Álvaro Mutis: una sentida despedida entre amigos

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Por: Juan Carlos Millán.–

Bogotá, 22 de Septiembre ­_RAM_.- Sin terminar de sobreponernos del todo del inmenso dolor que nos produce la partida del maestro Álvaro Mutis quisiéramos evocar como unas pocas semanas atrás la Biblioteca Nacional le rendía un sentido homenaje en sus 90 años de vida, a lo largo de una serie de eventos culturales y académicos que congregaron en torno a su vida y obra a algunas de las figuras más representativas del panorama literario nacional, quienes no dejaron de destacar la gran importancia de su legado, así como el profundo sentido de la amistad y generosidad que siempre motivó su trayectoria como hombre de letras.

Aunque hubiera sido su deseo estar presente en estas merecidas conmemoraciones, las actividades programadas y la gran acogida que tuvo entre sus lectores nos hicieron recordar las celebraciones que se hicieran con motivo de sus 70 años, con la reedición de la totalidad de una obra  poética que coincidía con el final de la saga de novelas que tuvo como protagonista de excepción a Maqroll el gaviero.

Como preámbulo de esos actos, la directora de la Biblioteca Nacional, Consuelo Gaitán, destacaba el profundo sentido de una poesía que a su juicio era una descripción emocionante y en extremo vívida de paisajes colombianos, en los que se veía reflejada toda la calidez de lo que Mutis mismo solía definir como ”la tierra caliente”, muestra de una trasegar por ese mundo mítico y onírico desprovista además de cualquier tipo de ingenuidad.

Homenaje en la biblioteca

”Mutis es un poeta que ha reflexionado sobre el sufrimiento y el sentido de la vida con una pericia poética que solo puedo definir como maravillosa”, destacaba Gaitán respecto a la obra del Premio Cervantes de Literatura 2001 pocos días antes de que se diera inicio a una celebración que fue una auténtica fiesta literaria y contó con la participación de figuras de primer orden, entre las que también destacó Santiago Mutis, quien recordó dos divertidas anécdota que solía relatar su padre.

”Mi padre solía recordar con frecuencia un episodio que ocurrió el cárcel de Lecumberri donde estuvo detenido y en la que había un muchacho, casi un niño, que caminaba con dificultad porque tenía los dedos de los píes encogidos; y ese niño que se llamaba Leoncio porque había nacido y crecido en el circo una vez se despertó y quedó así porque al lado se encontró con la cabeza del león del circo”, evocaba Santiago para luego rememorar una historia de su propia infancia.

”Como mis padres estaban separados yo a veces iba a la casa de mi padre en un pequeño apartamentito que tenía él en lo alto de un edificio, y un día me mandó a comprar pasta en un bar del primer piso en el que también se conseguían algunos abarrotes; al regreso le di las pastas y las vueltas y él tiró las monedas de una manera muy displicente sobre el escritorio por lo que le pregunté si no  las contaba. Y él me dijo: ¡Los veinte pesos que se robó el miserable de la caja yo los pago por no contarlos!”, destacó el hijo del poeta.

”Recuerdo el cuadro del rey de España que presidía su estudio, la infanta Catalina Micaela que lo miraba escribir; recuerdo su máquina Smith Corona en la cual escribía y se negó siempre a dejar por el computador; recuerdo esa sencillez maravillosa cuando me entregó el manuscrito de Tríptico de mar y tierra, y me dijo ‘léete esta vaina y haz con ella lo que te dé la gana”’, celebró durante la extensa charla celebrada en la Biblioteca Nacional, el escritor Fernando Quiroz, a lo largo de un inventario en el que los recuerdos e infidencias estuvieron a la orden del día.

”En algún momento en el que abrió un clóset en el que tenía muchos de sus libros, lo primero que veo son unas 15 camisas azules todas iguales, le pregunto por eso y él me responde: ‘No maestro, yo después de Lecumberri (prisión en la que estuvo confinado más de un año en México) aprendí que uno no gasta tiempo en la pendejada de escoger que se pone, y todos los días uso el mismo tipo de ropa”, recordaba el autor de ”El reino que estaba para mí”.

Un joven poeta de 90 años

‘Muchos poetas que escribieron después de él, me parece que son más antiguos”, afirmaba en esa misma oportunidad el escritor William Ospina tras destacar la gran vitalidad que siempre acompañó a Mutis a través de su vida y obra, producto de ese espíritu de inigualable alegría y cortesía para cualquiera que fuera su interlocutor.

Excepcionales cualidades que hacían de Mutis un autor capaz de proponer temas novedosos de manera constante, haciendo gala de una serie de recursos que terminaron enriqueciendo el acervo poético del país y que de acuerdo con Ospina constituyen un auténtico desafío para los jóvenes, en la medida que constituyen un tipo de literatura y de acercarse a nuestras raíces literarias con una enorme imaginación y sensibilidad.

El espíritu festivo y cordial de Mutis se vio también reflejado en una permanente preocupación por agradar a los cientos de escritores que visitaron su casa y tuvieron el honor de ser sus huéspedes, durante días que en México, Bogotá, Coello o donde quiera que estuviera el maestro solían convertirse en interminables jornadas de animada charla.

De hecho la amistad y la infancia, contaba el escritor al poeta Eduardo García Aguilar, resultaban dos experiencias tan esenciales que describía su propia niñez como ”a única manera de vencer el tiempo y vivir un mundo válido y noble”, además de recordar que de esa temprana y feliz etapa de la vida hiciera el escritor Marcel Proust, para quien “todo lo que nos importa realmente, lo que conocimos y vimos; lo que sucedió de fundamental dentro de nosotros, marcándonos para siempre, ocurrió dentro de los ocho y los doce años”.

”La amistad”, citaba Mutis, ”es esa prolongación de esa disponibilidad de la infancia que es la maravilla del niño, y mientras tengamos nosotros la posibilidad de establecer con otra persona esa disponibilidad y que esa persona reciba esa disponibilidad y nos dé la suya estamos conservando y protegiendo una parte de nuestra niñez, cuando éramos todavía inocentes, por supuesto no en el sentido de tontos”.

La voz

Amigo entrañable del maestro ha sido desde hace muchos años Álvaro Castaño Castillo, fundador y director  de la emisora a quien el Mutis regalara la voz que ha identificado a la HJCK durante más de cincuenta años: ”Te traigo un regalo para que me recuerdes todos los días de tu vida: ¡Emisora HJCK, el mundo en Bogotá. Una emisora para la inmensa minoría!”, le dijo estando los dos en los estudios de grabación con ese timbre inconfundible que lo llevó a hacer de la locución uno de los primeros oficios para ganarse la vida.

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