Fútbol sangriento e Inzá

Por: Eduardo Mackenzie.–

El cinismo de las Farc es sólo comparable a la desfachatez de Juan Manuel Santos.  Tras la nueva matanza de Inzá (Cauca), en la que la entidad narco terrorista hizo estallar un carro-bomba en pleno día de mercado matando a nueve personas (cinco militares, un policía y tres civiles), y dejando heridos a otros 48 civiles, el presidente colombiano lanzó una rutinaria frase contra el “terrorismo irracional”, dejó en el aire la toma de medidas rápidas y efectivas para reprimir a los autores de ese atentado y se abstuvo de pasarle la cuenta a los jefes farianos residenciados en La Habana. Como si las nuevas 57 víctimas no fueran suficientes, Santos decidió continuar las atascadas y absurdas negociaciones “de paz” en la capital cubana.

En vista de esa cobarde actitud, las Farc hundieron aún más el puñal en la herida al elogiar desde la isla la acción criminal de Inzá presentándola como una “acción armada” que sólo hacía parte de “la confrontación”. Y luego de lanzar nuevas amenazas contra la “policía militarizada” colombiana,  los “negociadores” de las Farc entraron muy orondos al salón donde los esperaban los ensimismados enviados de Santos para continuar esos contactos. Y unas horas después prometieron una tregua unilateral de 30 días, para borrar con un anuncio la sangre inocente derramada en el Cauca.

La víspera del cobarde atentado ocurrieron dos hechos que deben ser tenidos en cuenta. En efecto, unas horas antes de esa tragedia, los jefes de las Farc en Cuba habían vuelto a insistir en la invitación que ellos habían hecho a los futbolistas Maradona y “Pibe” Valderrama para que acepten jugar con ellos, en Cuba, el partido “de la reconciliación”, con el cual las Farc esperan “sumar apoyos” al llamado “proceso de paz”. Ambiciosos, los bandidos subrayaron que no querían atraer únicamente a las figuras destacadas del fútbol colombiano sino que también querían “contar con los futbolistas de América y el mundo”.

Por el momento, sólo Valderrama y un futbolista ecuatoriano,  Alex Aguinaga, parecen interesados. Si ellos aceptan ir a lavarle la cara a esos criminales lo harán a sabiendas de lo ocurrido en Inzá y a sabiendas de que tal partido no contribuirá al mendaz “proceso de paz” sino que ayudará, por el contrario, a agravar la guerra y el dolor de los colombianos. En esas circunstancias, los futbolistas que acepten jugar ese infame papel, sobre todo después de la  matanza de Inzá, quedarán marcados por el resto de sus vidas con el signo de la ignominia.

El segundo hecho ocurrió en Bogotá. El día anterior al atentado, una organización de fachada, la Asociación Campesina del Catatumbo, le exigió al Gobierno que aceptara “la tregua que las Farc ofrecieron en La Habana, con el objetivo de iniciar un alto el fuego bilateral”. Olga Lucia Quintero, vocera de ese grupo, dio a entender que si tal orden no era cumplida  el Gobierno iba  “a tener que responder por nuestros muertos, heridos y detenidos”.

Dicho y hecho. Horas después, la amenaza era cumplida en Inzá. Los muertos y heridos evocados por la ACC no eran “de ellos” sino del pueblo colombiano. De esa manera, las Farc notificaron a todos que seguirán utilizando las masacres de civiles y uniformados hasta que Santos acepte dar la orden de paralizar la fuerza pública en todo el territorio, para que las Farc puedan ampliar sus tráficos, desalojar miles de familias y aumentar su poder. Además, todo el mundo confirmó  que cuando la ACC habla, quienes se expresan son las Farc, y que cuando la una anuncia una desgracia la otra la ejecuta.

En cualquier país respetuoso de los derechos humanos tal convergencia mortífera daría lugar, por lo menos, a la apertura de una investigación judicial y a la anulación de la personería jurídica del grupo en cuestión. Pero no en Colombia donde la ceguera de los unos se suma al espíritu criminal de los otros para que el terrorismo pueda obrar en total impunidad.

Tres días antes de lo de Inzá, las Farc lanzaron en Tumaco una granada dentro de un camión de la Marina. Balance: once jóvenes infantes heridos. El día anterior, otro comando quemó dos camiones en Yarumal y otro bloqueó, con vehículos cargados de explosivos, una vía hacia Santa Rosa de Osos. Bogotá no fue exceptuada de la ofensiva: decenas de pasajeros fueron asaltados en un retén ilegal en la Avenida Circunvalar.

Todo eso, más lo de Inzá, parece indicar que estamos ante el comienzo de una ola de terror generalizado destinada a mejorar las posiciones de Las Farc en la mesa de La Habana. Para eso sirve, al fin y al cabo, ese invento “pacificador” de Santos, por el cual miles de colombianos están pagando con sus vidas.  Pero consolémonos: los farianos dicen que dejarán de matar durante 30 días. Y, enseguida, un partido de fútbol, entre Maradona y las hienas de La Habana, abrirá las puertas de la paz. ¿Quién puede quejarse?

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