A Brasil en medio de la lluvia

Por: Gabriel Romero Campos.–

El árbitro brasileño Heber Lopes levantó los brazos en medio de la lluvia tenue que caía en el Metropolitano de Barranquilla y señalaba el final de la tormenta. Entonces, los jugadores de la Selección, titulares y suplentes, comenzaron a celebrar como niños, a zambullirse, tomaron a su carismático y respetable entrenador y lo elevaron por los aires, como si lo estuvieran llevando a las playas de Rio de Janeiro y al mismísimo Maracaná. Toda esta felicidad desbordada ocurría después de haber obtenido una clasificación larga y accidentada, como símbolo del proceso que tuvo que vivir Colombia, 16 años, para regresar a una Copa Mundo.

 

El libreto tenía previsto el juego para las 3 y 30 de la tarde, pero, contra los pronósticos del tiempo, que anunciaban una tarde sin lluvia, se desgajó un aguacero bíblico y el partido se detuvo. Los planes cambiaron, como revelaría horas más tarde Pékerman en la rueda de prensa. La tensión fue enorme y aquel edificio estratégico que Colombia había diseñado para enfrentar a Ecuador tuvo que ser modificado a última hora.

 

El juego fue difícil. Ya se sabía de las enormes dificultades que traería a Ecuador, pero la Colombia que vimos en varios pasajes estuvo distante, errática, sin la convicción de otros partidos. Era entendible. No todos los días se juega la clasificación a un mundial. Sin embargo, su propuesta era más ambiciosa que la de su rival y en medio de los desaciertos, alcanzó a generar situaciones de gol. Un solo jugador ecuatoriano, Montero, llevaba zozobra a la zaga colombiana. La lluvia no cesaba, y en medio de ella, aparecieron la expulsión justa del ecuatoriano Gabriel Achillier y el gol de James, en momentos en que los rivales parecían estar más cómodos. Un bálsamo para ocultar los malos momentos y para devolverle al equipo la confianza perdida.

 

Pero como habríamos de ver una clasificación larga y sufrida, un nuevo incidente se interpondría en el curso del partido. Una falla eléctrica en el estadio prolongó la espera y resultó una premonición de lo que le ocurriría a Colombia en la segunda parte, pues al equipo se le fueron yendo las luces hasta que se produjo el penal, que el ecuatoriano Ayoví desperdició. No pocas veces en eliminatorias, Ecuador ha tenido a Colombia contra las cuerdas y su falta de convicción a la hora de anotar la ha dejado con frustraciones. El viernes ocurrió lo mismo.

 

Colombia intentó reaccionar, generó peligro, pero un nuevo incidente prolongaría este juego extraño. Ospina recibió un rodillazo en la sien y alcanzó a perder el conocimiento. El cuarentón Faryd Mondragón ya se alistaba para entrar. Parecía que Ospina sería sustituido, pero de un momento a otro se levantó, volvió al fragor del juego y continuó.

 

Aguantó Colombia hasta el final. No se veía que tuviera un hombre de más. Ecuador se le echó encima. No podían los muchachos de Pékerman sostener la pelota y llevarla de un lado a otro para adormecer al rival y solo se esperaba que el reloj apurase sus pasos.

 

Un día antes del partido, Colombia recordaba el célebre 5-0 sobre Argentina en Buenos Aires frente a la mirada atónita de Maradona y de miles de argentinos, que aplaudían las cabriolas de Asprilla, la velocidad del Tren Valencia, la sabiduría de Valderrama, la solidez de Rincón y se lamentaba cómo un joven arquero llamado Óscar Córdoba le había puesto candado a su puerta, sin saber que años después habría de convertirse en ídolo del equipo más popular de ese país.

 

Y entonces, no hay forma de evitar las comparaciones. ¿Cuál equipo es mejor? Y uno diría que jugador por jugador, los de 20 años atrás son superiores, de una riqueza técnica enorme, de una picardía y genialidad sin límites. Ni ellos mismos eran conscientes de lo enorme de su potencial. Pero, también, uno diría que los de hoy tienen la cabeza mejor puesta, tienen más mundo, saben sortear mejor el éxito, las derrotas y las críticas y han aprendido a trabajar en equipo. Y, además, Pékerman no ha permitido que extraños entornos penetren a la Selección y distraigan a los jugadores de sus objetivos. La Colombia de antes, que tenía un equipo tan poderoso o más poderoso que el mismo Brasil, se fue eliminada en la primera vuelta del Mundial. Esta, la que va a Brasil, tiene con qué ser protagonista y llegar lejos.

 

No es una exageración que la Fifa la ubique entre las mejores tres selecciones del mundo, pero el camino será mucho más accidentado y difícil que los 16 años de espera, que las largas horas del viernes en el Metropolitano. La preparación al Mundial de Brasil ya comenzó. El martes, Uruguay examinará nuestro potencial. Por ahora, Colombia celebra y vuelve a las imágenes de James corriendo a celebrar, del rostro de Teo cuando la bola golpeó en el palo, del silencio sepulcral cuando Ayoví estaba frente a la pelota, de Pékerman yendo y viniendo en la pista atlética, de Ospina en el piso sin reaccionar, del pitazo final y de la lluvia. Sí, porque Brasil ha llegado con la lluvia.

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