Paros y disparos

Por: Andrés Felipe Castañeda.–
Vivimos en un país donde es más democrático votar que manifestarse. Para el Estado, la única expresión democrática válida es la que ejerce el pueblo inerme cada cuatro años al depositar su futuro impreso en papeletas electorales dentro de cajas de cartón. El resto no, el resto es terrorismo, subversión, insensatez, injusticia. Nuestros gobiernos han sido siempre partidarios de democracias pálidas y famélicas donde súbditos mal alimentados eligen y callan durante 4 años abusos y desmanes. Esa es una democracia incompleta, mutilada, silenciosa y asustadiza. Las protestas resultan un peligro, una amenaza, una incitación violenta… todo menos lo que son: una manifestación democrática real.
Que hay que manifestarse sin recurrir a la violencia es cierto. Lo paradójico es que las vías de hecho terminaron siendo en Colombia la única alternativa para que el gobierno vuelva sus ojos sobre la población que denuncia y pide ser escuchada.
Entonces vienen los bloqueos, los gritos, los enfrentamientos. Y en tiempos en que tanto se habla de paz, el gobierno envía a sus escuadrones de la muerte a garantizar el orden, a aplastar, a golpear, a demostrar el poder del Estado. Sucede de esta forma lo que pasa siempre que hombres con armamento y casi impenetrables armaduras se enfrentan con hombres si camisas, con pasamontañas y botas de caucho, armados con piedras y palos. En el Catatumbo murieron 4 campesinos, ¿tendremos acaso que sepultar más?
Claro, maravillosas y admirables resultan las protestas pacíficas, las que levantan la voz con fuerza y empuñan orgullosas banderas y pancartas, pero cuando el pacifismo habla de la paz de manera ambigua y abstracta hasta convertirse a sí mismo en pasividad para actuar frente al ataque, a la represión, ¿Qué queda? El mismo pueblo famélico que elige a quién luego da la orden de disparar en su contra.
Las demandas de los campesinos entran dentro del ámbito de la lógica, de eso que llaman “sentido común”, de esas cosas que se caen por su propio peso. Subsidios, revisión de los TLC y suspensión de las fumigaciones aéreas.
Los Tratados de Libre Comercio en los que tanto insistió el gobierno pasado, por los cuales nos puso rodilleras e indicó el sitio exacto de nuestra anatomía nacional por el cual debía ingresar el falo del progreso y que con rimbombante esplendor firmó el actual presidente finalizando de esta forma el proceso de penetración, han demostrado sus dolorosas consecuencias. No podrán ya los campesinos seguir sus ancestrales tradiciones y sembrar sus propias semillas. Deberán comprarlas a multinacionales gringas que controlan gran parte del mercado mundial de semillas “mejoradas”. Condenarán a prisión o a pagar multas a aquellos agricultores que desobedezcan la orden de claudicar sus tradiciones y nos condenarán a todos a consumir transgénicos y a enfermar lentamente para que, siguiendo la cadena de consumo, terminemos en garras de la industria farmacéutica y sus tiránicos tratamientos.
Las semillas certificadas que ahora obligan a plantar a campesinos de todo el país han sido modificadas genéticamente en laboratorios para potenciar algunas de sus cualidades. Esta mutación conlleva a hacer la semilla estéril, inservible para una próxima siembra. Ahora bien, ya que estas semillas transgénicas, plagadas de químicos y fertilizantes artificiales han sido también patentadas, resulta también delito guardar parte de la cosecha para una próxima siembra por considerarlo una violación a los Derechos de Autor.
Se apropiaron de lo que no tenía dueño, de lo que nadie les había escriturado, de la tierra y sus frutos, del trabajo de campesinos e indígenas, de la riqueza que nos pertenece -¿o que nos pertenecía?- a todos. Le dieron nombre a lo que no tenía nombre… privatizaron lo que la naturaleza nos había regalado y de paso, nuestro futuro.
El paro Nacional Agrario está vivo y tiene fuerza. El gobierno enfrenta los paros con disparos y represión, pero ni todo el ruido de sus armas le servirán para silenciarlo.
Nos queda luchar por la soberanía alimentaria, empoderarnos de nuestro futuro, de nuestra salud y nuestra tierra, exigir como consumidores semillas limpias, orgánicas, naturales y hacer frente a toda una maquinaria destructiva que quiere aplastarnos luego de exprimir hasta la última gota de nuestra vida. Y por supuesto, enfrentar también al Estado que nos entregó a la hecatombe.
@acastanedamunoz

  Share: