Un minuto de silencio

Las luces de El Campín caían espléndidas a la grama. Millos y el San José de Oruro estaban ubicados en el terreno para afrontar su batalla. De pronto, irrumpió la voz del locutor oficial. Dijo que habría un minuto de silencio. Muchos de los asistentes alcanzaron a asombrarse con el anuncio. Horas antes, según versiones oficiales, había fallecido Hugo Chávez. Se escucharon murmullos y la desazón de quienes no simpatizaban con el líder venezolano.

Las aguas volvieron a su cauce cuando el locutor dijo que el minuto de silencio era en honor del uruguayo Luis Cubilla, quien había fallecido a sus 72 años. Cubilla ha sido uno de los grandes entrenadores que ha pasado por Colombia y dejó huella como ocurrió con Zubeldía o Bilardo. Fue, como ellos, un transformador de la manera de jugar y de la mentalidad con la que se debía asumir cada compromiso. De esto se han ocupado muchos comentaristas y, sin duda, el más la más atinado comentario sea el de Iván Mejía.

Pero cuando la gente se muere, uno, ahí, en el grave recinto del velatorio, empieza a recordar, a devolver el tiempo, a tratar de regresar a la vida a quien se ha ido.

En enero del 83, Francisco Maturana se retiró del fútbol, tomó su bata blanca y regresó al silencio de su consultorio de odontólogo. En ese mismo año, el técnico uruguayo Luis Cubilla había sido nombrado en Nacional. Cubilla le pidió a Maturana que volviera, que se fuera retirando poco a poco. “Nunca las segundas partes fueron buenas, y yo quiero que los hinchas me recuerden como fui”, fue la respuesta tajante. Tolima había sido el último club del chocoano.

“Si no quieres jugar, te hago otra propuesta –Cubilla volvió a la carga-. Ayúdame a manejar las divisiones inferiores. No debes ser egoísta. Enséñale a alguien eso que aprendiste. Tienes liderazgo natural y sé que lo harás bien. Cuando te decidas, el día que sea, a la hora que sea, cuando pases frente a mi apartamento y veas la luz encendida, pita, entra y empezamos”.

Maturana aceptó. Se hicieron amigos. A veces en las madrugadas veía la luz prendida del apartamento, pitaba, entraba y lo recibía un cálido Cubilla, que no cesaba de repetirle: “Pacho, no puedes ser un mediocre. Habla con todo el mundo porque el fútbol se aprende cada día, y mantén siempre un lápiz y papel para anotarlo todo”.

A finales del 83, Cubilla se marchó de Nacional. Maturana continuó y en el 86 fue el técnico de Caldas. Su fútbol convenció. En diciembre del mismo año pasaba vacaciones en Medellín. Cristóbal Tobón, uno de los directivos de Nacional, le ofreció el equipo con la condición de que no jugase un extranjero.

Nacional creció con el tiempo y los partidos y clasificó a la Copa Libertadores. En enero del 89, Cubilla y Maturana se encontraron de nuevo. Ambos estaban en Montevideo viendo a Danubio de Uruguay. “Voy a aprovechar que hay mucha gente preocupada por eliminatorias y otros compromisos y me voy a ganar la Copa”, le confesó Cubilla, que era el técnico de Olimpia. Maturana guardó silencio.

Una noche de finales de mayo, Nacional ganó una de las más dramáticas finales. Pero, en medio de la derrota, el gran Cubilla, supo, muy en el fondo, que también había triunfado.

Por: Gabriel Romero Campos.–

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