Maíz

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Por estos días en que rememoramos el descubrimiento de América y que celebramos aquello que deberíamos conmemorar -bien por respeto a los antiguos habitantes de estas tierras, bien por un poco de memoria y dignidad histórica- porque se celebran los hechos felices y se conmemoran los tristes y a todas luces, el descubrimiento estuvo plagado de más acontecimientos tristes y lúgubres que felices. Pero en todo caso, lo celebramos porque por nuestra sangre latina, al parecer, corre una impetuosa necesidad de celebrar, de brincar, aplaudir y bailar.

A esta triste celebración han dado en llamarla el Día de la Raza. Con desparpajo y orgullo se repite la frase y se dictamina el pasado con rimbombante lenguaje en acto de agradecimiento a los españoles por llegar a esta tierra salvaje, porque nos hicieron creer desde pequeños que nos habían salvado. Aún hoy, quieren que veamos a los colonizadores como semidioses, como hombres de alma pura y tez blanca que vinieron sobre montañas flotantes a traernos la religión verdadera, a hablarnos de Dios del amor, a mostrarnos su evangelio y a quemar nuestra verdad en sus hogueras.

Debió sorprender la América de entonces al hampa española –que era la que en su mayoría integraba las tripulaciones de la Pinta, la Niña y la Santa María- y debieron sonar sus carcajadas de felicidad por encontrar tanta riqueza ignorada. Debieron maravillarse con las praderas verdes, el cielo azul, los manantiales cristalinos y los dioses tallados en oro, amarillo, precioso, brillando imponente con la luz del sol. Y debieron ellos parecer dioses para los habitantes de aquella América remota: caminando sobre el agua, con ropajes inimaginables y hablando lenguas extrañas.

Todo lo que vino después fue explotación y muerte. ¡Cuánto dolor habían traído consigo los hombres que venían sobre el agua! Dieron rienda suelta a su ambición y trajeron sus enfermedades y depravaciones. Así, aprovechando su condición y la superioridad que los aborígenes les dieron, impusieron en esta tierra su religión, su Dios crucificado, sus rituales extraños.

Le dijeron a nuestros indígenas que el hombre era de barro y ellos, que eran hombres y mujeres de maíz, no cabían en esa creación, no tenían espacio en el paraíso que prometía el evangelio. Con la cruz llegó también la hoja de la espada que no tenía piedad alguna. Rodaron muchas cabezas y los prados verdes y los ríos azules fueron rojos por primera vez. Aún hoy cargamos esa condena.

Los habitantes de esa América, que eran dueños y señores de esta tierra, practicaban rituales que a los españoles, hijos de Dios y la Virgen María les parecieron monstruosos, imperdonables. No les parecían escandalosas a sus católicos ojos las ejecuciones de la Santa Inquisición porque tenía la bendición de Su Santidad. Por eso, se tomaron el derecho de evangelizar a ese pueblo.

Aquellos dioses, analogías encantadoras de serpientes, águilas, tigres y hombres con dientes de oro y esmeraldas fueron convertidos en demonios, en aliados de Satanás, como habían hecho ya en el pasado con Ishtar, diosa babilónica de la fecundidad, el amor y la guerra al convertirla en Ashtaroth.

Obligaron a nuestros indígenas a matar sus dioses, ha cambiarles el nombre y a adorar a las nuevas deidades que traían consigo los hombres de piel blanca como la harina. Coatlicue y Bachué se convirtieron entonces en la Virgen María y a Bochica lo hicieron llamar Dios. La metamorfosis de los dioses estaba entonces cumplida. Todo ese doloroso pasado nos recuerda que América no fue descubierta, que fue violada y ultrajada. A los nativos americanos no les hacía falta que los descubrieran porque no estaban perdidos. No, ellos tenían un lugar sobre la tierra, tenían su propio paraíso.

Pero no todo resulta tan mórbido, tan oscuro y doloroso. Ya lo dijo Neruda: Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.” Después de tanta desolación nos quedó esto: la lengua, las palabras hermosísimas que utilizamos para vivir, para hablar, ese mismo idioma que uso para escribir y que es el único que conozco. Se llevaron todo lo que quisieron llevarse, arrasaron la tierra con su cruz y sus espadas, pero nos quedó este idioma maravilloso que hemos también construido de la mano con nuestra identidad, con nuestra historia.

Nos quedó el idioma para contar la historia triste, para venerar la tierra que da vida y para seguir hablando y recordando hasta el fin de los tiempos, porque esa es la única manera de hacer justicia que nos queda: con la sentencia irrefutable de la palabra.

@acastanedamunoz  

 

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