Don Vicente y Mourinho

Dos hombres que en los últimos años han marcado el fútbol español. Dos hombres distintos. Opuestos, para ser más precisos. Ambos han dirigido al Real Madrid.

Uno de ellos es Vicente del Bosque, de figura bonachona, amplio bigote, tranquilo en apariencia. Cuando uno lo ve sentado en el banco, se queda con la impresión de que se está al frente de un tendero al que todos quieren en el barrio.

El otro es José Mourinho, delgado, mordaz en sus declaraciones, la antípoda de la sencillez. Lo suyo es el primer plano, el protagonismo, el centro de todas las miradas por encima, inclusive, de las rutilantes estrellas que dirige.

Hace poco en una entrevista, don Vicente, como le dicen con cariño en las transmisiones de ESPN, aseguró que los entrenadores muy poco podían hacer en la cancha una vez el juego había comenzado. Daba a entender que la mejor postura es permanecer en el banco y observar con atención lo que se ha trabajado antes y decía que un técnico en la raya haciendo gestos, corriendo de un lado para otro, no logra cambiar un resultado.

Don Vicente es el entrenador que se mueve en el punto medio. No plantea la postura de sus equipos a partir de una idea propia, sino a partir de lo que observa en sus jugadores. Su idea no prevalece por el hecho de que es de su autoría. Algo distinto, creo, sucede con Mourinho, que parte de una concepción y hace que los jugadores se sometan a ella. Es claro que aquí, el técnico resulta de una importancia extrema, cuando, finalmente, los que hacen el fútbol son los jugadores. Don Vicente es un catalizador de talentos. Mourinho es el dueño y señor de sus ideas, y todos, absolutamente todos, habrán de someterse a sus designios, a su estilo, a su manera de ver el fútbol.

Como dije antes, ambos pasaron por el Real Madrid. Don Vicente alcanzó el título de la Champions, con un equipo que no solo era efectivo, sino que deleitaba a la tribuna y hacía que el mundo futbolístico le admirara. En esos tiempos, don Vicente se veía en el banco, apacible, tomando nota y ajeno a todo protagonismo en la cancha. En uno de los errores históricos de la dirigencia madrilista, lo dejaron ir o quisieron que se fuera y desde esos tiempos, el Real no ha vuelto a ganar en Europa. Trajeron galácticos, entrenadores más vendedores, como dicen los expertos del marketing, y llegamos a Mourinho o la feria de las vanidades.

Real, que se ha caracterizado por tener equipos ganadores y que dan espectáculo, se volvió un equipo al mejor estilo de los italianos. El talentoso Kaká se fue al banco y uno observaba que en la idea de Mourinho tenían más importancia los gladiadores, los futbolistas defensivos que los que creaban. No pocas veces vimos que la fortaleza del Real se basaba en el contragolpe, en agrupar buena cantidad de jugadores en el medio, defender a ultranza y aprovechar los espacios que le dejaba el rival.

Mourinho fue más lejos. Se peleó con Casillas, el mejor arquero del mundo, lo envió al banco y luego dijo que se arrepentía de haber tomado esa decisión de forma tardía.

Mourinho, que tenía equipo para ganar la Champions, perdió en el intento. También dejó escapar la liga española y tocó fondo con la Copa del Rey. Cayó ante el Atlético de Madrid, que dejó al desnudo las divisiones intestinas del club, la lucha de egos y, lo peor, lo bajó de su pedestal. Ese Real que vimos el viernes quedó convertido en un desmedido equipo de barrio, que deja al descubierto lo más bajo cuando advierte la derrota. El Real de Mourinho, entrenador del Jet Set, fue invitado a una fiesta elegante, y con toda su pompa y atributos, al menor disgusto, rompió la vajilla, tiró las sillas y dio el más indecente de los portazos.

En estos hechos se quedan muchas de las mundanas vanidades. Don Vicente, con su habitual discreción, continuará en la Selección de España y dirá adiós el día en que para su país acabe el Mundial de Brasil. Mourinho se marchará del Real y lo recordarán como aquel engreído hombre portugués que vino de conquista, no se llevó gran cosa y dejó al altivo equipo de blanco en medio de un lodazal.

Por: Gabriel Romero Campos

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