El otro 11 de septiembre

Por: Andrés Felipe Castañeda.–
“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos” Salvador Allende.

Eran cerca de las 9 de la mañana cuando el primer avión chocó contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York. Unos minutos más tarde, el segundo avión impactó la otra torre. La fecha del 11 de septiembre de 2001 quedaría grabada para siempre en la memoria colectiva del mundo. En el atentado, atribuido a Osama Bin Laden, murieron tres mil personas. Casi dos años más tarde, Estados Unidos, bajo la premisa de encontrar y destruir armas químicas, invadió Irak. Nunca encontraron las armas y a su paso, sembraron muerte y terror: el terror en nombre de la democracia, el terror en nombre de América.

Y ocurrió precisamente en esta fecha: 11 de septiembre. Como si el destino –ese invisible y pedante dictador- se hubiera propuesto burlarse de la historia, de los acontecimientos trágicos que el cono sur de América, donde vuelan los cóndores y no las águilas calvas, ha padecido desde hace siglos. Pero no es a ese 11 de septiembre al que quiero referirme. No. Quiero hacer especial mención del otro 11 de septiembre. Del nuestro. Del latinoamericano. Del chileno.  De cómo el fuego y la muerte aniquilaron la esperanza de un pueblo.

Salvador Allende ganó las elecciones del 4 de septiembre de 1970 con un 36,6% de los votos y fue proclamado presidente de la república. Su triunfo representó un hito en la historia: era el primer marxista que llegaba al poder por la vía electoral.

Sucede que Salvador Allende había arraigado en lo profundo de su alma una semilla que había crecido a la par con la del socialismo: la de la legalidad. Estuvo convencido hasta el último instante de su vida de que podía construir un profundo cambio social para Chile dentro del modelo de la estirada y acaudalada democracia burguesa.

Pero el problema no era que Allende hubiera ganado las elecciones de manera legal o que hubiera tomado el poder por la fuerza. El problema era que con su triunfo, Chile se convertía en el segundo país socialista de América Latina después de Cuba. Entonces el águila extendió sus alas y con sus rígidas garras se lanzó sobre su presa.

El golpe contra Allende comenzó a fraguarse antes de su victoria en las elecciones de 1970. Sucedió a finales de 1969, en Washington. Generales del Pentágono se reunieron con militares chilenos para idear un plan de acción en caso de que la Unidad Popular llegara al poder. La crudeza de sus mentes militares les permitió idear el golpe no como una estrategia política sino como un procedimiento bélico.

En la madrugada del 11 de septiembre de 1973 se inició la actividad golpista. Sólo 48 horas antes, la cúpula militar que apoyaba a Allende había sido depuesta. Escudados bajo la parafernalia de la Operación Unitas –que permitió el ingreso de material de guerra de Estados Unidos a Chile- el ejército de ese país y la CIA dieron rienda suelta al golpe de Estado más sanguinario de la historia de América Latina.

Atrincherado en el Palacio de la Moneda, rodeado de lúgubres muebles victorianos y con un casco de minero, Salvador Allende resistió los disparos y bombardeos hasta el final. Un par de horas antes se había dirigido al pueblo chileno en el que sería su último discurso. “¡Yo no voy a renunciar!”, había proclamado aquella mañana. Y no lo hizo. Tenía una metralleta en la mano, la única que había disparado en toda su vida. Allende murió luchando. La Junta Militar dijo que se había suicidado con su metralleta, que le había regalado Fidel Castro, quizás en un intento por hacerlo parecer un hombre cobarde que en un momento de desespero decidió halar el gatillo contra sí mismo.

Pero Allende murió en un intercambio de disparos. En su cadáver se encontraron trece impactos de bala y su mandíbula fue destruida con la culata de un fusil. De esta trágica y sanguinaria forma, iniciaba la dictadura fascista de Augusto Pinochet, una estela de represión, miedo, sangre y muerte que duraría 17 años. Cinco días después del golpe, el 16 de septiembre, el cantautor Víctor Jara fue brutalmente torturado y asesinado por la dictadura. A Víctor Jara le quemaron las manos y le cortaron la lengua antes de cegar su vida. El 23 de septiembre falleció Pablo Neruda.

Allende era un hombre de una gran tenacidad, un hombre de profundas convicciones que defendió hasta el final. Un hombre que se veía reflejado en las campesinas, en las abuelas y madres, en los profesionales, en los estudiantes, en los obreros, en los trabajadores y la clase media.

Era un hombre de gran ternura y coherencia que sentía amor y respeto por el pueblo, por ese que lo había elegido, por ese pueblo trabajador de la tierra y las fábricas. Por ese pueblo estuvo dispuesto a dar la vida. “Un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, no importa que no tenga ideología política. Es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo” declaró en alguna ocasión en la Universidad de Guadalajara, México.

La dictadura chilena–y de paso el necrófago gobierno de EEUU- le arrebató a un pueblo la esperanza, pero le dejó la voz, el hombre, el símbolo. No en vano, Allende se llamaba Salvador.

@acastanedamunoz

 

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