Polvo

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

¿Cuánto vale la vida? ¿Cuánto vale una vida? ¿Cuánto vale la existencia de una persona y todo lo que a ella va ligado? Su familia, sus amigos, su trabajo, sus aspiraciones, sus sueños. ¿Cuánto vale un sueño? Desde que somos pequeños, creo que es el caso de la mayoría de nosotros, nos dijeron que todo ello es invaluable, que no podemos ponerle precio a la vida, ni a la honra, ni a las personas. Nos enseñaron que la vida es sagrada y que nadie debería violar lo sagrado de una existencia, de una respiración, de un corazón que late, de una mente que piensa. Nos enseñaron que nadie le debe quitar la vida a nadie. Esa facultad –dicen- se la dejamos a Dios. O a la vida. A la muerte. Pero parece que lo hemos olvidado.

Nos convertimos en mensajeros de la muerte. Y la muerte anda por ahí, campante, excitada con este festín de maldad e incoherencia. El sicario reza el Santo Rosario antes de disparar.

Quisiera no ocuparme de nuevo sobre este asunto triste y melancólico. No sé en qué momento tener consciencia del acto de estar vivos se convirtió en algo tan pesado, tan superfluo, algo que produce un grado tan alto de estupefacción al  ver cómo la muerte se lleva a tantos por el camino y los absurdos métodos que usa para conducir las cortas existencias hacia la eternidad metafísica.

La muerte ríe y nosotros nos quedamos llorando.

El sábado pasado, Javier Molina, que trabajaba con la Secretaría de Integración Social de Bogotá en el Bronx –la otrora calle del Cartucho- fue asesinado. Javier había pasado ya por la tenebrosa calle del Cartucho consumido por las drogas y la depresión. Tras recibir tres balazos de uno de los jíbaros de la zona y de ser rescatado por dos funcionarios de la Secretaría de Integración, Javier se rehabilitó por completo y convencido de repercutir su historia en otros hombres y mujeres, comenzó a trabajar con esa entidad. Desde aquellos oscuros días han pasado 13 años. Javier, junto con otros funcionarios de la Secretaría, trabajaba incansablemente para devolverles su historia a tantos habitantes de la calle de mirada vacía que levitan por las aceras y que han perdido hasta el nombre.

A Javier le decían “El sobreviviente”. Y es que se necesita mucho valor para resucitar después de estar enterrado en la propia carne, ya pegada a los huesos y negra por la mugre y el olvido.

El hombre murió en su casa, tras haber recibido varias amenazas. Sucede que esos muertos que deambulan en las tumbas de sus cuerpos inermes son el principal sustento de una oscura y poderosa mafia que opera en las esquinas, en los barrios, debajo de la fachada de vidas perfectas en una ciudad sorda, ciega y cada vez más egoísta. Cualquier asomo de oportunidad para estas personas que han caído en profunda desgracia es una amenaza para esta pedante y matona mafia acomodada desde hace mucho en las ciudades. Si los consumidores se rehabilitan, el negocio se acaba. Un negocio perverso, pero redondo. Los jíbaros que se han hecho con el control del Bronx, venden no sólo droga, sino que alquilan las armas para que los consumidores, desprovistos de voluntad y empujados por el síndrome de abstinencia, cometan delitos y consigan el dinero para comprar narcóticos. Les venden también comida y les alquilan sitios para consumir. Es, literalmente, un círculo vicioso.

Pero el Estado sigue persiguiendo y atacando a los eslabones más débiles de la cadena: consumidores y quienes siembran –en su mayoría, campesinos amenazados por alguno de los agentes del conflicto-. Y la producción, el verdadero negocio, la gran maquinaria, sigue operando rampante. La orden, por supuesto nieve del norte. No del club el Nogal o el Cantón. La orden viene de Washington. Ese es nuestro grado de independencia. Y de culpabilidad.

Javier es, en el fondo, otro muerto más de una política anti-drogas impuesta por un país de consumidores que busca culpables siempre. Un país que cree que el problema es que Colombia sea productor y no que los gringos inhalen impetuosamente el apetecido polvillo blanco.
Cometario: El próximo domingo 6 de octubre se cumple un año de la muerte de Andrea Marcela García Buitrago. El primero de octubre de 2012 la niña de 12 años salió de su casa en el Barrio el Milagro de Tunja para hacer una llamada telefónica. Nunca regresó. Cinco días después su cuerpo fue encontrado con signos de violencia. Un año ha pasado, 365 días de este atroz crimen y ni la Policía, ni la Fiscalía han arrojado resultados en la investigación. ¿Recuerdan cuántos días le tomó a la policía arrestar a los responsables de la muerte del agente de la DEA, James Terry Watson? ¿Cuál es la diferencia?

@acastanedamunoz

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