La sin importancia de llamarse Ernesto

Interminable fila. Estuvo lista para pasar al cajero y depositar los ‘pesejos’ que la noche pasada le ‘chalequió’ al muérgano marido: beodo, roncador y quitasueño…

Otra hilada más para abordar el autobús de regreso, después de un día de lidia con tunantes en el café de una calle cualquiera. Lleve, traiga, cobre, devuelva…

Y una más para hacer cualquiera cosa en esa o aquella otra parte, sea hospital, impuestos, juzgado, eps, ips, farmacia…

Hasta que irrumpe el recién llegado y se planta en el primer lugar: -¡señor, por favor, la fila! -¿Cuál fila señora, es que no sabe quién soy yo? Una pedrada en el ojo bueno.

El hombre de azul con alforja, silbato y gafas de tira se baja de la patrulla y pide: -¡papeles! El conductor contesta: -papeles, cuáles papeles, ¿es que no sabe quién es mi patrón?

Lleva la vía y al llegar a la esquina la asaltan “hermosas motos policiales” que trancan la vía y le dan paso al presidente, al alcalde, al general, a Roy o a otro tipo cualquiera…

O este otro asunto atendido por el Notario Garcés Correa un miércoles de estos. Llega el militar: -señor Notario, me trasladaron y necesito casarme el sábado. –No señor, no es posible, son cinco días. –Ah, y es que usted no sabe quién soy? –No señor, no sé quién sea usted y no sé de galones, mucho menos de grados.

Sobrará decir que los primeros perdieron los turnos a manos de la discutible categoría de los asaltantes de puestos, porque así es de “dócil” la gente sencilla y buena y que el militar debió transarse por esponsales, porque “no señor, no es posible, son cinco días”.

¿Dónde está la diferencia? Sencillo, ¡en la condición del asaltado!

Esa es la vana importancia de la gente sin importancia que se lleva de calle todas las normas, todas las ‘colas’, el derecho de quien llega primero y que, para afirmar su ninguna importancia, gruñe la propia insignificancia.

Y hay quienes asumen extravagancias del tipo de -¿usted no sabe quién es mi papá?

O este otro extremo amenazante de -¿usted no sabe con quién se está metiendo?

Zuás, ¡qué miedo! Y que me los pongan aquí de frente, que nadie se ha muerto la víspera.

Pues les digo, hay que ir por la vida sin temor a esa gente que lleva encima la propia sin importancia de llamarse Ernesto, porque otras ocho mil razones más faltarán para decirles siempre que, sí alguna vez lo fueron, hace años que dejaron de serlo.

Tiro al aire: ”No marearse en las alturas, no perderse en los abismos.” Sansón Carrasco.

Por Francisco Galvis Ramos
En Twitter @franjagalvis

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