Lo que nos ha dejado el paro

Por: Andrés Felipe Castañeda. —

“Y ahora el pueblo está en la calle,
a cuidar y a defender,
esta patria que ganamos,
liberada debe ser”
Piero. Para el pueblo lo que es del pueblo (Fragmento)

Dudas, indiscutiblemente. Y un pesimismo generalizado. Un ambiente de inconformidad que cada vez es más evidente, como es evidente el oportunismo político del uribismo, que no ha salido muy bien librado. También que el gobierno subestimó el paro, que no contaba con que la ciudad lo apoyaría. Y por supuesto, ¿cómo no señalarlo? el oportunismo del gobierno, que lanzó sus garras sobre los actos violentos para blindarse y deslegitimarlo. ¿Vándalos? Claro: un grupo de gente con una considerable cantidad de sangre (¿o aire?) en la cabeza que escudándose cobardemente en la legítima manifestación social da rienda suelta a su instinto primate desdibujando todo límite de la sensatez convirtiéndose de esa manera, en idiotas útiles del gobierno. Sí, de ese mismo al que detestan, al que quieren cambiar. Muy bien, muchas gracias.
Y viene la criminalización. Lo de siempre: “Los terroristas de las Farc han infiltrado el paro campesino” dice el engominado Ministro de Defensa. “La paciencia se agota” dice el presidente y a mí eso, me suena a amenaza. Y en medio de todos los discursos redactados por sus asesores, las razones que convocaron a la gente a las calles y las carreteras se quedan atrás en la oratoria oficial.
A propósito de vandalismo, ¿Lo que hace el ESMAD, golpeando gente, arrojando piedras, disparando, lanzando granadas aturdidoras, rompiendo vidrios, llevando machetes, también es vandalismo o entra en el ámbito de eso que llaman “Violencia Legítima de Estado”? Cosas que se pregunta uno.
Pero en el fondo de todo este turbulento panorama hay algo profundamente destacable: lo que nació como un Paro Nacional Agrario, creció, se desarrolló y se fortaleció, mutando hasta convertirse en un Paro Popular. El campo y la ciudad se manifestaron. Los citadinos, siempre distantes, arrogantes, con aire constante de superioridad, escucharon el llamado de sus raíces y salieron a la calle a hacer sonar el metal y la madera. El cacerolazo que inició en Tunja repercutió en varias ciudades y pueblos.
Los más optimistas (entre los que por supuesto, no me cuento) han hablado de una Primavera Colombiana, de un nuevo país. No creo que podamos ir tan lejos. La conciencia del país está despertando, la gente ha comprendido, finalmente, que los políticos y los partidos no representan a nadie más que a sí mismos. La desconfianza se ha ido encaminando lentamente hacia el empoderamiento del actuar democrático. “Sólo el pueblo salvará al pueblo”.
Lo que realmente considero maravilloso es que el país ha reconocido que el cambio debe empezar por el campo y que la ciudad se debe a las manos laboriosas de campesinos que trabajan incansablemente para alimentar a un país entero.
Falta mucho para una Primavera Colombiana. Pero se están dando los primeros pasos hacia una nueva cultura, hacia una nueva ciudadanía que aprenda a mirar al campo a los ojos y al gobierno por encima del hombro.

Comentario 1: Desafortunada (por decir lo menos) columna la de María Isabel Rueda el pasado domingo en El Tiempo en la que califica el Paro Agrario como una “guachafita”. Antes de intentar responder “¿qué se estará preguntando María Isabel?” habría que preguntarle a ella en qué carajos estaba pensando. El Paro Agrario no es una guachafita, un poco más de respeto.
Comentario 2. Por más que se hayan utilizado armas químicas en Siria (como al parecer las hubo, lo que no se sabe es por parte de quién), Estado Unidos no tiene ningún derecho a intervenir militarmente ese país.
@acastanedamunoz

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