Blanco

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

“Blanco es, Colombia lo pone y gringo lo come” decía Jaime Garzón hablando de los “polvitos mágicos” que –dicho sea de paso- deberían legalizar para acabarle el negocio a los narcos y el doble discurso a los gringos que se los huelen mientras mandan perseguir a los que los producen. Blancos son los conejos que le hacen a las normas del país en todas las esferas para hacer valer el CVY (¿Cómo voy yo?) tristemente arraigado en nuestra idiosincrasia. Blancos son los ataúdes de los niños que tenemos que enterrar todos los días a causa de esta guerra patética que arrebata víctimas indiscriminadamente. Blancas veríamos las nubes de las ciudades de no ser por la contaminación producida por todas las actividades humanadas. Blanca es el azúcar que produce Riopaila en el Vichada en tierras que usurpó a campesinos. Blanco es el candidato sin propuestas y sin rostro que supera en intención de voto a candidatos con rostro –aunque descarados- y mentirosos. Blancos son los muros del hospital psiquiátrico donde deberían vivir algunos ex presidentes. O todos. Blanca es la bandera de la paz, esa paz que queremos construir mientras nos despedazamos, mientras nos matamos los unos a los otros por un piropo, por pedir fuego para encender un cigarrillo, por pedirle a un vecino que le baje el volumen a la música, por no pagar una cuenta, por querer pagarla con un billete falso, por ser mujer, por ser niño, por ser de otro equipo de fútbol, por ser homosexual, por ser de una región distinta, por ser pobre…

El blanco no es un color propiamente dicho, sino la combinación de todos. Eso debería enseñarnos algo.

Pero el país está demasiado ocupado para ello. El país está poniéndose colores y señalándose. Que no se pierda la bonita costumbre de matarnos por un color: conservadores y liberales comenzaron esa tradición que hoy se replica en todos los aspectos. Colombia está muy ocupada haciendo que todo funcione mal, porque si las cosas funcionaran bien, Colombia no sería Colombia y no se podría entonces decir que somos “echaos’ pa’ pante”, o que “los colombianos somos muy vivos”. El país necesita construir identidad en medio de la tristeza porque le gusta la idea de que Colombia es un país a pesar de sí mismo.

Y hace bien su tarea Colombia porque ha logrado que (casi) todo funcione mal: funciona mal la mejor aerolínea del país, funciona mal el diseño de las ciudades, funcionan mal las estadísticas que insisten en que el país va por “buen camino”, funcionaron también mal cuando tanto vociferaban que la salvación era la “seguridad democrática”, funcionan mal los sistemas de transporte, funciona mal la justicia y el sistema penitenciario que contempla inamovible cómo el hacinamiento devora y mata de enfermedades a los presos del país, funciona mal el sistema educativo (según los resultados del PISA, los adolescentes son brutos pero felices), funciona mal el cerebro del conductor que altera el taxímetro para sacar provecho de sus pasajeros argumentando que “el mundo es de los vivos”, funcionan mal los acueductos y alcantarillados –donde ya llegaron-, y de hecho, funciona mal un país rico en fuentes hídricas que no ha logrado garantizar el acceso a agua potable a toda la población, funciona mal eternamente el gobierno en casi todos los aspectos posibles.  Funciona mal también una sociedad que cree que es normal que se invierta más en guerra que en educación, funciona mal una sociedad que cree que si violan a una mujer es porque estaba en minifalda o que si matan a alguien es porque “algo estaba haciendo” o porque “a alguien le debía”. Funciona mal un partido que escoge a Horacio Serpa como cabeza de lista al Senado y aún peor el que escoge a Roberto Gerlein. Funciona mal el electorado que va a votar por ellos. Funciona mal un electorado que escoge a un hombre como Marco Fidel Ramírez para que sea Concejal y sesione con las manos puestas en la Biblia, funciona pésimamente una sociedad que cree que un personaje de ese talante inquisidor y medieval puede ser alcalde de Bogotá.

Pero que no pase nada que nos empuje a seguir funcionando mal. El blanco, que es el color que parece estar representando la indignación y el cansancio de escuchar promesas de seguridad y prosperidad, es también el color que representa la paz y espero que de alguna manera, ambas cosas –los deseos de un verdadero cambio y la paz- estén relacionadas. Ojalá que esta vez el blanco no decepcione a nadie como decepcionó el verde hace cuatro años a muchos y ojalá que la indignación sirva, no para votar en blanco, porque puede resultar peor el remedio que la enfermedad, sino para elegir un futuro blanco, un futuro en paz.

NOTA: 1. Hace 20 años mataron a Pablo Escobar en Medellín y aún hoy su legado, su herencia maldita persiste. No se acabó con su muerte, como muchos creían, el narcotráfico y la guerra de sicarios. Sin embargo muchos creen aún que, asesinando hasta al último guerrillero de las Farc los problemas del país se van a resolver de buenas a primeras. Nada se ha aprendido.
2. Como todos los pronósticos –o deseos- que hago sobre fútbol, los últimos me salieron al revés: clasificó Portugal y ni Millonarios ni Santa Fe van a jugar la final del fútbol colombiano. Me tocará augurar mala suerte a la Selección Colombia en el Mundial del próximo año a ver si por lo menos pasan de primera ronda.

@acastanedamunoz

 

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