Propósitos

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

No hay manera alguna de detenerlo. El tiempo continúa haciendo su papel perverso, ejerciendo su temible dictadura que por estos días más que una sucesión de segundos y minutos, parece una cuenta regresiva. El último día de diciembre tiene muchos rostros: está la alegría de la reunión, de la cercanía, del afecto, la esperanza por el nuevo año, la expectativa. Está también la nostalgia, la tristeza, el arrepentimiento. Suele pasar que en la boca, en el alma, queda la sensación de que faltó tiempo.

Estallará la pólvora, prohibida, que quema y mutila y mata, pero estallará al fin y al cabo como consecuencia de una idiosincrasia torpe y malograda. Llegará la media noche entre carcajadas, abrazos, lágrimas, gritos, oraciones, música, licor, promesas y deseos.

Así, junto con las campanas que suenan a media noche, entre los abrazos y la estridencia, se realizará la peligrosa práctica de engullir, tragar casi completas, 12 uvas, una por cada mes del nuevo año, y por cada uva se pedirá un deseo. Cada deseo es, a su vez, un anhelo, una comunión con el propio ser que surge luego de una profunda introspección. Vale la pena que en medio de ese proceso de reflexión se abra un espacio, por pequeño que sea, para pensar más allá de las fronteras de la vida propia. Pensemos, en esta noche de promesas y buenos deseos, en esta realidad amarga cuyo sabor sobrevivirá al de las uvas, el licor y la comida. Pido, como lo hice en este mismo espacio hace una semana, que una de las 12 uvas (o de los deseos, en caso de no comer uvas) esté dedicada a la paz. A la paz de Colombia. A la paz de todos. Y de paso, que dejemos atrás los rencores. Que, así como exigimos el desarme de los actores de conflicto, desarmemos los corazones y desarticulemos la tragedia para que dejemos en el pasado la tristeza y toda la miseria de la guerra y podamos al fin estar preparados para la paz.

Fijemos por un instante la mirada en ese país triste, en esa Colombia que durante 50, ó 60, ó 200 años ha deseado que el año nuevo le traiga la paz. Que se extingan, junto con el año viejo, todas las ansias de venganza, que desaparezca esa pesada cadena de odios, que se abran sus eslabones crueles para que finalmente quede libre la esperanza, esa que nos queda todavía de ver un país en paz, un país que no se devore a sí mismo, un país que haga a sus hijos dignos de vivir en lugar de empujarlos hacia la muerte.

Preguntémonos si tenemos derecho a vivir en un país así, preguntémonos si somos capaces de construirlo –porque hay que construirlo-, preguntémonos si no es demasiado tarde y si nos vamos a tomar el tiempo de hacerlo, preguntémonos si, al final, podremos llamar a Colombia “país” en lugar de “Patria Boba” y si superaremos el pasado funesto.

Que esa Colombia nueva, esa Colombia en paz, esa que debemos empezar a erguir todos  desde nuestro lugar, sea uno de los propósitos del año nuevo. Ojalá 2014 sea el año de la paz, el año de todos. Ese será uno de los deseos que pediré cuando me pase las uvas a media noche.

A todos aquellos que han dedicado su tiempo a leer mi columna en Libretadeapuntes.com, muchas gracias. Un Feliz Año Nuevo para todos.

@acastanedamunoz

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