Petro

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Comenzaré por decir que no voté por Gustavo Petro en las elecciones de octubre de 2011. De hecho, no voté. Creo que, en determinadas circunstancias, el abstencionismo es una forma de participación política que representa indignación y rechazo frente a un sistema democrático decadente. No creo por consiguiente que sea el voto la única manera de ejercer la democracia. No soy, pues, un petrista recalcitrante. Escribo esta columna que había venido aplazando desde hace meses, haciéndola a un lado conscientemente obedeciendo a no sé qué capricho de la inspiración y la actualidad.

Desde el inicio de su mandato, he tenido dudas sobre la administración de Petro. Dudas que me hicieron tomar distancia. Creo que Petro ha cometido errores: la torpeza con la que ha transmitido su mensaje de gobierno, su a veces tan difícil lenguaje, la escasa capacidad de autocrítica que conlleva a negar los errores propios lo cual impide solucionar problemas y avanzar, la falta de planeación y ejecución. El esquema de recolección de basuras, tan progresista y necesario, falló, para ponerlo en un término sencillo, por afán. Ese afán impulsivo por cumplir promesas empujó al alcalde a cometer un error en la implementación del sistema que terminó por costarle el cargo. Pero no fue un error de fondo: fue un error de forma. Lo malo no es el esquema sino la insuficiente planeación.

En contraparte, también creo que Gustavo Petro ha tenido cuantiosos aciertos: atender las necesidades de la población vulnerable por medio del subsidio del agua resulta admirable. También la creación de los Centros de Atención Médica a Drogodependientes (CAMAD), que humaniza el problema de las drogas y entiende al consumidor como un paciente y no como un delincuente; la disminución en las tarifas de Transmilenio; la implementación (aunque sea parcial) del SITP que también ataca otras mafias silenciosas  que nadie ha denunciado. La peatonalización de la carrera Séptima, tan polémica, dinamiza el centro de Bogotá, rompe paradigmas de movilidad y articula la ciudad en función del peatón, pero falta cultura ciudadana para entenderlo. La férrea defensa que el alcalde ha hecho de los derechos de los animales al prohibir las infames corridas de toros en la Santamaría y al sustituir los vehículos de tracción animal son medidas que aplaudo y defenderé siempre, al igual que su apuesta por la igualdad social y su defensa de los derechos de las minorías étnicas y sexuales. La comunidad LGBTI ha encontrado en Petro un poderoso aliado y políticas incluyentes, muy a pesar de políticos retrógrados y homofóbicos.

Ahora bien, el fallo de la Procuraduría General de la Nación estaba anunciado. Era evidente que Alejandro Ordóñez iba a aprovechar su poder para eliminar a su enemigo político y en consecuencia profirió un fallo desproporcionado y politizado.

Hasta aquí nada nuevo: todo esto ya se ha dicho. Lo realmente interesante es lo que vino después.

En pocas horas, la Plaza de Bolívar de Bogotá se llenó de manifestantes. El electorado salió a hacer valer su voto, es decir, a hacer la segunda parte de la tarea: salió  a ejercer democracia. No puede negarse la magnitud del acto político que la movilización social representa. Ahí, en la Plaza de Bolívar, el lugar donde inició eso que llamamos independencia, se llenó dos días seguidos –y quizás sean más- de hombres, mujeres, indígenas, estudiantes, negros, recicladores, miembros de la comunidad LGBTI, trabajadores. El movimiento popular que está hoy en la calle es legítimo y debe hacerse escuchar con suficiente contundencia. La democracia directa tiene el poder que nunca podrá tener la palúdica democracia representativa. Los actos pesan más que las papeletas y las urnas. Los manifestantes nos recuerdan que la democracia también está en las calles, que no es una figura inválida que se mueve sólo para sufragar sino que es dinámica y mucho más valiosa cuando se ejerce así, directamente, sin intermediarios.

Me gustó escuchar a Aída Avella hablando desde el Palacio de Liévano. Me gusta la idea de una coalición sustentada desde las bases de los movimientos sociales. Es un mensaje importante para la paz de Colombia. Espero que no sea algo pasajero, y que cuando los momentos de “efervescencia y calor” pasen, dejen como resultado una alianza, un movimiento popular sólido  que pueda, por fin, hacer contrapeso a la maquinaria electoral y a esa democracia de mentiras que se enquista en el poder y que tanto daño le ha hecho a Colombia. Es que una ciudadanía empoderada puede cambiar el país. Ojalá que los hechos que hoy presenciamos sean el inicio de un nuevo tiempo en la democracia colombiana. Ojalá que así sea.
NOTA: La semana pasada, internas de la Cárcel de Mujeres el Buen Pastor de Bogotá fueron sometidas a malos tratos por parte de una de la guardianas. El hecho ocurrió, según mi fuente, sobre el medio día cuando un grupo de internas se dirigía al Rancho (cocina) a recibir el almuerzo. En medio de un intenso aguacero, la dragoneante Lorena Piñeros las obligó a salir de la fila y a pararse en la mitad del patio para que se mojaran mientras las insultaba. Solo después de tres horas les permitió pasar a recoger su almuerzo. Ante los constantes abusos que cometen guardias del Inpec contra la población carcelaria, ¿quién responde?


@acastanedamunoz

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