Decepción

La noticia es inevitable. Radamel Falcao es jugador del Mónaco de Francia. Durante muchos meses se habló de su transferencia al Real Madrid, al Barcelona, al Chelsea o el Manchester.

Pero resultó que el goleador no terminó ni en la liga española, ni en la inglesa, ni en la italiana, ni en la alemana, sino en la francesa. La quinta liga de Europa en prestigio y en un equipo que acaba de ascender. Para consuelo de algunos, nos han contado que estará acompañado de James Rodríguez y que los dueños son gente muy adinerada.

 El caso de Falcao me recuerda un día ya lejano de 2006, cuando Juan Pablo Montoya decidió marcharse de la Fórmula 1. Lo hizo en uno de sus mejores momentos, cuando ser el piloto número uno del planeta estaba a su alcance. La desilusión de los colombianos que seguimos el deporte fue enorme. Montoya no era un automovilista cualquiera. Se había convertido en un símbolo del país, en el deportista con mentalidad ganadora que no temía el poderío de Schumacher, ni el de nadie.

Pero tomó una decisión personal. Estaba, desde luego, en su derecho. Sin embargo, cuando se llega a estas dimensiones, los deportistas o los artistas o los hombres con relieve, se convierten en patrimonio de un país. Pierden su libertad individual y deben tomar decisiones que uno podría llamar políticas o que deben tener en cuenta el sentir de sus seguidores.

Falcao no solo es uno de los grandes goleadores del mundo. Representa la evolución del futbolista colombiano. Rinde bien, lleva una vida ordenada, es inteligente en sus declaraciones, amable con el público y son muchísimos los adolescentes y niños que siguen su ejemplo y lo admiran.

Falcao, ley de quienes son tocados por la fama, ha perdido mucho de su individualidad. Sus decisiones, sus palabras, causan enormes efectos y generan reacciones en cualquier rincón del planeta.

Uno creería que Falcao, en su afán de alcanzar una meta cada vez más alta, tenía en mente jugar en uno de los mejores 10 o cinco mejores equipos de Europa. Uno creería que Falcao aspiraría a sumar en la nueva temporada más goles que Messi o Ronaldo y que iría por el trofeo de la Champions. Uno tenía la imagen de que Falcao estaría en los diarios o en las televisiones del mundo de primero entre los mejores.

Pero se va a Francia, al Mónaco. Ganará mucho dinero, convertirá muchos goles en un fútbol que sin ser de bajo nivel, no es tan competitivo. Falcao, figura pública, ha optado por su bien personal. No está mal. En el fondo se debe a su familia y a su círculo más cercano, que siempre ha estado ahí y que siempre creyó en él. No puede uno caer en el despropósito de censurarlo o de caerle encima.

Sin embargo, el hincha, quien ama el fútbol, quien está convencido de sus enormes cualidades, quien sueña con verlo en lo más alto de la cúspide, se queda con un aire de nostalgia. Con el desencanto y la tristeza de que con nuestros deportistas suele ocurrir que nos quedan faltando cinco centavos para el peso.

 Por: Gabriel Romero Campos

 

 

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