Carta de un ateo a Dios

 

“…Padre nuestro, que estás en el exilio…
casi nunca te acuerdas de los míos.
De todos modos,
donde quiera que estés,
¡Santificado sea tu nombre!”
Un padre nuestro latinoamericano (fragmento)
Mario Benedetti

Querido Dios:

Mira cómo son las cosas. Ya cometí un error, he iniciado esta misiva con una contradicción al llamarte “Querido Dios”, pero al igual que la Creación entera, ya es muy tarde para empezar de nuevo.

Me tomo el atrevimiento –bajo todo punto de vista contradictorio- de escribirte porque desde niño me han dicho que eres el depositario de la omnipresencia universal, que estás en todas partes y por ende todo lo puedes. También porque sé que no te quito tiempo puesto que en la Eternidad, donde tú habitas contemplando todo el macabro accionar de la humanidad que creaste, el tiempo no existe.

Si todo eso es cierto, lo más probable es que sepas lo que voy a decirte más adelante, incluso antes de que lo escriba. Pero quiero también que esta carta sirva para que quienes me leen (suponiendo que alguien lo hace) y en toda su bondad cristiana me han atribuido el título de comunista, puedan llamarme también ateo y de esa manera crucificarme de una buena vez. Sabes que no me gusta andar dando explicaciones. Tú lo sabes todo.

Supongo que sabes entonces que tenemos un par de cuentas pendientes y antes de que la Divina Providencia decida arrancarme del plano mortal, quiero dejarlas por escrito por si alguien en algún momento te las puede cobrar.

No sé por qué, pero se me acaba de venir a la mente don Pablito. ¿Te acuerdas? Sí, ese viejito rezandero que me daba clases de historia en el colegio. Recuerdo la oración que nos hacía repetir al inicio de sus clases: “Señor, hazme un instrumento de tu paz, que donde haya odio ponga yo amor, donde haya injuria perdón, donde haya duda, fe, donde haya oscuridad, luz, donde haya desesperación esperanza…” Era algo así. No logro recordar cómo terminaba, pero la multitud de estudiantes repetía la oración al unísono para reafirmación de tu infinito ego.

Un día le pregunté a don Pablito por ti:

– ¿Quién creó a Dios?- inquirió el muchacho flacuchento.
– La fe- respondió don Pablito con extraña seguridad.
– ¿La fe de quién si no había nadie? ¿O es que la gente se inventó a Dios?
– La fe de Él mismo- respondió el viejo incómodo.
– ¿Cómo podía tener fe en Él mismo si no existía?
– Es que Dios es anterior al tiempo…

La conclusión es que don Pablito no supo explicarme de dónde apareciste tú y mucho menos cuando le pregunté si algo tan infinitamente poderoso podía haberse originado así, de la nada. Eso ya no me preocupa, hace muchos años no me lo pregunto.

En todo caso, esa oración me dejaba muy claro que para ti la duda era un pecado y ante esa ofensa a un dios tan bueno el remedio era la fe. Pero a mí la fe se me acabó. No puedo tener fe en un ser como tú, en un Dios imperfecto. Porque lo eres, no me vengas a decir que no.

¿Por qué tengo yo que adorar a un dios egocéntrico? Si no lo fueras, no reclamarías tanta gloria y alabanzas. Pocas cosas hay tan humanas como el ego. Eres además un dios sordo, uno que solo escucha lo que le conviene. Y uno holgazán, perezoso. ¿Dónde estaba tu Divina Voluntad cuando la Santa Iglesia Católica mataba por doquier en todo el mundo bajo la señal de la cruz? Quizás ese era tu deseo: eres un dios ávido de sangre… nuevamente, una pasión muy vulgarmente humana para todo un Creador como tú.

Pero no quiero ahondar acá en esa grave acusación en tu contra. Solo voy a mencionarlo. Eres el asesino más grande de la historia, lo eres por omisión. ¡Cuántas formas de dolor y muerte te has inventado para que la humanidad que dicen las Sagradas Escrituras que creaste padezca antes de contemplar la luz de tu rostro!

Ya sé que vas a escudarte en el concepto del libre albedrío, esa teoría que se inventó San Agustín para justificar su promiscua vida antes de hacer parte de la viña del Señor. Todo lo tienes bien planeado, ¿eh? Pero si nadie puede acusarte de nada, si vas a explicarlo todo con el libre albedrío, entonces no reclames tampoco la gloria por los actos de bondad humana ni disfraces de bendiciones los triunfos producto del trabajo hombres y mujeres que aprendieron a sobrevivir en medio del sufrimiento y de una humanidad que vive para inventar formas de morir.

Finalmente, guardaste toda la inmortalidad para ti porque no querías que nadie se enterara de todos tus excesos. Pero no te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo, nadie va a hacerme caso. De todas formas no me preocupa si estoy blasfemando y siendo un hereje incontenible, pues sé que, de existir, hay un lugar en el Paraíso para mí, ya que nos condenaste a todos a vivir en el infierno. Que se haga tu voluntad entonces. Amén.

@acastanedamunoz

 

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