La falsa “irracionalidad” de las Farc

Por Eduardo Mackenzie

El miserable ataque de las Farc contra la población de Pradera (Valle) no tiene nada de “irracional”. Sorprende ver al jefe de Estado colombiano equivocarse al calificar así la nueva infamia de la banda narco-terrorista.

El país se siente perdido y desprotegido cuando ve que el presidente de la República estima que ese atentado es “contradictorio”, antes de pasar, de la manera más displicente, a otro tema, a algo menos aterrador, como si la persona muerta y los 61 heridos de esa localidad martirizada no merecieran la compasión y, sobre todo, la acción y la determinación del jefe de Estado para lograr a corto y mediano plazo la seguridad y tranquilidad de esa región y de toda Colombia.

Santos se fue en palabras zalameras y eludió ese tema. Para él parece inconveniente ordenar la persecución general de las estructuras subversivas que matan colombianos donde quieren, cuando quieren y al ritmo que quieren. Santos, en lugar de hacer eso, sigue con su estrategia de golpes con cuenta gotas, que no debilita a las Farc, dilata las conversaciones y contribuye a ambientar la reelección.

La sangre de las víctimas no se había enfriado cuando Santos escogió los apelativos más suaves para aludir al cobarde atentado y pasar, sin más, a hacer una especie de elogio subliminal de los victimarios al decir que este año él firmará la paz con ellos. Al día siguiente, aparecía en un diario español esta declaración: qué él se “imagina a los representantes de las Farc sentados en el Congreso.”

Atacar pueblos, matar y mutilar uniformados y civiles, así como periodistas, sacerdotes, sindicalistas, indígenas, estudiantes, es un acto totalmente racional de las Farc. Son actos calculados y premeditados. Los golpes de las Farc tienen un calendario y una dosificación. Con ellos, las Farc reanudan sus “negociaciones” en La Habana y le dicen al país que la iniciativa de la guerra depende de ellas, que el gobierno no las ha paralizado. Lo de Pradera dice que la estrategia de tensión sigue por cuenta de ellas y que Colombia debe ceder ante sus pretensiones.

No hay nada de “irracional” en esos atentados. No son actos “demenciales” ni “estúpidos”, como cree el general Leonardo Barrero, comandante de las Fuerzas Militares.

El atentado de Pradera, y los anteriores, no es “contradictorio” pues las Farc no son cascos azules. No son dialogantes pacíficos, no son interlocutores leales, no son agentes de la paz.

Matar colombianos hace parte de la racionalidad y de la cronología política de esa gente, de sus resortes psicológicos e ideológicos más profundos. Matar colombianos, sembrar minas, secuestrar, aterrorizar ancianos, mujeres y niños, mentir, dialogar en falso, no sólo es necesario sino que es legítimo y hasta indispensable. Para ellos las matanzas son simples episodios que ayudan al derrumbe espiritual del país y que preparan la toma del poder.

Ésta y la construcción del colectivismo son, para ellos, objetivos supremos, de gran humanismo. Creen que ellos encarnan el progreso. En su visión torcida y mesiánica, las víctimas, incluso las millones de víctimas que cuesta ese “proyecto”, son muy poco o nada.

Por eso nunca hicieron la paz, y no la podrán hacer. Por eso entre las filas de las Farc jamás surgió un Mandela, que de terrorista cargado de odio saltó a lo contrario, gracias a la audacia de un De Klerk y de otros visionarios, a una perspectiva de reconciliación y colaboración entre razas y clases sociales que salvó a su país. ¿Quién imagina a Timochenko pensando así?

Los asesores del presidente Santos ven lo de Pradera como una “muestra de debilidad militar” de las Farc. Ellos piensan la guerra en términos caducos. Un atentado durante la segunda guerra mundial era, en efecto, poco útil. El paradigma de hoy es diferente. Colombia sufre la perfecta guerra subversiva, asimétrica, en que la propaganda, la infiltración del Estado y los actos puntuales de terror contra los civiles son la mejor manera de robarle a un país su alma y sus libertades. Incluso y a pesar de que haya triunfo militar del Estado.

Los asesores no ven eso. Creen que todo va bien. Estiman que “presionar militarmente a las Farc en medio de la negociación” llevará al triunfo del Gobierno. Olvidan que eso ya se hizo en el Caguan, con resultados desastrosos. Así duermen al país mientras la traición avanza.

No, la matanza de Pradera no fue un acto “irracional”. Al utilizar esa palabra, Santos dejó ver que había entrado en el embudo mental de Rodrigo Granda. Este dijo lo mismo: que era un acto que lo había “sorprendido”. Sin embargo, aprovechó la tribuna para justificar el atentado y para desinformar: “las Farc no van a atacar impunemente a la población civil”, dijo, y aseguró que el atentado “iba sobre [sic] un cuartel de la Policía o detrás de alguna patrulla militar”.

Sí, lo que sale de este episodio es doblemente triste. Horas después de la tragedia de Pradera el poder central habló de paz a cualquier precio, de Congreso invadido por esos monstruos. El mensaje es claro: cada nueva masacre nos acerca más de la paz. Con esa torva dialéctica los sacrificios aumentarán pero serán más y más silenciados. ¿Eso es lo que tenemos que aceptar los colombianos?
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