y de tesis doctorales; se atrajo la simpatía de intelectuales y de personalidades que antes no eran capaces de ubicar en el mapa la tierra de Bolívar, y todo ello a fuerza de una incombustible parlería.

En 1935 Thomas Mann escribió, viendo el entusiasmo que despertaban en las calles los actos de los nazis: “Si estas masas modernas fueran sólo primitivas, no serían sino grupos de bárbaros frescos y alegres; uno podría llegar a algún término con ellas, podría esperar algo de su existencia. Pero, además de primitivas, son otras dos cosas que las vuelven, en una palabra, terribles: son sentimentales y son, de un modo catastrófico, filosóficas. A todo esto el espíritu de las masas, aun siendo escandalosamente moderno, habla la jerga del romanticismo; habla del ‘pueblo’, de ‘sangre y tierra’, de toda una serie de cosas viejas y piadosas, al tiempo que echa pestes contra el ‘espíritu del asfalto’… al que en realidad es idéntico. El resultado es una mescolanza engañosa, que chapotea en un tosco sentimentalismo compuesto de palabrería sobre el alma y de bobadas sobre la masa: una mezcla triunfal. Una mezcla que está caracterizando y determinando nuestro mundo”.

La verborragia chavista ha sido sobre todo sentimental, aunque no haya faltado (por parte, señaladamente, de la universidad española) quien haya querido darle revestimiento filosófico. Tampoco era muy necesario porque de lo que se trataba era, precisamente, de sustraer las razones a la razón y de legitimar un voluntarismo sin trabas. En este sentido el chavismo ha sido un fenómeno característicamente posmoderno, que no ha requerido ni de tesis ni de praxis: por fin no se sabe qué cosa sea el “Socialismo del Siglo XXI”, cuyo aporte ha resultado totalmente irrelevante para la vieja cartilla antiimperialista latinoamericana; y total es que el Estado socialista sigue siendo un futurible para Venezuela. Los instrumentos usados han sido mucho más elementales. Capacidad de gritar más alto; falta de escrúpulos; agitación de las masas y colaboradores de la peor ralea que deben al líder un inmerecido protagonismo. La fórmula de Sálvame, en una palabra, aplicada a la política.

Que el modelo puede seguir teniendo avatares lo está demostrando Cristina Fernández de Kirchner, en un momento en el que el chavismo ha evolucionado hacia una fase superior de su justificación existencial. A estas alturas parece ya despreocupado de su táctica primera de fraude a la Constitución, hecha para embutir las formas gorilescas en las ropas del Estado de Derecho. Con la enfermedad de Chávez, el régimen ha dado un paso más allá para ver si la legalidad es un pretexto necesario, y ha comprobado, con gran satisfacción, que no: el poder en Venezuela lleva casi dos meses ocupado de facto y a nadie parece quitarle el sueño. Dentro de poco es muy probable que los usurpadores reciban el refrendo de las urnas, y entonces podrán decir lo mismo que Artur Mas: “Los países tienen derecho a decidir, y contra eso no hay normas, ni constituciones ni interpretaciones posibles”.

A su muerte puede decirse de Chávez, el antipolítico llegado para destruir “el sistema”, que devolvió a los venezolanos al estado de naturaleza. Lástima que no al de Rousseau –irrecuperable para siempre, a lo que parece– sino al de Hobbes: la guerra en la que el hombre es un lobo para el hombre. La buena nueva chavista es que la Revolución concede a quien se le adhiere el don milagroso de la licantropía, y que el que quiera cambiar esa ridícula y apocada condición humana por un hocico rabioso y sanguinario, debe encasquetarse su gorra roja y unirse a la manada. Con ese mensaje, el régimen ha canonizado la violencia, la corrupción y el crimen organizado como formas de participación política. Parece ser que las bandas criminales someten ahora a los novicios que quieren entrar en ellas al rito iniciático de cometer un homicidio que aparezca en el periódico (lo cual, por cierto, no sucede siempre: son tantos, sólo en Caracas, que no hay páginas para todos). Cabe imaginar que en lo adelante brindarán la víctima propiciatoria al espíritu del Comandante-Presidente, que los guarda desde el cielo como un numen tutelar.

Por supuesto, Chávez no se sacó del sombrero la crisis de la sociedad venezolana. Si en la historia política se ha explicado siempre la invención de la socialdemocracia como vacuna contra la revolución, en el caso de Venezuela esta última vino a ser como la hora loca en la fiesta del clientelismo y las prebendas socialdemócratas. Por eso no se demolió el edificio burocrático levantado por el populismo del antiguo régimen: el plan de Chávez, por el contrario, fue ocuparlo, blindarse dentro, ampliarlo hasta lo faraónico (sin excluir el toque kitsch) y controlar todos sus recursos. Con la chequera en la mano, la comunidad internacional responde al principio de que los Estados sólo tienen intereses, y los venezolanos al de que si uno no se lo lleva otro se lo llevará. Para la diplomacia mundial será fácil, luego, volver la cabeza para otro lado y hacer como tantas veces, que se saca del álbum la foto del abrazo rendido y del entusiasta apretón de manos. Pero ¿qué suerte le espera a una nación tan hondamente marcada por la herencia de Chávez?

Ahora, desde luego, no hay ni para qué planteárselo. El país es una colonia de Cuba; el continuismo es la única posibilidad que se contempla, y, por grandes que sean las divisiones internas del chavismo, todos parecen haber comprendido que lo más inteligente es seguir cada cual con su remo, navegando en la misma dirección. Pero el vínculo con Cuba y el liderazgo de Maduro pueden salir del panorama como puede salir Sálvame de las pantallas, abandonado por sus patrocinadores o por la audiencia. El problema real es cómo se restituye la gente a los valores conculcados; quién devuelve la dignidad a la vida o a la honradez, después de tanto tiempo sin valer nada. Quién reconstruye la idea de civilización; el sentido de que los pueblos deben insertarse en el proceso de perfectibilidad que es connatural al destino humano. Chávez ha representado, para sus compatriotas y para los de fuera, una rebelión luzbélica contra esa razón. Y los que advertimos la magnitud del despropósito suscribimos nuevamente el lamento de Thomas Mann:

“¡Cultura! Las carcajadas jocosas de una generación entera replican hoy a eso. Y se dirigen, obviamente, contra ese término favorito de la burguesía liberal, como si la cultura propiamente dicha no fuera más que eso: liberalismo y burguesía. Como si no representara el contrario de la brutalidad y de la miseria humanas, y, demás, lo contrario de la pereza, de una miserable flojedad que seguirá siendo miserable y floja por muy robusta que se muestre; en definitiva: ¡como si la cultura como forma, como deseo de libertad y de verdad, como vida vivida a conciencia, como esfuerzo infinito, no constituyera la educación moral en sí misma!”

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Noticias urgentes para enterrar a Hugo Chávez

 

Por Carlos Alberto Montaner

6 de marzo de 2013

 

Se veía venir desde hace semanas. Lo anunciaron el 5 de marzo de 2013, pero la muerte cerebral debe haber ocurrido antes. Llegó la hora del recuento.

 

Cuando era un adolescente, Hugo Chávez Frías soñaba con encarnar al “látigo Chávez”, un extraordinario lanzador de béisbol venezolano que murió muy joven en un accidente de aviación en la década de los sesenta. No pudo. Tal vez fue una pena. Hugo jugaba con mucho entusiasmo, pero tenía un talento limitado, así que debió conformarse con resucitar el espíritu del Libertador Simón Bolívar. En todo caso, se trataba de una personalidad mesiánica. Alguien convencido de que había sido elegido por los dioses para ocupar un lugar superior dentro de la especie. ¿Por qué? No se sabe. Misterios de la autoestima. No había nada en la inteligencia de Hugo Chávez que indicara vestigios de genialidad.

Hugo provenía de un hogar de clase media situado en provincia. Su padre, Hugo de los Reyes, ex gobernador de Barinas a remolque de la popularidad de su hijo, era un maestro vinculado al partido socialcristiano COPEI. Su madre, Elena Frías, también era maestra. Su hermano mayor, Adán, mentor de Hugo, estudió física hasta obtener un doctorado y se quedó merodeando el mundo académico atrapado en las ideas comunistas. Cuando Hugo se convirtió en presidente, lo nombró embajador en Cuba y Ministro de Educación. Ahora es el gobernador de Barinas. Parece que el nepotismo no es una falta en Venezuela. Hugo dio tumbos por diversas vocaciones hasta que carenó en el ejército y se hizo paracaidista. Era, al fin y al cabo, una carrera intelectualmente sencilla, socialmente segura y con una predecible escala salarial.

En los setenta y ochenta, cuando se convierte en oficial, en América Latina mandaban muchos espadones y algunos militaban en la izquierda nacionalista-populista-antinorteamericana y prosoviética. El más popular era Omar Torrijos. El más sombrío, el peruano Juan Velasco Alvarado, asesorado por Norberto Ceresole, un argentino fascista y antisemita proveniente del peronismo de izquierda. En la distancia, la Cuba de Fidel ya no mandaba guerrillas a destruir la frágil democracia venezolana –todas habían sido derrotadas–, pero continuaba siendo una inspiración política para muchos latinoamericanos. La influencia militar latinoamericana, el remoto efluvio cubano, las chácharas marxista de su hermano Adán y el propio lenguaje político –el relato, como dicen hoy día— entonces vigente en la sociedad venezolana, contribuyeron a fecundarle la promiscua musa ideológica al joven Hugo.

Por aquellos años, los de la nacionalización del petróleo durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, se suponía que le correspondía al Estado dirigir la economía, controlar los precios y corregir la injusta distribución de la riqueza. (Todos los disparates que Hugo Chávez cometió durante sus 14 años de gobierno fueron ensayados en las cuatro décadas que duró la democracia). Con ese bagaje, Chávez y otros oficiales comenzaron a reunirse para intercambiar ideas y planear la toma violenta del gobierno. Esas maniobras no pasaron inadvertidas para la jefatura militar, pero los políticos prefirieron ignorarlas. Finalmente, en 1992 Chávez y un grupo de oficiales tratan de dar un golpe militar. El rol de Chávez era tomar la casa de gobierno y matar al presidente Carlo Andrés Pérez. Fracasa y se entrega, pero instantáneamente se convierte en una celebridad.

Eran tan débiles los reflejos democráticos de los venezolanos que, a las 48 horas de la sangrienta intentona, las encuestas demostraron que el 65% de la sociedad respaldaba la aventura golpista. Una combinación letal entre la corrupción, la incompetencia y las demoledoras críticas de los medios de comunicación, habían deslegitimado casi totalmente el modelo democrático. Una parte sustancial del país apostaba por la solución revolucionaria. Esperaba que unos tipos bien intencionados limpiaran el establo, como dicen popularmente los venezolanos, “a coñazos”. Chávez encarnó esa violenta fantasía regeneracionista. A los dos años, Chávez y los suyos fueron amnistiados. En esa época reaparece el argentino Ceresole –que en el camino había mezclado su fascismo original con las estupideces autoritarias del Libro Verde de Gadafi—y se convierte en su ángel guardián.

A mediados de los noventa Chávez va a Cuba y cae bajo el influjo de Fidel Castro. Es amor a primera vista. Fidel lo adopta y lo adapta. Extirpa de su cabeza las ideas de Ceresole y las sustituye con el catecismo marxista y el know-how aprendido de los soviéticos. A fines del 98 Chávez gana unas elecciones y en febrero de 1999 comienza su lento y zigzagueante trayecto hacia “el mar cubano de la felicidad”.  Redacta una nueva constitución, le cambia el nombre al país y modifica el escudo. Es un refundador inquieto e incorregible. En su momento, intervendrá el poder judicial, encarcelará adversarios políticos, confiscará medios de comunicación y controlará una buena parte de ellos. En suma, recortará las libertades y aumentará inmensamente los límites de su autoridad personal en medio de un incesante torrente de palabras. En abril de 2002 una asonada militar lo saca del poder, pero sólo por 48 horas. Regresa a Miraflores muy temeroso y cada vez más entregado a “los cubanos”. Sólo confía en los Castro y en el aparato de espionaje de La Habana.

El Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad de Miami ha calculado el costo anual de esos servicios que Cuba le prestaba a Chávez: diez mil millones de dólares, incluidos 115 000 barriles diarios de petróleo que llegan a la Isla para consumo y reventa. Otro cálculo, el del Dr. Carmelo Mesa Lago, padre de la cubanología, lo eleva a trece mil millones de dólares anuales: más del doble del subsidio soviético en la era de mayor esplendor. Mientras tanto, el chavismo consolida su popularidad por medio del más intenso asistencialismo-clientelista. Treinta misiones instruyen, curan, operan cataratas, subsidian alimentos, prometen viviendas y regalan electrodomésticos. Santa Claus vive en Miraflores. Detrás de esas medidas ultrapopulistas subyace la idea de que Chávez gobierna para los pobres. Su gran votación está en los sectores D y F de la sociedad. Lo sostienen “los de abajo”. Son estómagos agradecidos.

Chávez, además, cantaba, jugaba al béisbol, hacía chistes, insultaba a sus adversarios y vivía en la primera página de los diarios y en el prime time de la televisión. Pertenecía a la estirpe de los político pintorescos latinoamericanos. Era todo un espectáculo. Pero había otra cara. La administración pública venezola es una alcantarilla. Según Transparency, es el país más corrupto de América Latina y los padres y los cinco hermanos de Hugo son frecuentemente acusados de participar de ella. Es el país que tiene la más alta inflación (29%). Han cerrado 107 000 empresas (un 15% del total). Ha emigrado medio millón de venezolanos, casi todos educados y muchos de ellos con sus capitales. El gasto público es insostenible. La ayuda exterior, una desproporcionada locura. Caracas se haitianiza y en todo el país surge ese perfil de escombros y detritus de perros típico del socialismo. Últimamente devaluaron la moneda un 32%. Tendrán que volver a hacerlo dentro de poco.

Chávez ha muerto a los 58 años de un cáncer mal curado en La Habana. Deja cuatro hijos tristes y a un tercio del país acongojado. Pero hay otro legado: durante un par de generaciones el chavismo, escindido en diversas vertientes, continuará gravitando sobre la vida pública nacional. Algo así como sucede con el peronismo en Argentina, pero peor aún.  A la nación potencialmente más rica de América Latina le esperan épocas muy malas de inestabilidad y violencia.

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Hugo Chávez : la mort du Comandante

 

Par Simon Pellet-Recht

Le Point, Paris

6 mars 2013

 

(…)

Jeté en prison durant deux ans, Hugo Chávez continue d’éponger une soif de lecture qui ne l’a jamais quitté et peaufine son projet politique. C’est ici, loin des projecteurs, que sa popularité grandit. Progressivement, il fait naître le rêve d’une patrie nouvelle, “bolivarienne”, du nom du “libérateur” historique du Venezuela face à la couronne espagnole, Simón Bolívar. C’est aussi pendant cette période qu’il prend goût au pouvoir. La professeur Herma Marksman, sa deuxième femme, explique l’avoir quitté à cette période pour cette même raison : “La popularité l’a changé, il est devenu une figure messianique.”

Un démocrate aux manières de dictateur

Vingt ans plus tard, le Venezuela est couvert, des murs aux montagnes, du portrait de cet homme qui se croyait la réincarnation de Simón Bolívar. Le culte de la personnalité, mais aussi les atteintes aux droits de l’homme, les attaques répétées contre les médias d’opposition et la conception centralisée du pouvoir de Hugo Chávez en ont fait l’épouvantail de toute une partie des Vénézuéliens. Les deux dernières années de sa vie, le Comandante gouvernait essentiellement par décrets, laissant une très faible marge de manoeuvre à son gouvernement. “Sa gestion est devenue beaucoup plus autoritaire après le coup d’État dont il a souffert en 2002 et surtout à partir de sa seconde réélection, en 2006-2007, au moment de lancer le concept flou de socialisme du XXIe siècle”, explique l’historienne Margarita Lopez Maya.

Surfant sur l’immense manne pétrolière, renationalisée en 2002 au prix d’un long conflit social, Hugo Chávez veut alors construire “un nouveau socialisme”, basé sur “l’amour, la liberté et l’égalité”. Il expérimente de nouvelles formes de production et relance la démocratie directe. À droite, dans un pays plus polarisé que jamais, les opposants hurlent au clientélisme et dénoncent les écueils de la révolution, principalement l’explosion de l’insécurité.

Bolívar et le “monde multipolaire”

Ce deuxième mandat, phase de radicalisation de la révolution socialiste, est aussi une période d’approfondissement du projet “bolivarien” de Chávez, celui d’unifier les peuples d’Amérique latine face à “l’empire américain”. L’Alliance bolivarienne pour les Amériques, une alternative à la zone de libre-échange promue par les États-Unis, créée en 2006, est la première concrétisation du rêve de toute une vie. S’ensuit l’intégration à d’autres institutions régionales, comme le Marché commun du Sud (Mercosur), la Communauté d’États latino-américains et caraïbes (Celac) et la Banque du Sud. Sa perception d’un “monde multipolaire” conduit Hugo Chávez à développer de nombreux partenariats avec Cuba, la Chine et la Russie, mais aussi à soutenir des dirigeants critiqués par les démocraties occidentales, comme le Libyen Muammar Kadhafi et le Syrien Bachar el-Assad.

Son cancer, dont il est opéré une première fois en juin 2010, met un frein à ses ambitions de gouverner “jusqu’à 2021”, date qu’il s’est donnée pour faire aboutir le projet socialiste. Il remet sa survie entre les mains des médecins cubains, mais aussi de Dieu. Lors de sa dernière apparition à la télévision, le 11 décembre 2012, le révolutionnaire embrasse de nouveau l’effigie du Christ. “Le semeur” désigne alors un successeur, son vice-président Nicolás Maduro, dans l’espoir de sauver la révolution. Converti en martyr par les uns, détesté et honni par les autres, Hugo Chávez a laissé une marque indélébile dans le paysage politique vénézuélien, américain et mondial. Les restes du Comandante vont désormais reposer aux côtés de son inspirateur, au mausolée Simón Bolívar.

L’article complet :

http://www.lepoint.fr/monde/hugo-chavez-mort-de-la-legende-du-siecle-05-03-2013-1636416_24.php?xtor=EPR-6-[Newsletter-Quotidienne]-2013030

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