Feminicidio

Por: Andrés Felipe Castañeda.—

No habíamos terminado de asimilar la noticia de una denuncia de violación en el parqueadero del restaurante Andrés Carne de Res en Chía, Cundinamarca, cuando la realidad nos golpeó de nuevo la cara: una mujer, esta vez en el sur de Bogotá, fue abandonada en un caño después de ser violada. Recibió 18 puñaladas. O 23, no sé. El simple hecho de que alguien la haya tocado contra su voluntad ya resulta indignante. Como pudo, la joven llamó a la línea de emergencia y lograron rescatarla. Afortunadamente. Esta semana será dada de alta.

La semana pasada dejó un mal sabor. Estamos frente a una verdad que ha sido negada por demasiado tiempo y que ya no soporta más la indiferencia. La cadena de violencia contra las mujeres –que en muchos casos termina en la muerte- es interminable: son perseguidas, maltratadas, violadas y asesinadas. En Colombia, donde se mata a todo el mundo por cualquier cosa, matan a las mujeres por ser mujeres. En promedio, se presentan 4 casos diarios.

Es como si ser mujer fuera una maldición. Una maldición que empieza desde antes de nacer: padres engreídos, llenos de testosterona y orgullo masculino esperan el “varoncito”, el que perpetúe el apellido, el que se criará en el arte de la dominación femenina, el varoncito al que le guste el fútbol y las cosas de machos, el futuro hombre de la casa, el que un día esperará ansioso que nazca su primer varón. Así, por los siglos de los siglos.

Las mujeres nacen entonces en medio de la resignación, y nacen para atender hombres de la casa. Desde pequeñas les dicen que son inferiores, las educan para ser sumisas y machistas, para esperar siempre la protección de un hombre. A los niños les regalan balones y carros, a las niñas les regalan ollas de juguete y bebés de trapo para que desde sus primeros años de vida aprendan a ser mamás, a ser “mujeres de bien” que un día encuentren un hombre con quien casarse y darle un hijo varón. Así, por los siglos de los siglos.

Desde allí, desde la más temprana infancia, comienzan las mujeres a ser maltratadas, ha padecer esa violencia silenciosa, aceptada tácitamente generación tras generación y que se convirtió en parte de la idiosincrasia. Mujeres para cocinar y tener hijos, sin derecho a protestar. A veces sin derecho a hablar. Desde tiempos inmemorables les hicieron perder hasta la voluntad: las esclavizaron al atribuirles el papel de “dadoras de vida” y les hicieron llevar en el vientre la pesada carga de perpetuar la especie.

Por eso la reivindicación de género asusta tanto a esta sociedad de machos cabríos. Se asuntan al pensar que la mujer, empoderada de su rol, pueda decidir sobre su vida, sobre su futuro, sobre si quiere tener hijos o no, sobre su cuerpo. Les asusta que una mujer decida a quién amar.

Les asusta porque aún quieren decidir por ellas, quieren decidir sobre sus cuerpos, sobre sus almas, quieren echarlas a arder eternamente en el infierno si deciden no ser “buenas mujeres” y salir del molde, de la celda, de la cocina, del cuarto de costura y enfrentar el mundo.

Nos quedamos la semana pasada empezando el camino por recorrer. Andrés Jaramillo, el misógino, el sofisticado, hizo su papel a la perfección: a través de su boca hablaron millones de hombres que ven en el cuerpo femenino un pedazo de carne del que pueden disponer libremente. Esa es la sociedad que nos tocó. Muchos dijeron que el hecho se sobredimensionó por el lugar donde ocurrió. Puede ser. Sin embargo no nos podemos quedar ahí, sería irresponsable. Es cierto, cada año miles de mujeres son víctimas de todo tipo de violencia en el país. Tengan razón o no, este caso debe servir entonces para poner los ojos sobre esta realidad, sobre todo ahora que se está negociando el fin del conflicto armado y que será necesario poner punto final también a la violencia cotidiana.

Resta solamente reiterar que la violenta sociedad machista no puede justificar los ataques contra la integridad de las mujeres, que una violación nunca es culpa de la víctima y que solamente una mujer puede, de manera libre y soberana, decidir quién toca su cuerpo y quién no.

NOTA: 1. Comienzo por aclarar que no sé mucho de fútbol. Millonarios y Santa Fe clasificaron a cuadrangulares finales y ambos están en grupos distintos. Sería una magnífica oportunidad (y un buen regalo de Navidad anticipado) para ver una final del fútbol colombiano entre dos equipos bogotanos, como hace décadas no sucede.
2. Por estos días –y lamento no recordar la fecha exacta- cumplo dos años de escribir en Libretadeapuntes.com. Quiero desde este mismo espacio dar gracias a todas las personas que se han tomado el tiempo de leer lo que he escrito y a los amigos que han llegado a mi vida a causa de ello. También quiero mencionar muy especialmente a Ricardo Galán por abrirme un espacio en su página, con él siempre estaré agradecido.
@acastanedamunoz

 

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