El “sueño de la paz” de Santos es la pesadilla de los colombianos

Por: Eduardo Mackenzie.–

El último año de Juan Manuel Santos como presidente de la República comenzó, por fin, en estos días. La hora del balance ha llegado.  ¿Qué realizaciones deja Santos? ¿Cuál es su obra de gobierno? El paisaje que emerge ante esas preguntas es desolador. 

En lugar de una gran obra de gobierno lo que se ve es una acumulación de problemas irresueltos. Ante la serie de graves desafíos, el gobierno aparece como un equipo desgastado, sin ideas y sin determinación. Las guerrillas peroran y atacan con la mayor violencia todos los días. El 20 de julio pasado, en un sólo día, las Farc mataron a 21 militares en combates en Arauca y Caquetá. Quince de esos soldados fueron asesinados de la manera más vil y cobarde.  El gobierno no fue capaz de ripostar. Ni en el terreno, ni ante el país, ni en la llamada mesa de negociación de paz en La Habana. Salvo si alguien cree que decir “sigan disparando” es una respuesta. Envió así una  señal de debilidad enorme.

Las organizaciones narco –terroristas tratan, por otra parte, de articularse, con cierto éxito, a cuando “movimiento social” aparece en el horizonte. La asonada de Catatumbo, el paro minero, la huelga cafetera y el paro camionero, son sólo los ejemplos  más recientes de esas convulsiones. Pese a todo, Santos asegura que todo va bien y que estamos en vísperas de lograr la paz definitiva y a punto de alcanzar una cosa rarísima que él llama, como los castristas, “la segunda independencia”.

En realidad, la situación en Colombia es delicada y los chacales de todo tipo lo saben y se aprovechan. La ofensiva de Nicaragua y de sus aliados ruso-castristas contra el archipiélago colombiano de San Andrés y Providencia no conoce límites. Empero, el presidente Santos y su ministra de Relaciones Exteriores siguen paralizados y en éxtasis como ídolos de palo.

Los gremios tienen ahora divergencias sobre el destino económico y político del país, lo que es nuevo y peligroso, el Congreso no existe, salvo para las iniciativas puntuales del Ejecutivo, el poder judicial escoge su agenda y el resto de las fuerzas vivas se muestran igualmente vacilantes, mientras que los enemigos de la democracia avanzan encubiertos, aparecen  unidos y cada vez más agresivos.  Y, lo peor: por primera vez, asoman disensiones en el seno de las fuerzas armadas. Los diarios hablan, tímidamente, de ello, sobre todo a raíz del incidente en el desfile militar del 7 del agosto y desde la súbita remoción de los altos mandos militares y de policía.

En ese contexto, el llamado proceso de paz muestra su verdadero carácter: no es una mesa de negociación sino una tribuna de y para las Farc. Colombia no tiene allí negociadores. Los funcionarios que viajan a La Habana están lejos de serlo. Son unos seres mudos que están allí para tomar nota de los delirios de las Farc y estudiar la manera de hacerlos  digeribles para la ciudadanía. No es culpa de ellos. Ese es el rol que el Gobierno les ha fijado. La famosa “negociación” de paz de Santos consiste en eso: en hacer que las Farc digan qué quieren y en estudiar qué piruetas jurídicas y politiqueras se necesitan para concederles todo.

El silencio del Gobierno no es porque esas negociaciones sean secretas. El secreto fue destruido por las Farc desde el primer día. Santos calla  porque no tiene ideas precisas sobre lo que debe ser la paz en democracia. Si las tuviera las habría dicho. Santos dirige un proceso que afecta la vida cotidiana y general, a corto y largo plazo, de 35 millones de colombianos. Sin embargo, él no les explica nada. ¿Dónde está su gran declaración general y dónde están las entrevistas del presidente sobre ese tema ante la prensa nacional y extranjera? En ninguna parte. Arrogante, Santos sólo lanza frases contradictorias al respecto, en medio de sus discursos, sin entrar en detalles, sin respetar la lógica, sin someterse a la contra pregunta y a la curiosidad legítima de los periodistas.

En La Habana, las Farc gesticulan y el gobierno calla. Así, las ideas de las Farc, sin contrapartida ni réplica oficial, comienzan a emerger como una alternativa razonable. Peor: como la única clave del futuro del país. Lenta y paulatinamente la memoria y la psicología del país están siendo moldeadas, violadas. El objetivo de ellos es que el ciudadano termine aceptando que la paz –valor absolutizado al extremo, hasta convertirlo en superior a la libertad y a la verdad–,  ha de ser un régimen cualquiera, un sistema de gobierno con jefes asesinos amnistiados al frente, donde podrá haber de todo, menos democracia, libertades, tolerancia, libre mercado y Estado de derecho.

Nunca antes un presidente colombiano había puesto a Colombia en tan grande peligro. Ni Belisario Betancur, ni César Gaviria, ni Andrés Pastrana, respetables personalidades elegidas que cometieron errores en materia de paz. Lo de Santos es otra cosa, es algo nuevo y mucho más audaz y opaco. Y los colombianos seguimos sin querer descifrar eso.

No había visto antes  tan en peligro el sistema democrático de Colombia. En tres años de Gobierno, la única obra de JM Santos fue esta: haber sacado a las Farc de una situación de desmantelamiento militar y de desaparición como actor político, para ponerlas en el centro de la escena colombiana.

Gracias a la falsa “negociación de paz”, las Farc recuperaron no sólo protagonismo militar  (hasta querían inaugurar ese diálogo sobre el cadáver del periodista más lúcido y valiente del país, Fernando Londoño Hoyos), y han restablecido su capacidad de intimidación y chantaje sobre todo el país. Y, además, se han convertido en la gran voz política, casi la única, la voz que dice y anuncia lo fundamental: cómo deberán ser las nuevas fuerzas militares y el nuevo Estado colombiano, sobre todo durante la fase del llamado “post conflicto”, y la voz que dice qué es lo que la sociedad en general tendrá que soportar, en esa misma fase, cuando las Farc se hayan apoderado de la vida política, electoral, parlamentaria,  judicial, cultural, universitaria y mediática del país.

Santos está dispuesto a firmar esa paz con las Farc, a finales de este año o comienzos de 2014.  Esa firma, a la luz de la legislación especial aprobada por el santismo y de los “acuerdos” secretos o de hecho de La Habana,  no será otra cosa que una capitulación en regla, sin retorno, con impunidad garantizada para todos los jefes, altos y bajos, de las Farc y quizás del Eln. Si ese andamiaje sigue en pié, la Colombia que conocemos habrá dejado de existir. Santos dará ese paso demencial sin consultarle a nadie, de un momento a otro, cuando nadie pueda reaccionar, ni protestar,  ni articular una respuesta de fondo y masiva, con los ciudadanos en las calles. De nuevo, como en otros periodos, la obsesión por el premio Nobel de la paz está jugando su papel operativo.

El signo más negativo de esta coyuntura es que nadie propone en este momento organizar manifestaciones preventivas y de repudio contra los planes y ambiciones de las Farc. Pues el poder central y sus facciones políticas están haciendo todo lo posible para desmovilizar a la gente, para dormirla con historietas sedantes sobre la buena voluntad de esos grandes criminales, los cuales, por fin, van a abandonar su cultura de odio (pero conservando sus armas). Al mismo tiempo, esos poderes obran para castigar a quien ve las cosas de otra manera. Quien no apoya la farsa de La Habana es estigmatizado como “enemigo de la paz”, y amenazado con sufrir represalias. En estos meses, la boca del presidente Santos se ha llenado de insultos y amenazas para los que no piensan como él. 

Si una dinámica de protestas reales contra los avances de las Farc en todas las esferas no existe ahora, no existirá en el momento decisivo. Ese es el gran peligro que tiene Colombia: que la población siga atemorizada, anestesiada e inmovilizada. La oposición, sus líderes más connotados, deberían combatir ese estado de cosas. Hay que organizar no una sino varias manifestaciones preventivas contra los planes de las Farc y su llegada a las instituciones.

 

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