El día cuando el pueblo tomó la palabra

Por: Andrés Felipe Castañeda.–
Comenzaba a caer la noche y los rayos de sol que no quería esconderse aún teñían las nubes pasajeras de rosado. Hacía frío –como siempre- y el silencio como un emperador daba su ronda vespertina para vigilar que la rutina cumpliera su trabajo. El presagio nació casi de la nada en medio de una conversación cualquiera. “Mañana van a bloquear la vía”. La amenaza, aunque comprensible y deseable, parecía más una broma. “Acá no pasa nada” pensé.
El nuevo día llegó con un cielo despejado y un sol poco comunes en época de lluvias. El silencio fungía como plácido emperador y la mañana comenzaba a desdibujarse con las vueltas de las manecillas del reloj que siempre llevan tanto afán. De repente, el ruido se atrevió a romper el silencio, a darle la espalda a los sonidos cotidianos. A lo lejos, y en aumento, se escuchaban gritos y cornetas que empezaban a darse cita para cumplir con lo pactado. Cerca, sonaban cerca. Desde la sala de mi casa podía escuchar los gritos, los chiflidos, el bullicio de las cornetas de plástico. Salí a la calle y caminé hasta la avenida que de Bogotá conduce a La Calera. Allí, sobre la vía principal, frente a la clínica del pueblo, un grupo de campesinos y jóvenes estaban sentados. Sin armas, sin piedras. Estaba ahí, sentados, como reclamando su derecho a existir, a ser visibles, a ser considerados seres de carne y hueso que piensan y respiran y viven y sueñan. Del otro lado, en frente de ellos, había un grupo de Policías e integrantes del ESMAD. A lado y lado de la carretera había curiosos o personas que –como yo- quizás no se atrevían a estar en medio de la vía. Todos sabíamos lo que vendría unos segundos más adelante. Tardé un poco en reaccionar y empezar a tomar fotos.
El comandante de la policía se acercó al grupo. Dijo en voz alta a todos que se tenían que mover, de lo contrario, la policía iba a actuar. Pero la multitud no cedió. “No nos vamos a mover”. “Perfecto- dijo el comandante- entonces tenemos que proceder”. Levantó la mano y dio la orden.
Al unísono, como una caravana oscura y blindada, el escuadrón del ESMAD empezó a avanzar. Golpeaban sus escudos con los bolillos, como un sonido de guerra. No era una advertencia, era una amenaza. Un par de segundos más tardó la maquinaria estatal en chocar con la masa que había permanecido inamovible.
Gritos, rechiflas, estallidos. “¡Lo mataron! ¡Lo mataron!” gritaba un hombre en medio del humo y la confusión. Un joven estudiante había sido golpeado en la cara por un agente del ESMAD. No lo habían matado: había quedado inconsciente con el impacto y fue llevado por sus compañeros a la sección de urgencias de la clínica a donde ingresó con un golpe en la nariz y sangrando.
Era difícil ver en medio del humo producido por los gases lacrimógenos. En el suelo estallaban granadas aturdidoras y la gente gritaba. El ESMAD rompió la barrera humana que empezaba a reacomodarse. La policía arrojó más esferas de gas. Algunos manifestantes respondieron arrojando piedras. “¡Sin piedra, sin piedra!” exigió alguien detrás de mí. El grito se hizo más fuerte, como una exigencia: “¡Sin piedra!”. Pero las piedras volaron por el aire unos instantes más. Pude ver a un muchacho de no más de 15 años arrojando una que no llegó muy lejos. Siempre habrá quien lo tome todo a la ligera, quien se aproveche de la situación para jugar a ser rebelde, a ser grande y a oponerse.
El ESMAD avanzó de nuevo y poco a poco todos terminamos al lado de la vía. Miembros de la policía arrojaron contra los manifestantes las piedras que antes habían recibido de ellos. Yo estaba grabando y por alguna extraña casualidad me vi alejado de la multitud, casi desprotegido. Un agente del ESMAD se acercó amenazante.
– Se tienen que quitar de acá- dijo el hombre de la negra armadura.
-¿Por qué?- atiné a decir.
– Mire hombre, hay dos formas de correrlos: a las buenas o a las malas.

Yo no había dejado de grabar. Escuché nuevamente gritos detrás de mí. Piedras. Sí, de nuevo. Un par de ellas golpearon la armadura del agente. Una de ellas por poco me golpea a mí.
A esas alturas ya había llegado más gente y los campesinos discutían con la policía. Por momentos se escuchaban de nuevo gritos, silbidos, pólvora, granadas aturdidoras… así pasó la tarde. La policía había hecho retroceder a los manifestantes y cada vez se acercaban más al pueblo. Antes de caer la noche, el escenario de los enfrentamientos se había trasladado casi hasta llegar al centro. Varios manifestantes fueron detenidos y golpeados por el ESMAD y la policía. Desde lugares más altos, las armas represivas del Estado se levantaban contra campesinos y estudiantes, disparando justicia y seguridad.
Horas más tarde, la calma retornó. El silencio reclamó de nuevo su lugar en el trono y aunque con relativa tensión, la tranquilidad retornó a su lugar. Al día siguiente, todos los sucesos ocurridos no eran más que una anécdota, algo que se cuenta como un suceso sorprenderte en uno de esos lugares del mundo donde nunca pasa nada. “Yo llevo 20 años viviendo acá y nunca había visto una cosa de esas” me dijo don Carlos, uno de los vigilantes del conjunto donde vivo.
***
Distinta ha sido la situación en Boyacá donde agremiaciones campesinas han enfrentado sin temor a la Fuerza Pública y con el pasar de los días más sectores productivos se han sumado al Paro Nacional Agrario. Ruanas, botas y sombreros han salido a las calles a levantar su voz de inconformidad en contra de las políticas neoliberales de los gobiernos que han sumido a la agricultura en la miseria. Los campesinos de Colombia han salido a las calles a exigir una solución a sus problemas. Una solución que llevan esperando 200 años, una que no ha llegado pese a tantas promesas vacías y palabras sin sentido. Boyacá en particular, es un gigante que no despertaba hace 2 siglos y sus pasos hacen temblar hoy la tierra. Nos enseñaron que comer es un acto político, como bien lo dijo César Rodríguez Garavito en su columna de El Espectador.
Pero hay algo realmente maravilloso en todo esto: la ciudad también se sumó al paro. Es como si se hubiera roto la brecha, como si hubiéramos abierto los ojos, por fin. Se seguirán escuchando los gritos, seguirán sonando las cacerolas y las carreteras del país indiscutiblemente seguirán siendo testigos del día que el pueblo tomó la palabra.
@acastanedamunoz

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