Perdones

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Recuerdo que hace unos años, que parecen ser más de los que en realidad son, en aquellos días de universidad que oscilaban entre las clases de Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho, Teoría del Derecho e Historia de las Ideas Políticas y las tertulias de la plazoleta principal de la Universidad La Gran Colombia que acompañábamos con guitarras acústicas y cigarrillos, consideraba que el perdón era impracticable. “Ni perdón ni olvido”, dilapidaba de vez en cuando, sentenciando lo intangible.

Sucede que en aquellos años creía que yo era un ser incapaz de perdonar. Quizás por historias pasadas de mi familia, quizás por un afán de condenar todo eso que no se puede cambiar y que va llenando la copa de resentimiento y odio. Luego, por razones que aún no acabo de entender y dicho sea de paso, quizás no llegue a comprender cabalmente nunca, cambié las clases de Derecho por los micrófonos, las cámaras y los recortes de prensa. Las tertulias de la plazoleta de arquitectura y todos esos días grises y rojos se volvieron un pasado remoto y lleno de luz que todavía me arrancan sonrisas al recordar.

“Ni perdón ni olvido”, repetía, decía, gritaba. Rabia. Lo abanderaba porque había cosas que me parecían -y a lo mejor me siguen pareciendo- imperdonables. Pero la pequeña frase no acababa ahí. No. La pequeña frase, corta, integrada sólo por palabras melancólicas tenía un elemento más que no había contemplado: no olvidar. Algo mucho más importante y trascendente que no perdonar. Estas dos palabras, antes tan complementarias, perfectas compañeras, se convirtieron en dispares y en contradictorias.

Es que el acto de no olvidar es mucho más importante que el de no perdonar. Es más grande, más poderoso.

El odio, el desprecio, la ofensa, el irrespeto, son los que nos han sumido en esta barbarie tan difícil de contar. No perdonar, entregarnos al resentimiento no nos sirve. Acentúa, por mucho, el rencor, el sufrimiento, la impotencia. Es una frase, no es mía (obviamente), la leí en alguna parte: “Perdonar es recordar sin rencor”. No la comprendía hasta hace poco.

El perdón constituye entonces un primer acto, un primer paso hacia la reconciliación que urge en el país. Esto no significa, por consiguiente, que se deba abrir la puerta al olvido para que la memoria se suicide. Perdonar no es olvidar. Me acusarán de facilista. Bueno, asumo la acusación. Es menos difícil ver la guerra desde la ciudad o leerla en los diarios que vivirla. Es más fácil también hablar de la guerra y enviar a la línea del frente a los hijos de campesinos y trabajadores. Es más fácil, en un país como este, construir unidad desde el odio y las heridas sin cerrar. Hay quienes insisten entonces en ahondar la herida, en desgarrar más las venas para ver cómo la sangre mancha la piel y la tierra. Y ellos, también son facilistas.

Hace unas semanas, pasó inadvertida la imagen del ex presidente Belisario Betancur pidiéndole perdón al país. Lo recordó Ricardo Silva Romero en una pasada columna en El Tiempo, y lo agradezco, porque no fue entonces mi imaginación, no fue un recuerdo caprichoso que pareció de la nada. “…Se presentaron situaciones inmanejables, o que manejé mal. Si las manejé mal, les pido perdón a mis compatriotas por haberlas manejado mal. Punto”. Declaró el ex mandatario. Yo le creí. No porque el simple acto de pedir perdón sea suficiente, sino porque él ya dio su paso. Ahora faltamos nosotros.

Tienen que pedir perdón las Farc, por supuesto. Admitir que han cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad. Aceptar que son victimarios también, porque las únicas víctimas son aquellas desprotegidas en medio del fuego y que han sido siempre invisibles. Tienen que pedir perdón, como primer acto de reconciliación, y mirar a la cara a las víctimas, asumir su responsabilidad, comprometerse a no repetir sus atrocidades, y a repararlas y a trabajar para construir la paz, que no es el simple silencio de los fusiles.

Tiene que pedir perdón el Estado, como perpetrador también de crímenes innumerables y como generador de violencia. Debe admitir que también tiene víctimas, pedir perdón por haber fallado y por haber levantado las armas contra su pueblo. Tiene que pedir perdón por haber acallado tantas voces que se ahogaron en los ríos y las lágrimas.

Tienen que pedir perdón los paramilitares por sus masacres innombrables de motosierras y hornos crematorios. Tienen que pedir perdón por asociarse con el Estado para matar, por perseguir, por descuartizar, por desaparecer, por torturar. Tienen que admitir que sus crímenes también laceraron la humanidad y quebrantaron un país.

Tienen que pedir perdón los partidos. Liberales y Conservadores deben pedirle perdón al país por toda la sangre que corrió en sus nombres y por haberle heredado a Colombia esta agonía de vivir remendando los dolorosos recuerdos de los muertos que no tuvieron un rostro jamás.

Debe también pedir perdón la Iglesia, por aquellos años en que los curas disparaban desde los campanarios y mataban en nombre de Dios y la Patria.

Y si Colombia quiere prosperar, si quiere que la guerra sea un doloroso y lejano recuerdo, debe perdonar. Debe perdonar todo ellos y perdonarse a sí misma, por haber parido tantas generaciones que crecieron y murieron odiándose. Hay que perdonar, sí, pero, como dijo Mario Benedetti, sin dejarnos “caer en la tentación de olvidar o vender este pasado o arrendar una sola hectárea de su olvido”,  porque finalmente, lo único imperdonable, sería precisamente eso: el olvido.

@acastanedamunoz

 

 

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