La caída de Independiente

Fueron a su estadio. Todos, vestidos de rojo y con la ilusión de que la tarde de sábado les trajera buenas noticias. Sabían, bien en el fondo, que la partida de defunción estaba casi lista, pero se aferraban a la esperanza, a un milagro que no los enviara al infierno del descenso.

Pero vino el final del juego y el llanto incontenible. La cámara de la televisión fijó la mirada en una mujer joven, de rostro hermoso, que agitaba sus hombros, tenía la mirada en otro mundo y sus lágrimas caían con lentitud sobre sus mejillas. Independiente, el mismo que ha ganado en siete ocasiones la Copa Libertadores y el mismo que triunfó en dos torneos intercontinentales, perdió en su estadio ante San Lorenzo y cayó al descenso.

En los lejanos años setenta, en el 73 para ser más exactos, Independiente llegó a Bogotá a jugar la Copa Libertadores. Lo hizo frente a Millonarios y perdió 1-0, con un gol de larga distancia que el legendario Camello Soto le anotó a Santoro. Fue una noche memorable, en que por primera vez Argentina tuvo noticias de las extraordinarias dotes de Willington Ortiz, pero ese equipo dejó la impresión de su poderío en medio de la fría afición azul.

Volvería Independiente en el año 79 con un fútbol abierto y generoso y lleno de grandes jugadores. Vimos a Bochini, que aquella noche fue casi imparable para los volantes y la zaga de Millos. Y ahí estaba en la punta derecha Alzamendi, veloz, incisivo, certero a la hora de rematar. Y también estaba Outes, y aquella noche eran tan superiores que se pusieron 3-1 y parecía que se irían de largo. Millos reaccionó y cuando ya el juego estaba en tiempo de descuento un remate arriba, en el arco norte, de Rubén Horacio Carra le dio a Millos el empate y la ilusión de quedar con vida en la Copa Libertadores, de la que se iría pronto. Estábamos acostumbrados al juego avaro de los equipos argentinos que venían al país, pero este Independiente fue distinto. Sin subterfugios defensivos, sin artimañas para demorar el juego, como si pactara el partido al primero que haga seis goles, que es como se hace en el potrero, acaso el fútbol más auténtico.

Muchos años después, cuando los jugadores argentinos dejaron de venir tanto a Colombia y nosotros nos convertimos en exportadores, Independiente acogió al excéntrico Albeiro Usuriaga. La afición se encariñó con él, y el colombiano les devolvió títulos y los mejores recuerdos.

Luego de la trágica muerte de Usuriaga, el mismo que nos condujo a la Copa Mundo de Italia 90, nos dimos cuenta de su trascendencia en el fútbol. Allá, en la tierra de Independiente, le brindaron un gran homenaje y le reconocieron, más que aquí, su paso por el fútbol.

Allí en Independiente, también se hizo grande Faryd Mondragón y un día, llegamos a ver la final del fútbol argentino, en la que los dos arqueros eran colombianos: Córdoba y Mondragón.

Fue pasando el tiempo y este equipo de grandes jugadores se fue destiñendo, se fue dejando llevar por la desidia de sus directivos, por los intereses personales y comenzamos a tener noticias de que descendería, como si una familia influyente y poderosa empezase a perder un negocio y luego otro, y los bancos, que antes estaban abiertos, cerraran sus créditos y luego, en el peor de los momentos, llegaran a embargarle en su derruido palacio.

Se ha producido la caída del más grande equipo argentino en la historia de la Copa Libertadores. Independiente ha tocado fondo. Ya los hinchas del Rácing, su gran enemigo, han comenzado a celebrar. El descenso, para religiosos y ateos, es el infierno. Es la muerte, pero, por fortuna, de esta sí se puede regresar.

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