De heredero a Presidente y de vencedor a vencido

La herencia

“Si algo ocurriera, que me inhabilitara de alguna manera, mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que en ese escenario, que obligaría a convocar a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”. Con estas palabras el entonces presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, sellaría su partida hacia Cuba en lo que sería su última alocución pública estando en vida, el 8 de diciembre de 2012.

Viniendo estas palabras del arquitecto y líder mismo del chavismo, dirigidas a la nación, a sus funcionarios y copartidarios, en calidad de presidente electo además, se entiende que fue esta su última instrucción, mandato y designio; una tarea a cumplir para quienes quedaron a cargo. Se trató, ni más ni menos, que de la última voluntad del difunto, un deseo para ser cumplido a cabalidad.

Con este legado o testamento, Chávez no solo incluyó a Venezuela y el poder de gobierno como parte de la herencia, sino que también puso a prueba la lealtad de todos sus funcionarios y simpatizantes. A partir de dicho momento y ante la inminencia de su muerte, la salud y evolución del mandatario se convirtió prácticamente en secreto de Estado; nunca el gobierno encargado entregó información amplia y pruebas fehacientes sobre las condiciones reales del presidente electo. De haberlo hecho y como lo señala el Artículo 233 de la Constitución venezolana, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, habría tenido que asumir funciones como presidente encargado, contrariando la voluntad de Chávez, quien ordenó que su lugar lo ocupara Maduro. Cito textualmente:

“Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo o Presidenta electa antes de tomar posesión, se procederá a una nueva elección, universal, directa y secreta dentro de los 30 días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o la nueva Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional”.

Para poder llevar a cabo “la tarea” y convertir a Maduro en presidente, fue imperativo entonces mantener la imagen de un Chávez épico y enérgico, que le hacía frente al cáncer, para no hacerlo incurrir en inhabilidad o falta absoluta por causa física y mental; además, fue necesario omitir la posesión del presidente electo de la República Bolivariana de Venezuela, que manda la Constitución en el Artículo 231:

“El candidato o candidata tomará posesión del cargo de Presidente o Presidenta de la República el diez de enero del primer año de su periodo constitucional, mediante juramento ante la Asamblea Nacional. Si por cualquier motivo sobrevenido el Presidente o Presidenta de la República no pudiese tomar posesión ante la Asamblea Nacional, lo hará ante el Tribunal Supremo de Justicia”.

El 9 de enero en una controversial sentencia del Tribunal de Justicia de Venezuela, Luisa Estella Morales, presidenta de esa corporación, anunció que dicho Tribunal resolvía que no era necesaria una nueva toma de posesión para el caso del presidente reelecto Hugo Rafael Chávez Frías, y que su juramentación se daría en cualquier otra fecha diferente al 10 de enero ante el TSJ, una vez que el presidente se recuperara de su enfermedad. La interpretación, contraria a lo que manda la Constitución venezolana, no solo desconocía la fase terminal del cáncer de Chávez, sino que también favorecía su mandato de erigir a Nicolás Maduro como nuevo presidente en su remplazo. Es así, que gracias a este suceso carambolezco y tras el anuncio oficial de la muerte de Chávez, el 5 de marzo de 2013 Nicolás Maduro asciende como presidente encargado de Venezuela, llegando a un cargo privilegiado para competir por los comicios del 14 de abril; cargo que en principio no le correspondía a él sino a Diosdado Cabello.

Lo que vino después fue la utilización de la memoria y despojos mortales del fallecido presidente Chávez para la proclamación de Nicolás Maduro como su “legítimo heredero”, como si se tratara de un sistema monárquico, donde lo que importa es portar la sangre del rey o al menos contar con su bendición, y no una democracia, en la cual lo importante es contar con el respaldo popular y la mayoría de votos. Así, la campaña, el partido y medios de comunicación oficialistas llegaron a referirse a Maduro como “el hijo de Chávez”Para homologar la imagen de “el hijo” con la de “el padre”, la campaña de Nicolás Maduro estuvo revestida de excesiva utilización y veneración de la memoria de Chávez, a un punto hilarante de hacerlo ver como una deidad que desde el más allá intervino en la elección del Papa Francisco y más tarde se manifestó en forma de pajaritoContrario al pronóstico del oficialismo, los vicios de legalidad, la falta de argumentos, de carisma y curtimiento como líder, minaron la expectativa de Maduro de ser visto como “el nuevo Chávez”, y en cambio, elevaron el imaginario de Chávez al de un líder irremplazable e incomparable; en otras palabras, la comparación entre Maduro y Chávez llevó a pensar en un chavismo huérfano. La debilidad del chavismo sin Chávez se convirtió en la fortaleza de una oposición sin Chávez. Paradójicamente, la campaña de Henrique Capriles Radonski, su prudencia al referirse a Chávez y el respeto hacia los chavistas, le generó una mayor credibilidad y aceptación, permitiendo a la oposición llegar fortalecida a las urnas.

Elecciones del 14 de abril

Bajo la lupa de todo el planeta, la jornada democrática del domingo en Venezuela transcurrió con mucha tensión, en paz, pero con una gran estela de duda. El 78,71% de los venezolanos salió a votar y durante la jornada circularon en las redes sociales todo tipo de mensajes, desde la euforia hasta las denuncias. El clima empezó a enturbiarse cuando Tibisay Lucena, presidenta del Concejo Nacional Electoral de Venezuela (CNE), dio hacia el mediodía un parte de normalidad con solo 5 incidencias en todo el proceso, 4 de ellas correspondientes a sufragantes que se habían comido el comprobante de votación. Inmediatamente el candidato Capriles denunció que existían muchas más irregularidades que el CNE estaba desconociendo y que habían sido puestas en conocimiento por su comando.

Cerradas las votaciones, cuando iba a dar inicio el conteo de votos, se conoció vía Twitter que por espacio de 40 minutos hubo auditores que no lograron ingresar a los puestos de votación en de algunas ciudades debido a acordonamiento militar; además, que había sido ordenada la desconexión de internet por supuesto temor a un ciberataque. El tan esperado primer boletín del CNE, anunciado para las 8:00 p.m. nunca llegó, en cambio, se produjo a las 11:00 p.m. de manera global e irreversible. Tibisay Lucena anunció una victoria cerrada, con apenas una diferencia de 234.935 votos, de Nicolás Maduro Moros sobre Herinque Capriles Radonski; sin haber tenido en cuenta para ese momento la contabilización de los votos del exterior.

Lo que siguió después fue un discurso triunfalista de Nicolás Maduro, despreciando a la mitad del país que no votó por él (49,07%) y diciendo tener el respaldo de las mayorías (50,66%). En contraste, Henrique Capriles se pronunció desconociendo el triunfo del oficialismo, alegando tener en su poder 3.200 pruebas de irregularidades durante el proceso y exigiendo el reconteo “voto a voto”.

Vencedores y vencidos

El 15 de abril, la Venezuela que otrora permaneció unificada con Hugo Chávez, ahora amanece fracturada con el electo Nicolás Maduro. El pronunciamiento de Henrique Capriles sirvió para que fueran más los gobiernos que guardaran reserva frente al proceso, que aquellos que reconocieran abiertamente a Maduro como legítimo presidente. La OEA y la Unión Europea, entre otros, hicieron un llamado a las partes a concertar para disipar las dudas sobre las elecciones, algunos países como España y Francia respaldaron incluso el reconteo de los votos.

No solo en Venezuela, sino en el resto del mundo empezaron a circular imágenes con la supuesta desaparición y quema de votos que apoyarían la tesis de un fraude electoral.

Hacia las 2 de la tarde un Henrique Capriles fortalecido se dirige a Venezuela, en el que quizá sea el mejor discurso de su carrera política hasta el momento, pidiéndole al CNE que no precipite la proclamación de Nicolás Maduro como presidente, que actúe con transparencia, imparcialidad y permita el reconteo de los votos; y convoca a todos los venezolanos a producir un cacerolazo masivo de no darse las garantías del caso.

Finalizando la tarde, en lo que podría interpretarse como un alineamiento del CNE con los intereses del gobierno, se precipita la proclamación de Nicolás Maduro Moros como nuevo presidente de la República Bolivariana de Venezuela, dándose por sentada la negativa al reconteo de los votos. El ahora proclamado presidente comete nuevamente el error de llamar “grupito” o minoría a esa otra mitad del país que no votó por él

Como estaba previsto, se produce el cacerolazo y, hasta la fecha, da la sensación de que existen 2 mitades en Venezuela, cada una con un presidente. 

La apretada victoria del oficialismo vs. la oposición, la actitud parcializada del CNE y la institucionalidad venezolana, no para hacer cumplir la Constitución y dar garantías de igualdad, transparencia e imparcialidad, sino para cumplir con la voluntad del fallecido líder de la “revolución”, sumado a la pretensión de Nicolás Maduro de gobernar con la impopularidad del 49,07% de la población, validan la tesis de que Maduro carece de legitimidad

El capital político heredado de Chávez y dilapidado en poco tiempo quizá le haya alcanzado a Maduro para concretar la orden del comandante de convertirse en presidente, pero no le servirá para mantenerse, ni a él ni al chavismo; y en todo caso, el “bus de gobierno” de la era Maduro arranca pinchado, con escepticismo internacional y con el tanque de gasolina en reserva (la chequera que hereda tampoco es la misma que en su momento tuvo Chávez). 

Por: Carlos Eduardo Márquez Zuccardi

 

 

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