Lo que se necesita para ser colombiano

Parta de la base que este es el mejor vividero del mundo. Este, el país de la corrupción, de la desigualdad social, de los fundamentalismos religiosos, de los cilindros explosivos, de las sierras eléctricas, del desplazamiento, de los crímenes de Estado, de las desapariciones, de los secuestros, de los collares bomba.

Este, el país de la biodiversidad, de los paisajes maravillosos, de los recursos naturales que creíamos infinitos y que con un silencio cómplice hemos ido entregando poco a poco a multinacionales asesinas y exterminadoras de la tierra para que llenen sus arcas y nos dejen nuestra respectiva cuota de miseria, pobreza, enfermedades y desolación. Este…el pulmón del mundo. Ese pulmón que un día morirá de cáncer si llega la minería hasta el corazón del Amazonas. Llegará, muy seguramente. Sí, este es el mejor vividero del mundo… Colombia, tierra querida.

Porque eso es Colombia: un país de extremos que juega con sus desequilibrios, que se ríe de sus desgracias y las olvida rápidamente para que no duelan.

Pero… ¿Qué sería de Colombia sin los colombianos? Sí, nosotros, los colombianos. Los que crecimos detestándonos, los que supimos construir nuestra historia con una cadena de odios y una que otra mediocridad, los patriotas de 90 minutos, los que aman el país revestidos del nacionalismo más absurdo, los que odian a Colombia y otros a los que no les importa demasiado.

La colombianidad es sumamente extraña. El colombiano es feliz en medio de su infelicidad pero se siente aprisionado por la necesidad apabullante de reclamar un lugar entre los demás, de asumir su posición frente a los otros y así demostrar que los colombianos somos verracos, que somos “echaos pa’ lante” y es en ese punto donde aparece ese pensamiento facilista, esa filosofía barata que cree que “el mundo es de los vivos” y que basta con ser más vivo que los demás para escalar, para avanzar, para echar pa’ lante.

Cabe resaltar que la moral en Colombia está tan noblemente repartida que algunos incluso pueden darse el lujo de tener dos. El colombiano manifiesta abiertamente su indignación ante la corrupción y el oportunismo pero mira cómo adelantarse en la fila del banco. Al colombiano le duelen profundamente los millones que año a año nos roban políticos y gobernantes holgazanes, pero busca la manera de “meter el billete” falso que le metieron antes en alguna parte y la consecuencia lógica es vengarse y hacer lo mismo. Pero tranquilo que eso desde que nadie se dé cuenta no pasa nada. Más bobo uno que se deja meter billetes falsos, ¿cierto?

¡Y los políticos! ¡Esos sí que son ladrones! Esos no hacen sino robar. Pero ese colombiano que tanto los critica es el mismo que vende su conciencia por un tamal con chocolate y sigue votando por los mismos. Sí, por esos mismos que critica por doquier… Pero, ¿qué más puede hacer uno? Eso todos son lo mismo y mejor malo por conocido…

Siéntase orgulloso de lo que no le pertenece, de los triunfos que no son suyos y atrévase a reclamar la gloria por ello porque el colombiano es ante todo un robador de triunfos. En ese sentido, atesore como suyas las victorias de Mariana Pajón o Rigoberto Urán sin importar que usted no tuviera ni idea de la existencia de ellos antes de que se ganaran una medalla en los Olímpicos. Sucede que al colombiano le encanta montarse en el bus de la victoria porque así se siente parte de algo y encuentra un lugar, un reconocimiento, la posibilidad de hacerse visible ante el mundo como algo bueno, algo que vale la pena conocer.

Colombiano que se respete es de mejor familia que su vecino. Y esto se aplica a todos los aspectos de la vida, llegando incluso a tocar fronteras nacionales. Por eso se siente superior a los peruanos, a los bolivianos, a los ecuatorianos. Esos que supuestamente son más indios que nosotros pero que por lo menos tienen una identidad propia.

Quitémonos la máscara colombianos y descubrámonos como la sociedad elitista que somos, como el país que desprecia sus aborígenes pero que ante un extranjero actúa de la misma manera como actuaron nuestros indígenas ante la llegada de los españoles y los convierte en una especie de semidioses intentando mostrar una cara amable, un rostro sonriente y lleno de ilusión. Descubrámonos como la sociedad machista, racista y homofóbica que hemos venido siendo, como el país que quiere vivir en el siglo XXI con una concepción de la realidad propia del siglo XIX. Quitémonos tantas máscaras para ver si al mirarnos al espejo de frente podemos cambiar por fin nuestra mentalidad y avanzar.

A estas alturas, usted señor lector (o señora lectora, por aquello del lenguaje incluyente) debe pensar que yo no quiero a Colombia. Pero se equivoca. Quizás la quiero más que usted, no me atrevo a afirmarlo. Por eso me preocupa tanto el hecho de no haber encontrado una identidad que vaya más allá de frases bobaliconas que circulan en cadenas de correo electrónico o que pueden verse en cualquier calle, en cualquier muro. “Se vende hielo frío”, “Velocidad máxima: al zoco”, “Por favor no use el baño para meter perico”, “Internet banda re ancha”, “Perros bravos, no los torié”. Una identidad que vaya más allá de la “malicia indígena” que no tiene nada de lo uno ni de lo otro.

Quizás la encontremos y así podremos seguir adelante, seguramente lo haremos. Quizás ya empezamos a hacerlo. Mientras tanto, como dice Dick Salazar, no somos Colombia, somos Locombia.

 

Por: Andrés Felipe Castañeda

@acastanedamunoz

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