Tomates

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

En aquella época remota y gloriosa en que la música era la única ruta de escape de una realidad absurdamente violenta, las canciones se convirtieron en himnos. Eran letras pegajosas y acordes tan simplificados, ideados para que pudieran ser tocados incluso en los más elevados niveles de beodez, que pudieron quedarse en la memoria de sus compositores pese a haber vivido una época en la que no valía la pena recordar. En aquella época, las comunas de Medellín se llenaron de jóvenes sin presente y sin futuro que luego se rebelaron contra su propia suerte aceptada sin refunfuñar y pidieron tener un futuro, uno que les diera la música. Se rebelaron en contra de ellos, de la decadencia que los rodeaba y de los que no habían sido salvados por el sonido ensordecedor de las voces sin técnica y las guitarras sucias. Se lanzaron tomates. “Esto es todo lo que ustedes se merecen/ Un tomate bien podrido en la cabeza” decía la canción. Se llama “Lo que ustedes se merecen” y fue incluida por primera vez en el disco Crónicas de una década podrida de la agrupación I.R.A de Medellín, que fue a la sazón, el primer cd de punk que se grabó en Colombia, en el ya muy lejano año de 1996.

Pero la letra decía mucho más: “Solo un tomate, es la ganancia/ Tú te has quedado causando repugnancia/ En tu chaqueta solo hay basura/ Tú no conoces la palabra ternura”. Y continuaba la retahíla sentenciando con la voz ya desgarrada: “Ese tomate, está podrido/ Y me da risa porque es tu merecido/ Te lo mereces, tú lo has pedido/ Ganaste honores por ser un punk podrido”. Muchos años después –y realmente espero que sin ningún tipo de relación con la canción ni con la banda- un grupito de jóvenes decidieron lanzarle tomates a fotos de políticos para mostrar su indignación. Quisieron hacer de su payasada un acto político. Así nació el Partido de Tomate: enarbolando las banderas de la indignación, con la promesa de transformar el país, de cambiarlo a punta de tomates. Y esta semana la indignación, las promesas de cambio y de política alternativa llegaron a su fin. El Partido del Tomate terminó por unirse al Partido Liberal, quizás por alguna empatía cromática, no sé.

No es que el Partido de Tomate -¿Alguien podría tomarse en serio un partido con ese nombre?- en medio de su arrebato no tuviera razón. Claro que la tiene, hay razones para indignarse. Muchas. Ahora me da por pensar que la canción sería útil aunque sea en pequeña parte si reemplazamos algunas de sus palabras. Por ejemplo, en vez de “chaqueta”, podríamos decir “cabeza”, y en lugar de “punk”, podríamos cantar “político”. La canción finalizaría con la misma palabra, que finalmente representa el estado de esa clase política mentirosa y manipuladora: podrido.

En plena época electoral emerge nuevamente la trillada dicotomía de décadas atrás. El país es experto en ellas, que nos dejaron una ingrata herencia. Todavía nos estamos matando por colores, todavía vivimos el lastre de la guerra entre godos y cachiporros. El bipartidismo –despreciable demonio que se niega a abandonar nuestras malsanas prácticas políticas- surge de nuevo con otras caras: Uribe (en cuerpo ausente) y Santos. Y los mismos apellidos de siempre, disputándose los puestos de siempre: Serpa, Gerlein, Garzón, Ramos, Galán, Gaviria, ahí, blandiéndose en un lugar o en otro, llenándose la boca mientras hablan de experiencia, de tradición, de ética, de responsabilidad, todo mientras se insultan, se traicionan, se golpean en la cara… mientras el país necesita renovación, la política insiste en mostrarnos los mismos rostros oportunistas, pero que la gente ya conoce. Gente “divinamente”, caray, gente “de toda la vida”. Es que “mejor malo por conocido que bueno por conocer”. Y así, se nos roban el futuro entre plenarias y reuniones de whisky y contratos. Pero me niego a eso. Me niego a creer que el país tenga que dividirse entre “uribistas” y “santistas”. Me niego rotundamente. Ya los hechos nos han demostrado que los dos mienten.

La semana pasada las calles se llenaron de manifestantes. Pasó después de que el Procurador Alejandro Ordóñez  destituyera al Alcalde de Bogotá Gustavo Petro. La Plaza de Bolívar se llenó por varios días. Pero no solo apoyaban a Petro. La cosa también iba más allá de rechazar a Ordóñez. Todo el movimiento popular que se gestó se manifestaba no en contra del Procurador, sino de la clase política que este representa: esa godarria fascista y perseguidora. A Ordóñez, el lefebvrista, el que se niega a aceptar la existencia del holocausto nazi, lo aplauden con ímpetu personajes siniestros como Pablo Victoria, un hombre a todas luces peligroso, y la Alianza Nacionalista por la Libertad (movimiento político neonazi que entre otras cosas, cuenta con el apoyo del doctor Victoria).

Hay espacio ahora para la esperanza, para la reconciliación, para la paz. Hay un lugar para el cambio, pero hay que asumir estos tiempos con responsabilidad y cabeza fría. En las calles, en lugares invisibles de la geografía de Colombia se está gestando un nuevo país, uno en que quepamos todos, un país de verdad… de todo corazón eso espero.

Si el movimiento popular que se está estructurando se queda en defender a Petro, está destinado a fracasar. Pero si en contra parte, esa multitud que transformó la indiferencia en indignación logra trasmutar esta en propuestas reales para construir un cambio a profundidad de la sociedad, Colombia se salva. En este momento, creo que Colombia tiene salvación.

@acastanedamunoz

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