Diomedes Díaz, El Inmortal

Por: Ricardo Rondón Ch..- (*)

Bogotá, 25 de Diciembre ­_RAM_ Hoy, los habitantes de Valledupar y municipios vecinos de la aldea cesarense, como en días de festival, amanecieron perplejos, pasmados, pero no por las arremetidas que en la sangre producen el ron y la euforia, sino por ese letargo estancado ante la luctuosa noticia de la muerte inesperada de quien se consolidó como el artista más popular y exitoso de este género, el más vendedor (más de 20 millones de copias y otra cifra similar en cálculos aproximados en  formato pirata), pero de igual manera el más polémico y controvertido, protagonista de sendos escándalos que llenaron a granel las páginas de los tabloides a lo largo y ancho del país, con fortuitos resultados de circulación y venta. En el desaparecido diario El Espacio, verbigracia, una noticia del Cacique de la Junta, cualquiera que fuera, levantaba polvareda y agotaba la edición.

Reunida en los alrededores de la Clínica César, la fanaticada fue creciendo desde el instante en que se dio a conocer la noticia, el domingo (22 de diciembre, 2013) en horas de la tarde, del deceso del cantante: “la muerte lo cogió durmiendo”, dijo su hermano Elver Díaz. “Se me hizo extraño que durmiera más de la cuenta y que no se moviera”, recalcó Consuelo Martínez, esposa del ídolo. Había estado de farra la noche anterior con su amigo y manager José Zequeda.

El parte médico fue un paro cardiorespiratorio, a sus 56 años (37 de ellos dedicados a la música), después de tantas batallas libradas con la parca, sus mentados excesos, una traumática enfermedad, la del Guillain-Barré, que logró superar, varias operaciones, una de corazón abierto; varios accidentes, el último, el 30 de octubre del año anterior, que por la dimensión del percance, pudo haberle costado la vida; sin descontar el quite oportuno que le hizo a la esquelética, el del vuelo fatídico donde murieron, su compañero del alma, el acordeonero Juancho Roís y dos músicos de su agrupación, aquel 21 de noviembre de 1994. 

Así le escamoteó Diomedes en muchas ocasiones la guadaña a ‘La pelona’ y salió avante para continuar el curso de su vida. ‘La vida del artista’, como bautizó su última producción musical, que había lanzado en Valledupar hacía apenas tres días, un álbum reivindicativo con el vallenato purista de sus mejores épocas, que recoge remembranzas de su tío materno, el compositor y acordeonero Martín Maestre, quien le dio las primeras luces para enrutarse por los senderos de la música, una carrera imparable y al mismo tiempo estridente por su personalidad singular, de amores y odios, de señalamientos y aceptaciones, pero al fin y al cabo, de la admiración unánime del país vallenato, en todos sus puntos cardinales, que lo siguió durante años como su más firme, fecundo y talentoso exponente.

Diomedes Dionisio Díaz Maestre, como quedó impreso en el folio bautismal, no necesitó escribir sus memorias ni explicar su legado, porque de esa impronta se encargó él mismo en el día a día, desde los albores de su adolescencia cuando ayudaba a su padre en la faenas de labranza en la finca El Carrizal (corregimiento de La Junta, San Juan del Cesar, Guajira), en las penurias y limitaciones económicas, en las bregas que sobrellevó para darse a conocer en el competitivo territorio de la música, y años más tarde, en la fama a manos llenas, ese delirio del reconocimiento que a algunos figurones del arte musical, Héctor Lavoe, por ejemplo, y al mismo Diomedes, pasa cuentas de cobro estrambóticas, incluso con la misma vida.

Han corrido ríos de tinta alrededor del juglar guajiro, su legendaria existencia ha inspirado folletines y mamotretos, series de televisión, parodias histriónicas alrededor de sus canciones, gruesos anaqueles de juzgado, una racha de incumplimientos a sus compromisos artísticos (toda vez que se ganó el remoquete de ‘No vienes Díaz), una crónica de largo aliento, ‘La eterna parranda’, rubricada por la pluma de Alberto Salcedo Ramos, una próxima serie de televisión (que prepara Fernando Gaitán para RCN), pero por encima de todo, de lo divino y humano, de lo bueno y lo malo, el legado de un provinciano que vivió para la música y que amó el oficio hasta sus últimos días: la víspera de su muerte había cantado en Barranquilla, sentado, porque ya sus trajinados huesos no lo resistían, esa fue su última aparición en público.

Un artista de una vida ‘a solaz’, vertiginosa y trepidante, como un ciclón de ida y vuelta, dejando en cada estación el rumor de sus cuitas, de sus gratas y memoriosas experiencias, pero también las contrarias, las del infortunio y el desasosiego, que un compositor de su talla supo sazonar con la virtud de su verbo y la purificación de sus lágrimas. Letras con las que agradeció la crianza del padre y el amor inconmensurable por el hijo amado (Rafael Santos), de sus más de 40 retoños (28 de ellos reconocidos), que dicen, dejó su alborotada simiente; Martín Elías, Dionisio, y ese Ángel, el más frágil de la parvada, que sobrevivió con la donación de un riñón de su madre, la buena de Yolanda Rincón.

El Cacique enamorado y conquistador que dejó huella en todos los rincones de la patria, el que engalanó en partituras la belleza y el candor de nuestras mujeres, desde las reinas y las coronadas, hasta las más silvestres y anónimas, las madres de sus hijos, o aquellas en la clandestinidad, que más que buscar un padre de nómina, sólo anhelaban tener un hijo de Diomedes, por simple y llana admiración, ¡ah! y porque coincidían en su vigor de amante sin rival, campeón entre sábanas.

Espantapájaros en las fincas del Caribe, es decir, alquilado con disfraz para ahuyentar a los avechuchos depredadores de las cementeras; mensajero de Radio Guatapurí, mesero en las parrandas de casetas que se armaban en festivales, en el Cesar, en la Guajira, picaflor mundano y el más certero poeta de la popularidad, una suerte de Arcipestre de Hita de la gran masa, Díaz Maestre sintió el aliento de las castas y el calor de las impuras, se regodeó de placeres, de los más sutiles a los que deterioran y consumen la razón y el alma; fue único e irrepetible en los derroteros del amor y la pasión desenfrenada, amo y fue amado; sintió el frío de los barrotes y sufrió el escarnio público, toreó la enfermedad, venció la adversidad y, al final, en las horas postreras y a manera de epílogo, hasta la misma muerte fue condescendiente con él, al punto de desajustar el encabronado mecanismo de su corazón, mientras dormía. ¡Vaya! una muerte plácida y envidiable en el sueño sin retorno que, en su caso, es la puerta grande de la inmortalidad. 

De hecho, Diomedes no dormía. Duraba hasta tres días sin pegar ojo. Tenían que suministrarle una medicina especial importada de Estados Unidos para que conciliara el sueño. Esos estados alterados de la psiquis fueron frecuentes y en los últimos días se incentivaron al máximo. 

Más allá de la muerte, de los confines del universo y de lo etéreo e imposible de imaginar, la cicatriz que Diomedes siempre llevó en el alma, quizás jamás cicatrice.

Que la Virgen del Carmen, a quien él tanto sublimó en sus melodías, se apiade de él, lo perdone y lo abrigue en su regazo.

(*) La Pluma & La Herida

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