La adicción al sexo no existe

En 2010 se incluyó por vez primera en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5), la ‘biblia’ de la Psiquiatría mundial, y lo que hasta ese momento era para muchos un cuento chino, se convirtió en la excusa perfecta en la que se escudaban personajes como el actor Michael Douglas o el golfista Tiger Woods para justificar sus infidelidades.

Sin embargo, su clasificación como trastorno mental ha sido efímero, ya que en la última revisión de esta ‘biblia’ de la salud mental, las adicciones sexuales no ha logrado «pasar el corte».

A pesar de ello, muchas han achacado sus problemas de pareja, económicos o laborales y de cualquier índole a su adicción al sexo. Algunos sexólogos estiman que habría un 6% de la población con este problema. Pero, ¿realmente existe esta enfermedad o es un invento para hacer negocio?

Simplemente deseo

Ahora, por primera vez investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) han evaluado cómo se comporta el cerebro en las denominadas «personas hipersexuales», es decir, aquellas que tienen problemas para controlarse ante la visión de imágenes sexuales. El estudio encontró que la respuesta del cerebro de dichas personas ante estas imágenes no estaba relacionada de ninguna manera con la gravedad de su hipersexualidad, sino que se relacionaba con su nivel de deseo sexual.

En otras palabras, señala la investigadora Nicole Prause, «la hipersexualidad no parece explicar las diferencias cerebrales en la respuesta sexual más que simplemente por el hecho de tener una libido más alta».

Prause, coordinadora del trabajo que se publica en Socioaffective Neuroscience and Psychology, cree que este hallazgo es importante porque es la «la primera vez que los científicos han estudiado específicamente las respuestas del cerebro de las personas que se identifican con problemas de hipersexualidad».

Fuera control

 

Un diagnóstico de adicción al sexo se asocia con aquellas personas que tienen impulsos sexuales que sienten fuera de control, que se implican con frecuencia en conductas sexuales anómalas que les han producido consecuencias, como el divorcio o la bancarrota como resultado de su conducta, y que tienen poca capacidad para reducir o controlar dichos comportamientos.

Pero, dijo Prause, estos síntomas no son necesariamente representativos de una adicción; de hecho, un potente deseo sexual, no patológico, también podría explicar este conjunto de problemas.

Una forma de discernir entre un problema patológico y el deseo sexual consiste en medir la respuesta del cerebro a los estímulos que generaran imágenes de contenido sexual en personas que reconocen tener problemas sexuales. Y, aseguran los investigadores, si de verdad sufren de adicción al sexo, la respuesta del cerebro a dichos estímulos sexuales visuales debería ser mucho mayor, similar a la que experimentan los cerebros de las personas adictas a la cocaína al ver a las imágenes de la droga, tal y como han demostrado numerosos estudios.

Así, Prause y su equipo diseñaron un estudio en el que participaron 52 voluntarios: 39 hombres y 13 mujeres, con edades comprendidas entre 18 y 39 años, que dijeron tener problemas para controlarse ante la visión de imágenes sexuales. En primer lugar completaron cuatro cuestionarios sobre diversos temas: comportamientos y deseo sexual, compulsiones sexuales, y las consecuencias negativas sobre la conducta sexual. Los resultados de los voluntarios eran muy similares a los de aquellos catalogados como adictos al sexo.

Mientras los voluntarios veían las imágenes fueron controlados mediante electroencefalografía (EEG), una técnica no invasiva que mide las ondas cerebrales, la actividad eléctrica generada por las neuronas cuando se comunican entre ellas. En concreto, los investigadores midieron los potenciales relacionados con los eventos, las respuestas del cerebro que son el resultado directo de un evento cognitivo específico.

Sexo explícito

Los voluntarios vieron una serie de fotografías elegidas cuidadosamente para evocar, tanto sensaciones agradables o desagradables. «Incluían cuerpos desmembrados, pero también personas cocinando o esquiando y, por supuesto, escenas de sexo. Algunas de éstas eran imágenes románticas, mientras que otras mostraban sexo explícito», señala Prause.

En concreto, los investigadores estaban interesados en la respuesta del cerebro unos 300 milisegundos después de que apareciera cada imagen, lo que se conoce como la respuesta «P300». Esta medida básica, explica Prause, ha sido utilizada en cientos de estudios de neurociencia internacionales, incluidos los estudios sobre la adicción y la impulsividad. «La respuesta ‘P300′ es mayor cuando una persona se da cuenta de algo nuevo o de especial interés para ella».

Los investigadores esperaban que las respuestas «P300» a las imágenes sexuales corresponderían al nivel de deseo sexual de una persona, como habían mostrado estudios anteriores. Pero además, preveían que estas respuestas en aquellos cuyo problema podría caracterizarse como una adicción tuvieran un repunte con la visión de las imágenes sexuales.

Sin embargo los resultados no mostraron esta asociación. Es más, encontraron que la respuesta «P300» no estaba relacionada con las mediciones hipersexuales. Así, segura la autora, aunque ha habido muchas especulaciones sobre los efectos de la adicción sexual en el cerebro, nuestro estudio no proporciona evidencia alguna para apoyar dichas teorías. «Si el trabajo puede ser replicado, los hallazgos representan un gran desafío para las teorías existentes de sobre la adicción al sexo».

Vía: http://elmundoalinstante.com

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