Conflicto I: La guerra cambia

Por: Andrés Castañeda.–

La semana pasada, el portal VerdadAbierta.com publicó un artículo basado en un informe de la FIP –Fundación Ideas para la Paz- según el cual las Farc han disminuido la intensidad de sus ataques. Según el informe, el grupo insurgente ha concentrado sus acciones en “detonar artefactos explosivos y en atentar contra infraestructura”.

Estas acciones de bajo impacto, que requieren un menor despliegue y esfuerzo militar, representan actualmente el 60% de las acciones armadas de las Farc. En contraparte, las operaciones de alto impacto, como las tomas  a poblaciones o ataques a guarniciones militares han disminuido tangencialmente. Según el informe, el grupo subversivo se ha alejado de las cabeceras municipales, las ciudades intermedias, las capitales de departamento y los centros político-administrativos del país para asentarse en zonas fronterizas o alejadas. Zonas marginales donde ha imperado el abandono y silencio del Estado desde siempre. Las víctimas son, por supuesto, esas poblaciones invisibles, esos hombres y mujeres sin rostro que viven en la Colombia que no tiene nombre.

Lo que traduce el informe es, en plata blanca, una realidad innegable y que paradójicamente no se ha contado: la guerra cambia. No es igual el conflicto de hoy al de los años 80, cuando la guerra entre los carteles de la droga ahogaba al país en llanto, sangre y bombas; o al de hace 50 años, cuando las guerrillas comenzaban a surgir.

Es la misma guerra, pero no de la misma forma. Son los mismos agentes con distintas caras. Están también, por supuesto, los rostros que dejaron de serlo porque perdieron la piel y la voz debajo de la tierra, y las víctimas, que hasta ahora aparecieron en el mapa del conflicto.

El hecho de que las Farc hayan regresado a la táctica de la guerra de guerrillas –desplegar acciones de bajo esfuerzo militar, atacar rápidamente y volver a retaguardia- demuestra que su poder ofensivo no es el mismo de antes. Todo lo demás es maquillaje. Las Farc no cumplieron su cometido de tomarse el poder por la vía armada. Por eso están sentados en una mesa de negociación.

Por su parte, el gobierno tampoco pudo derrotar militarmente a la guerrilla tras 50 años de insistir en el camino armamentista. Y como ya he dicho, todo lo demás es maquillaje.

Ambos tienen que verse ahora a la cara en una mesa de diálogo porque ninguno pudo imponer por las armas su voluntad al otro. “Si no puedes con tu enemigo, negocia con él”, esa es la razón de la negociación: que ninguna parte pudo triunfar sobre la otra. Y aunque lo entienden perfectamente, no puede ninguno de los dos mostrarse como el gran derrotado, lo cual explica el lenguaje de las Farc y del gobierno. Compiten por ver quién habla más duro, quién pronuncia discursos más contundentes… es, básicamente, una cuestión de honor.

Del otro lado, está el país que ha intentado crecer en medio del ruido de la muerte. Un país que se enfrenta a la dolorosa incertidumbre de ver que si bien la forma ha cambiado, el fondo permanece intacto. Persisten los mismos problemas sociales en Colombia que hace 50 años: concentración de la tierra y los medios de producción, inequidad, una inmensa brecha entre la Colombia urbana y la rural. Y como las pequeñas erupciones de barro tibio en las tierras cercanas a los volcanes, la indignación por esas realidades ha surgido tímidamente, de forma aislada, como una voz que estalla y se asusta con el eco de su grito. Las Farc, que encuentran una similitud innegable entre las demandas de campesinos, estudiantes, trabajadores e indígenas y las banderas que enarbolaron ellos al iniciar su lucha armada, intentar sacar provecho de la situación. Pero se equivocan las Farc si creen que pueden usufructuar las manifestaciones de descontento social. Se equivocan si creen que esas voces que se han levantado legítimamente lo han hecho para apoyarlos. Es que, como he insistido ya, si bien el fondo es el mismo, las formas son muy distintas. En otras palabras, hay una Colombia que tiene demandas propias y que quiere hacer la tarea que las Farc se endilgaron, pero sin usar las armas

Quizás las Farc al concentrar sus acciones armadas en operaciones de bajo esfuerzo militar intentan decirle al gobierno y al país entero que aún existen, que persisten en su lucha aunque estén sentados en una mesa de negociación; intentan desesperadamente demostrar que no están vencidas aún cuando saben que será imposible derrotar al gobierno militarmente. Eso por una parte. Y por la otra, lo que buscan también al encausar sus fuerzas en atentar contra la infraestructura –carreteras, puentes, oleoductos- es que estas acciones armadas sean consideradas conexas al delito político.

La guerra cambia. Esto explica también porqué buscan legitimidad al interior de la movilización social. Pero no la tienen nada fácil.

@acastanedamunoz   

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