Venezuela: tiembla el sanedrín

Por: Ricardo Rondón Ch.

Bogotá, 19 de Febrero ­_RAM_ Un complejo estado siamésico –si se me permite la licencia idiomática-, tiene a Venezuela al filo de una guerra civil, un derramamiento de sangre en cadena en el que, Dios no lo quiera, pagarían los más inocentes, el pueblo en rama, la juventud enérgica y valerosa, por culpa de la irracionalidad, la furia megalómana de su gobierno, un poder a ultranza que roza los topes de la demencia y la decrepitud del espíritu.

Dos cabezas, dos vertientes, dos luchas encontradas pero dispares en un paralelismo ideológico donde la fuerza bruta de las armas y la represión supera las manos limpias, el clamor, la legitimidad ciudadana y la esperanza. La esperanza, verdad de Perogrullo, “que es lo último que se pierde”, se encuentra como moneda extraviada en el oscuro fondo de arenas movedizas  en que se ha convertido la hermana República, hoy sacudida por la violencia, la barbarie y la estigmatización.

Las dos fotos que ilustran este artículo son suficientes para sintetizar la preocupante crisis venezolana: Nicolás Maduro, respaldado por la marea roja del oficialismo, después de pronunciar a voz en cuello su trajinado discurso de un golpe de Estado del fascismo, desconociendo el origen histórico y etimológico de esta palabra que él aplica a su antojo.

Entiéndase por fascismo la fuerza unilateral, militar y totalitarista que en las postrimerías de la Primera guerra mundial tuvo como mayor exponente al dictador italiano Benito Mussolini, paradigma de la abolición de las libertades individuales, órgano represor contra toda reflexión o contradicción de sus dictámenes y leyes, y que derivó en directas ramificaciones en el nazismo alemán y en el falangismo español.

Maduro, por supuesto, no tiene ni de lo uno ni de lo otro, porque no tiene praxis ni antecedentes en esto que los eruditos denominaron antropología filosófica. Ni siquiera es político. No obstante ejerce una suerte de fascismo tropical, herencia de la logia chavista que se ha sostenido en el poder a lo largo de quince años, bajo la batuta en la actualidad del hombre más poderoso política y económicamente de Venezuela: Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente.

Una fórmula demencial, acaparadora y hostigante que ha sumido a Venezuela en un caos económico sin precedentes, con una inflación que sobrepasa el cincuenta por ciento, con un emprobrecimiento no sólo de la despensa familiar del ciudadano de a pie, sino de lo más más grave aún, su identidad, sus derechos y su dignidad; una postración humillante y esclavista, agregado a un temor doméstico, sonámbulo, representado en la más alta tasa de inseguridad que vive la nación en su historia, propagada por tentáculos siniestros y arrasadores: la de la delincuencia común, el asalto a mano armada a cualquier hora del día, y la de los ‘colectivos’ y guarniciones auspiciados por el gobierno, milicias autorizadas y con carné expuesto para cometer cualquier cantidad de crímenes y actividades ilícitas, incluido el narcotráfico.

Maduro arenga a la marea roja con su reiterado discurso de la amenaza de golpe del fascismo

La otra gráfica corresponde al líder de la oposición, Leopoldo López Mendoza, joven político y economista venezolano con un master en Harvard, ex alcalde del municipio de Chacao, en Caracas, coordinador nacional del partido Voluntad Popular, quien desde la marcha estudiantil del 12 de febrero, que dejó como saldo tres estudiantes muertos y más de sesenta heridos, se ha convertido en la figura mediática de mayor relevancia y debate a nivel mundial, después de entregarse a las autoridades el 19 de febrero, en medio del clamor y la admiración de sus seguidores, quienes encuentran en él el mayor respaldo a su lucha a contracorriente por la libertad, la verdad y la reivindicación de un país estancado en el atraso, la farsa y las excentricidades de un poder siniestro y tóxico que se escuda en la empecinada dramaturgia del ‘socialismo bolivariano’.

Mientras López Mendoza animaba a sus simpatizantes desde el bronce de José Martí para no desfallecer en el cometido de restaurar la democracia, la coherencia y la libertad de expresión en su país, minutos antes de entregarse a la guardia, Maduro se desgañatiba en improperios  con todo aquel –incluso el presidente Juan Manuel Santos- que propusiera un mensaje o una reflexión de reconciliación y solidaridad a la crítica y sangrienta situación que vive Venezuela, su capital, Caracas, y ciudades como Maracaibo y Valencia, esta última, escenario en las últimas horas de la muerte por un disparo en la cabeza de la Miss Turismo 2013, Génesis Carmona, de apenas  22 años.

Pero en el tono de Maduro y de su mecánico y reiterado parlamento de la amenaza fascista, se percibía a leguas el temblor de cuerdas y la inestabilidad en su pedestal de quien en verdad se siente amenazado, del que sabe que algo negro se avecina. Y de eso también están enterados los otros dos miembros de este novelesco sanedrín: Diosdado Cabello y el canciller Elías Jagua.

Seguramente correrá más sangre, más linfa inocente, pero valiente, la de las juventudes en marcha y la de los ciudadanos de bien que quieren recuperar el país próspero, digno y vivible que sus padres y abuelos forjaron en las épocas generosas de la democracia.

La nación donde sus recursos y divisas eran aprovechados en beneficio de su pueblo, de su educación y su salud, de sus garantías y menesteres prioritarios. La Venezuela que no necesitaba importar gasolina, cuando ha sido el pilar internacional del petróleo. La Venezuela abierta a las diferencias y a la discusión civilizada, sin amenazas, sin mordazas, sin exclusiones ni fundamentalismos. La Venezuela dirigida por mandatarios capaces, inteligentes, generosos, no por forajidos y proscritos disfrazados de comunistas que están llevando a la hermosa patria del recién fallecido Simón Díaz al ostracismo y la perdición.

Mientras prevalezca el nervio vivo de las juventudes y sus líderes, y no se renuncie al clamor perseverante del cambio emergente, Venezuela resurgirá del caos y la deshumanización en que por ya tres lustros la ha mantenido el oportunismo maléfico.

El sólo hecho de que se muevan los cimientos del sanedrín, ya es una señal afortunada.

 

 

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