Del todo a la nada

Por: Gabriel Romero Campos.–

Le preguntaron a Fernando el “Pecoso” Castro quién creía que ganaba la final. Y Castro dio a Nacional como ganador. Argumentó que Santa Fe tenía dos enemigos: el golpe anímico de quedar por fuera de la final de la Libertadores y el cansancio de afrontar al tiempo dos compromisos exigentes.

Tal vez recordaba aquel lejano año 1978, cuando el Deportivo Cali, de Carlos Salvador Bilardo, tenía dos grandes retos: jugar la final de la Libertadores frente a Boca y disputar la liguilla final del torneo colombiano. Cali, que tenía un gran equipo, empató 0-0 en el Pascual Guerrero con los argentinos y días después cayó 4-0 en la Bombonera. Alicaído disputó las finales del campeonato colombiano, pero ese año Millos se quedó con el título. Ese Cali de Umaña, Scotta, Benítez, Ángel María Torres y compañía se quedó con las manos vacías.

Días atrás, Nacional, en las cuentas de muchos, estaba eliminado. Santa Fe parecía estar en el punto más alto. Crecía en la Copa Libertadores y había clasificado a la final del fútbol colombiano con suficiente antelación.

Pensaban muchos que como mínimo el equipo se quedaría con un título. Había que probar si tenía jerarquía y si la gasolina alcanzaba para tanto. Olimpia fue el primero que hizo caer en cuenta a los rojos de la dureza de la realidad. Esa noche de Asunción, Santa Fe se desdibujó. Fue tímido y pensó que con resguardarse era suficiente, cuando en el fútbol de hoy los visitantes salen a proponer y son más conscientes de que cuentan con más espacio para ejecutar sus acciones ofensivas.

Santa Fe regresó a Bogotá, y, víctima de la ansiedad, perdió su esencia, el toque por el piso, y así les facilitó el camino a los paraguayos, que clasificaron a la final de la Libertadores.

Quedaba, pues, luchar por el título. En Medellín, el equipo de Gutiérrez salió a buscar el empate y lo consiguió. Lo hizo con un fútbol ultradefensivo y apostando a que en Bogotá las cosas serían a otro precio.

Santa Fe, en el papel, tenía la ventaja. Sin embargo, se le vio tenso, sin las ideas de Ómar Pérez y sin las fantasmales apariciones de Wilder. Nacional jugaba y su rival, que sentía el peso de lo que significa una final, era víctima de un prolongado letargo. El técnico Osorio no se ocultó. Su equipo propuso y generó posibilidades y con el correr del reloj se apoderó del campo, de la pelota, fue silenciando la tribuna, que no creía en dos tristezas tan seguidas, y se puso en ventaja en la primera parte.

Como era obvio, Santa Fe reaccionó. Salió del letargo y entró en el camino opuesto: se llenó de ansiedad. Como en el segundo tiempo frente a Olimpia, optó por el juego aéreo, que hizo más grandes a la zaga y al arquero de Nacional. Además, fue otorgando espacios. Fue dejando que Macnelly se tomara la mitad y que el pelado Medina, un crack por donde se le mire, debilitara la zona defensiva del rival.

A medida que transcurrieron los minutos, Nacional se acercaba más al segundo, la hinchada roja había perdido su ímpetu y bastó la entrada de Mosquera, quien con más espacio, llegó al gol con facilidad extrema.

Santa Fe, que solo unas semanas atrás lo tenía todo, perdió en su casa la Libertadores y el título. Ganó Nacional sin discusión alguna. Osorio les cerró la boca a sus más acérrimos críticos y a quienes hablan pestes de su manera de ver y practicar el fútbol. Santa Fe no era tan grande como quisieron hacerlo ver algunos influyentes periodistas, más obcecados que las mismas barras bravas.

La ventaja de caer a la nada es que esta situación nos permite observar las cosas en sus justas proporciones.

 

  Share: