Natilla y buñuelos

Por: Uriel Ortiz Soto.–

Es el plato emblemático navideño, símbolo de unidad familiar y de vecindad afectuosa, que permanece inamovible no obstante todas las competencias que le han salido. Por más parranda y licor que se derroche en las Navidades, viajes y placeres que se realicen, jamás hay que olvidar que en la más humilde finca campesina, hay un plato de natilla y buñuelos para quienes nos visitan.

No hay acto más enternecedor, que sentarnos a degustar tan rico manjar, rodeados del amor y el cariño de quienes lo brindan, que por lo regular, son humildes campesinos, que haciendo grandes sacrificios, guardaron para tan magno acontecimiento, un poco de sus ahorros para proporcionar a sus visitantes un rato de esparcimiento, los niños son la atracción de todos los visitantes puesto que, dando derroches de inocencia, traen a colación los más bellos pasajes bíblicos del nacimiento del Mecías, el veinticuatro de diciembre de cada año.

Los pesebres, y las novena de aguinaldo rezadas en comunidad, son también símbolos enaltecedores de católicos y cristianos, y la gran oportunidad que tenemos para resarcirnos de las dificultades del año que está por terminar, pero, también de limar asperezas con nuestros semejantes, el vocablo del perdón, está a flor de labios de todos sus moradores.

La natilla y los buñuelos, es el saludo entre vecinos y compadres, en cada posada de las fincas del Eje Cafetero, se estaciona frente a los pesebres con el fogón de tres piedras, cuyos chisporreos parecen entonar los más bellos villancicos que nacen del alma.

Todos los preparativos para el 24, empiezan desde el mes de noviembre, cuando los estudiantes salen de vacaciones y se desplazan a sus fincas. Es así, como empiezan a dar rienda suelta a sus imaginación para construir el pesebre,- lamentablemente muchos de ellos son depredadores puesto que arrancan el musgo, las heliconias y otras especies para construirlo-.

El árbol de Navidad por lo regular es un chamizo bellamente decorado con residuos naturales de la misma finca. Son cientos los riachuelos que también se embellecen con su recorrido de las fuentes principales de aguas cristalinas, todo parece tener una estrecha concordancia con los tiempos remotos en que las Navidades brotaban del más profundo fervor religioso.

La novena de aguinaldos en una finca cafetera es todo un acontecimiento: las Juntas de Acción Comunal se preparan con anticipación, para impresionar a sus participantes y visitantes. Es amenizada con improvisados instrumentos musicales, ejecutados por grandes y chicos. En ella se reparten sorpresas y el infaltable manjar navideño, pero también unas cuantas copas de licor.

La peonada de la finca desde el día anterior a la Navidad, ya ha preparado en el patio principal el andamio para quebrar y pasar el maíz, y armado el caballete para montar la primera ollada de natilla, a medida que empieza a revolverse, su delicioso aroma invade todos los alrededores de la comarca.

Las amas de casa, quieren lucirse ante sus invitados con los más exquisitos platos, desde el medio día del 24 de diciembre empieza la guerra entre matronas, intercambiándolos por todo el vecindario y recibiendo las felicitaciones de comensales y contertulios que los degustan con amor y cariño al son de melodiosos villancicos.

 

Un amanecer del 24 de diciembre en el Eje Cafetero, es todo un acontecimiento, su paisaje cultural debe entrar a formar de tan bello espectáculo.

Lamentablemente, la raza porcina son los que llevan todas las de perder, miles de ellos ya están amarrados a un poste para ser sacrificados en el amanecer. El humo de helecho sarro que se utiliza para chamuscarlos invade toda la vereda y es el mejor anuncio para sus vecinos, que en determinada familia hay chicharrón para toda la Comarca.

Que bellas fueron esas e inolvidables Navidades, de candor y de inocencia. Los hogares eran verdaderos santuarios de amor y de paz. No existían como ahora, las cicatrices de la violencia: el secuestro, la extorsión, el chantaje y el crimen del sicario, eran vocablos que ni siquiera estaban en el diccionario de la Real Academia de la lengua.

Como lo dijera el poeta Antioqueño, Jorge Robledo Ortiz, en su hermoso poema la casa de los Abuelos: “Las cruces no sabían improvisar calvarios al pie de las barrancas” nuestros padres y abuelos fueron hombres tan pulcros y honrados: “que al morir, su hoja de servicios tenía más estrellas que una  noche en el Cauca”.

Vivamos estas bellas e inolvidables Navidades, aunque sea con los recuerdos del amor y la nostalgia, de los pueblos y veredas que las disfrutaron y las deberán seguir disfrutando, si es que no se han perdido en los laberintos de la violencia y de las cicatrices que deja la ausencia de principios y valores. Mientras tanto ternemos que decir: “Siquiera se murieron los Abuelos”

 

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