Monólogo en portugués

Apenas nos acomodábamos y nos estábamos frotando las manos para ver la final soñada, cuando irrumpió Hulk desde la derecha, lanzó un centro y el zaguero español Piqué, con destreza de colegial, no le siguió el rumbo a la pelota y, en medio de la confusión, de la que también fue partícipe Arbeloa, el brasileño Fred, desde el piso, puso en ventaja a su equipo y allí comenzaron a desmoronarse todas las ilusiones de ver el tan esperado duelo.

Lo que hubo en Rio, en el último acto de la Copa de las Confederaciones, fue un monólogo en portugués. ¿Dónde estaba España? ¿Qué pasaba con Iniesta, que recibía un balón y pasaba mal? ¿Qué ocurría con su socio Xavi? ¿Dónde estaba el toque español, que ha maravillado a tantos?

En la cancha, sólo veíamos a Brasil. Sólido en la mitad. Cerrando espacios, desprendiéndose de la pelota con propiedad y poniendo en posición de gol a Fred o el imaginativo Neymar, que se daba un festín con Arbeloa, Piqué y compañía.

Era como si España hubiese quedado hipnotizada, como si un ataque de amnesia, producido por el embrujo del sonido de los tambores, se hubiera apoderado de los hombres de Del Bosque. Alcanzaron a tener el balón después de los 15 minutos, alcanzaron a hacerlo circular, pero nunca con la velocidad y el ingenio de antes. España era previsible, lenta en su accionar y cuando Brasil tomaba la pelota, llegaba con una facilidad pasmosa a los terrenos de Casillas.

De manera que los millones de espectadores seguíamos inquietos a la espera de la final soñada. Hubo un destello tras un descuido enorme en la mitad y en la zaga de Brasil que dejaron a Pedro frente al arquero Julio Cesar y cuando la pelota ya iba en camino de gol, se atravesó el zaguero David Luiz.

Ahí terminó todo. Luego Brasil respondió. De nuevo con Neymar, que arrumó defensas rivales. Arbeloa, que poco sabe con el balón y de quien se espera que, por lo menos, sea un eficiente destructor de juego, descuidó a Neymar. Sí, a Neymar, el mismo que ya está en Barcelona. Lo dejó solo por ir detrás del balón, y Neymar fusiló a Casillas. Ya no había nada que hacer, pues la ventaja de Brasil era enorme.

Quedaba la ilusión de que en el descanso se recompondrían las cargas. De que el campeón del mundo recobraría la memoria y acudiría a su reportorio, pero una vez más dudó la zaga, Arbeloa incluido, desde luego, y Fred, que no perdona, puso el 3-0. La España que jugaba era otra. Quizás la de antes. La que no había ganado título mundial alguno y la misma que maniobraba sin convicción.

Hubo una oportunidad más para que esta final de Rio fuese de verdad. Un penal, que cobró Ramos y que envió fuera. No quedaba de otra que dejar que corriera el reloj. Brasil tocaba. España, perdida como equipo, intentaba con las individualidades de Navas o de Villa o de Iniesta, que no tenía forma de dialogar con sus socios.

Brasil, que en el principio del torneo fue un equipo gris y con escasa generosidad en sus ideas, aunque siempre efectivo, va resolviendo sus dudas. No juega con la estética de otros tiempos, no deslumbra, y eso lo saben sus hinchas, pero con el correr de los partidos, ese equilibrio, defensa fuerte; ataque letal, ha tomado forma y se hace más convincente a un año del Mundial.

Día a día, el exigente Scolari madura la idea del equipo que busca. Esta Copa, pone a Brasil, con más fuerza, como el favorito sucesor de una selección española, a la que le será muy difícil repetir título e inclusive meterse entre los cuatro primeros.

No hubo en Rio la final que estábamos esperando. No puede haber verdaderas finales, cuando en el terreno juega uno solo.

Por: Gabriel Romero Campos

 

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