Conflicto, III El derecho a soñar

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

La esperanza es lo último que se pierde, reza el dicho popular. Y es cierto. La capacidad de creer pese a la adversidad, esa de la que habla el refrán, ha encontrado siempre un lugar. Aún debajo de la suciedad en la cara y las tristezas en el cuerpo, Colombia sonríe. Es como un acto de fe, como aceptar que hemos perdido casi todo, pero nos queda precisamente eso: la esperanza.

A estas alturas, es más difícil defender el proceso de paz que atacarlo. A los que cometemos la terrible insensatez, la imprudencia casi imperdonable de apoyarlo solo nos resta aferrarnos a la esperanza, como lo hacen los niños asustados que con firmeza abrazan una cobija como último recurso para salvaguardarse del Coco y la Patasola que emergerán en cualquier momento de debajo de la cama.

La guerra nos ha quitado todo,  ha reducido todo cuanto deberíamos ser a la más mínima expresión. Nos queda solo un pequeño lugar. Me atreveré a usufructuar una frase de la película V de Venganza, inspirada en el comic del mismo nombre escrito por Allan More e ilustrado por David Lloyd: “Nuestra integridad se vende por tan poco, pero es todo lo que tenemos. Es nuestro único centímetro… pero dentro de ese centímetro, somos libres.”

En ese centímetro, en el único que nos queda, en ese pequeño espacio que no se nos ha robado, en ese lugar que ni las bombas ni las motosierras ni las órdenes de marchar a discreción han podido matar aún cabe la esperanza y podemos ejercer aquello que todavía no nos ha podido arrebatar la tragedia: el derecho a soñar.

Poco importa que el terreno que la hecatombe haya ganado sea tan grande y que se haya escriturado esta tierra a la violencia y la desventura; tenemos todavía el derecho sagrado a desobedecer a la guerra, a creer en un país que no grite más de dolor, que le enseñe a sus hijos a vivir y no a matarse unos a otros, tenemos derecho a soñar con que ese deseo de “echar pa’ lante” -que resulta impensable sin la contracción gramatical- sea más que una manifestación de conformismo o una simple ilusión.

Yo no quiero que mis hijos –en el hipotético caso de que los tenga- digan que les tocó que vivir en un país con 80 años de guerra. No quiero que hereden esa pesada carga, esa tácita maldición, ese rastro hirsuto y triste de décadas de odio y animadversión Yo, y me disculpo por hablar en primera persona, quiero un país diferente… quiero una Colombia que no sea para la muerte.

Si llevamos 50 años viviendo este flagelo, anhelando una victoria bélica que demuestre la supremacía del poder establecido y ello ha conllevado al agónico padecimiento de una guerra sin sentido, si defender y promover el enfrentamiento armado nos ha empujado a llorar tantas veces y este no ha terminado, si durante cinco décadas nos han obligado a creer que la guerra es la respuesta y en el camino hemos tenido que cortejar tantos ataúdes, tenemos todo el derecho a soñar con la paz, como contraposición a esa trágica herencia, aunque ella parezca inalcanzable, intangible, imposible, como una utopía.

Ya que esta ocasión “única y feliz” nos recuerda que se acerca la hora de saber quiénes somos y que con certeza germinarán en esta tierra nuevas generaciones que no nos perdonarán que le demos la espalda a la esperanza, ya que nos queda un solo centímetro, ejerzamos dentro de él sin temor nuestro derecho a soñar. Solo nos resta eso porque en ese centímetro, pequeño y absoluto, somos verdaderamente libres.

@acastanedamunoz

 

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