Acceso religioso violento

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Era cerca de medio día. Hacía sol. A unos metros había dos mujeres jóvenes paradas que sostenían en sus manos unas cuantas revistas. Una de ellas era muy atractiva, cruzamos la mirada un par de ocasiones. Creo que una de esas veces sonrió, no lo recuerdo. Debía tener unos 20 años. Cerca, había un par de hombres sentados en la acera. El que estaba más cerca a mí hablaba moviendo las manos. Una señora de voz suave y muy bien vestida se les acercó. Sostenía unas revistas en la mano.

–       Buenos días- irrumpió la señora.

–       Buenos días- contestaron ambos, instintivamente.

–       Quiero compartir con ustedes esto.- decía la delicada señora mientras les entregaba una revista- Si en momentos de dificultad no acudimos al Señor, ¿a quién le vamos a pedir que nos consuele?

Duraron unos momentos más allí, hablando de la Palabra de Dios. Una vez culminada su labor salvadora, la señora se alejó del pequeño grupo y buscó entre la multitud a un nuevo interlocutor. El muchacho delgado y solitario fue la mejor opción. Se acercó sonriendo. Por aquel asunto de no crear una barrera comunicativa, decidí sonreír.

–       Joven, quiero compartir con usted esta información.

–       Buenos días- respondí.

–       Buenos días, ¡se me olvidó saludar! ¡qué pena!

–       Tranquila, suele suceder. No se preocupe.

–       Mire joven –continuó la elegante señora, extendiendo hacia mí una revista relativamente pequeña con un título que no logro recordar, “La palabra hoy”, algo así- quiero compartir con usted la Palabra del Señor. ¡Todos tenemos que buscar a Dios!

–       Discúlpeme- respondí, tras esperar que terminara de hablarme- pero la verdad no creo en lo que usted me dice. Soy ateo y así como respeto profundamente sus creencias, espero que respete las mías.

La expresión de la mujer cambió levemente. “¿Un ateo? ¿Qué es esta herejía? ¡Por el amor de Dios!”. Sin dejar de levantar la revista hacía mí, intentó disimular su incomodidad, adoptando una conciliadora y evangelizadora actitud. Tuve que repetirle que respetaba sus creencias y pedirle –de nuevo- que respetara las mías. O más bien, el hecho de no tenerlas. Ante la negativa, la mujer se despidió deseándome un buen día y se alejó. Caminó hacia donde estaban las dos mujeres paradas. Me quedé un instante más observándolas mientras pensaba. Hace unos años había tenido que responder lo mismo a unos testigos de Jehová que iban a la puerta de mi casa todos los sábados. La frase parece asustarlos, como el fuego a las abejas. “Soy ateo”. Y huyen, despavoridos. Quizás hagan internamente un juicio, inventándose pecados para los imperdonables ateos que van y vienen por ahí.

Igual de incómodo e irrespetuoso resultaría que detuvieran a alguien por la calle para hablar de política. “Disculpe usted, ¿tiene un minuto para hablar de socialismo?”. La política, como la religión, son manifestaciones personales, procesos de introspección, algo que se lleva dentro y que debe emerger en los momentos y ambientes adecuados. El resto es irrespeto, palabrería, es entrar sin ser llamado.

La evangelización –llevarle a Cristo a quienes no lo conocen- es un acto irremediablemente agresivo. Para algunas religiones es una obligación. Traer incautos por el camino de la fe al parecer es bien remunerado con la promesa de la eternidad al lado del Señor. Pero la verdad es que la evangelización es un acto vehemente. Es como obligar a otra persona a tener sexo, es casi como una violación.

Esa evangelización que hoy hacen con revistas y frases de cajón, la emprendieron fatídicamente hace más de 500 años en esta tierra los españoles cuando nos impusieron la cruz por medio de la espada y el fuego. Y toda la muerte que vio después tuvo la bendición de Dios. Los dioses de la tierra, el agua, el viento, la guerra y el amor fueron asesinados con el visto bueno de la Corona. Los métodos han cambiado, pero la finalidad es la misma: erradicar la blasfemia, la libertad, la individualidad.

Lo que no comprenden los nuevos evangelizadores, aquellos que creen que van a salvar el mundo hablando del Dios del amor, es que ni ellos, ni nadie deberían andar advirtiendo por la calle sobre infiernos, condenas y sufrimientos ni a prometer un paraíso a cambio de nada.

@acastanedamunoz

 

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