“Mi hija Valeria me devolvió a la infancia para escribir ‘El mundo de afuera’’: Jorge Franco

  • El escritor antioqueño Jorge Franco Ramos, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2014

Por: Ricardo Rondón Ch.–(*)

Bogotá, 26 de Marzo ­_RAM_Apenas si está saliendo del aluvión emocional que le produjo la llamada, a las cinco de la mañana, del pasado jueves 20 de marzo, cuando le notificaron desde Madrid (España) que había sido el ganador del Premio Alfaguara 2014.

“Yo estaba profundo cuando escuché el timbre del celular y vi en el identificador el código de España. Ahí presentí que algo raro estaba sucediendo, porque la noche anterior me había acostado con ansiedad, pero más con escepticismo que con esperanza. Sabía de la dificultad de ganar un premio de esta calidad y prestigio”, dice Jorge Franco Ramos, autor de ‘El mundo de afuera’, el tercer colombiano merecedor de este importante galardón de las letras hispanoamericanas, después de Laura Restrepo (‘Delirio’, 2004) y Juan Gabriel Vásquez (‘El ruido de las cosas al caer’, 2011).

Fue Pilar Reyes, directora general de Alfaguara, quien lo arrancó de las cobijas para comunicarle que le hablaría Laura Restrepo, presidenta del jurado del premio. Luego pasaron los otros miembros calificadores para felicitarlo: “Empecé a sudar, sentí que el corazón se me salía. Estaba en línea pero del aturdimiento no alcanzaba a captar las frases elogiosas que me decían. Estaba invadido de emoción”, señala Franco.

El Premio Alfaguara de Novela, cotizado en 175.000 dólares (unos 360 millones de pesos), recayó esta vez en un relato fabuloso que uno de los jurados, el escritor español Sergio Vila-Sanjuán-, al decir del propio Franco, redondeó con acierto: “un cuento de hadas con final a lo Tarantino”.

Como casi todas las historias del laureado autor de ‘Rosario Tijeras’, ‘El mundo de afuera’ transcurre en Medellín, en una época en apariencia apaciguada, la de finales de los años 60 y comienzos de los 70, “plena de candor y de nostalgia”, en un castillo real del sector de El Poblado que se rinde a la perplejidad de un grupo de párvulos conmovidos por esa visión fantástica y que no cesan de merodear en sus aventuras de infantes y de escudriñar al detalle en sus recovecos.

Es 1971 y en ese castillo vive una princesa, sí, una princesa de carne y hueso, sobreprotegida por su padre, don Diego Echavarría, un hombre acaudalado, culto y de buen gusto, obsesionado por el arte, la música y las tradiciones de Alemania; tan germanófilo en su estilo, que eligió como esposa a una dama alemana.

Hasta ahí el cuento de hadas, cuando irrumpe en escena un temible delincuente, el ‘Mono’ Trejos, quien secuestra a don Diego para exigir una suma millonaria a su familia. En la imaginación de Franco Ramos, este bandido tiene otras razones más que económicas para haber cometido el plagio: la obsesión amorosa por Isolda, la princesa rubia, a quien su padre preserva en  una fortaleza para evitar que se contagie del sucio mundo que la rodea.

Según el dictamen del jurado, una breve y hasta cierto punto sencilla novela sobre el amor y la muerte, poética y detallista, con un sobresaliente manejo de la tensión, en la que el escritor paisa incorpora técnicas cinematográficas como el flashback y un relato paralelo, mezcla de cuento costumbrista y crónica de sucesos.

El premio Alfaguara, meritorio por cierto para un disciplinado y comprometido narrador quien desde que se reveló en su talento con su primer libro de cuentos, ‘Maldito amor’, con el que ganó el concurso ‘Pedro Gómez Valderrama’, no ha cesado en su cometido literario con sendos reconocimientos, adaptaciones al cine y a la televisión, decenas de traducciones  y otros valores agregados: ‘Mala noche’, ‘Rosario Tijeras’, ‘Paraíso travel’, ‘Melodrama’, ‘Santa suerte’ y, ahora, ‘El mundo de afuera’ , que se estima salga a la luz pública en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá a celebrarse entre el 29 de abril y el 12 de mayo.

La Pluma & La Herida entrevistó a Jorge Franco Ramos.

¿Cómo tomó la aseveración que hizo el jurado Sergio Vila-Sanjuán al decir que ‘El mundo de afuera’ es un cuento hadas con final de película de Tarantino?

“Me pareció muy acertado el comentario. Esta es una novela de opuestos. Una narración más cercana al realismo crudo. Dos mundos opuestos que van en la historia, inspirada en hechos reales. La vida de una niña sobreprotegida en una Medellín que aún se respiraba con tranquilidad, pero en el que ya se advertían esas fisuras de lo que se iba a convertir más adelante”.

Y todo comienza con la más literaria de las curiosidades, la de un grupo de niños…

“Sí, unos niños entre siete y diez años, a quienes les parecía sorprendente tener como vecino a un señor que vivía en un castillo, entre gótico y medieval, que se transportaba en una limusina, que tenía paje, y que vestía a la usanza del siglo XVIII. Una invitación inevitable a soñar”.

Pues qué mejor panorama , el de un castillo, en un barrio como El Poblado, en el despertar de un contador de historias…

“Desde niño era aficionado al cine y a las historias. Tenía una cámara de súper 8 y soñaba con hacer una película de terror en ese castillo. Con ese aliciente nos acercábamos a fisgonear. En la novela hay voces de niños que cuentan lo que supuestamente sucedía al interior de esa edificación”.

-¿Cómo era Isolda -la protagonista de ‘El mundo de afuera’- en  la vida real, y a la fecha qué se sabe de ella?

“La historia de Isolda es real, sólo que yo me tomé muchas licencias para acomodarme al relato que quería contar. Ella falleció siendo una niña, creo que a los dieciséis años, de una enfermedad que era casi exótica en ese momento, el síndrome del Guillain-Barré. Recién había viajado a los Estados Unidos, si no estoy mal a Filadelfia, con la aspiración de adelantar estudios universitarios, y el mal la atacó de manera fulminante, al punto que se la llevó en un lapso no mayor de 24 horas”.

Y en la ficción, ¿cómo se produce su tragedia?

“Todo eso es parte del encanto del castillo, porque alrededor de él se empezaron a tejer una cantidad de historias que ya empezaban a rayar con lo mitológico: se decía que Isolda estaba embalsamada, que la tenían en un sarcófago, se llegó a decir que estaba embalsamada frente al piano donde ella tocaba. Yo no sé de dónde imaginé que la tenían embalsamada y enterrada en una casa de muñecas bastante grande que nosotros alcanzábamos a divisar de lejos. Pero ya con los años me enteré que la niña estaba enterrada en el cementerio de San Pedro, en un panteón familiar”.

¿Cómo entreteje la obsesión amorosa del delincuente, el ‘Mono’ Trejos, que en la novela asedia a la princesa?

“El ‘Mono’ Trejos fue el autor intelectual del secuestro de don Diego Echavarría, el padre de Isolda. Yo estuve rastreando expedientes para lograr hacer un perfil acorde a la realidad de este personaje, pero no encontré absolutamente nada de él. De modo que me tocó imaginar este bandido. En la novela lo ubiqué siguiendo de manera obsesiva a la niña, hasta decidirse a raptarla para él. En ese punto de la historia se le atraviesa la muerte y no puede lograr su cometido. Yo quería que esta novela tuviera una veta amorosa y en este sentido jugué por partida doble: El asedio del malhechor que se muere de amor por Isolda y la sobreprotección de su padre en un castillo, que a la niña se le convierte en una prisión”.

Ahí también está plasmado ese universo operático de Wagner con ‘Tristan e Isolda’, una de sus obras más relevantes, ¿verdad?

“De alguna manera. Don Diego, de lo que pude averiguar tiempo después con su familia, fue un hombre que dedicó su vida a la cultura alemana. Muchos lo recuerdan con cariño como un mecenas del arte y uno de sus compositores favoritos era Richard Wagner, y eso queda evidente en el nombre con el que bautizó a su hija, Isolda, uno de los personajes más reconocidos de la obra wagneriana.  Ese decorado lo utilicé en la novela, agregado a su pasión germanófila”.

¿El castillo pervive?

“El castillo existe y está en maravillosas condiciones, en el barrio El Poblado, en la parte alta. Es un centro cultural donde tienen lugar diversas actividades artísticas y en la parte posterior hay una academia donde se enseñan distintas artes. Si uno quiere puede hacer un recorrido y va a encontrar los mismos salones, las habitaciones de Isolda que ocupó cuando era niña y cuando ya fue más jovencita; también se conservan los jardines. De hecho, para escribir, la novela, lo visité varias veces, hice el recorrido con guía. Posteriormente regresé con mi pequeña hija, porque ella estaba un poco enterada de esta historia y quise que tuviera más información de lo que yo estaba escribiendo”.

¿Qué impresión causó en su niña?

“Valeria, que en mayo cumplirá 8 años, quedó fascinada con el castillo. Incluso se contrarió porque cuando ya había finalizado el horario de visita, no nos dejaban acceder al segundo piso donde están las habitaciones. Entonces los vigilantes, al ver la frustración de mi pequeña, nos permitieron subir para que ella conociera la habitación de Isolda, que se conserva muy bien, tan es así que se ven pegados en las paredes los dibujos que ella hacía cuando niña”.

Jorge Franco: El cineasta que corre a la par del escritor. Las claves cinematográficas que uno encuentra cuando lee sus novelas. ¿Usted se siente un director de cine en el fondo de su arsenal literario?

“Yo creo que sí, porque para contar historias empecé por el cine. El cine me llevó a la escritura literaria. El hecho de haber estudiado cine y de ser un amante del cine, hace que a la hora de escribir novela o cuento se cuelen todas esas influencias cinematográficas. Y eso lo detectan los productores que están a la caza de historias para ser adaptadas”.

¿Es Quentin Tarantino uno de sus directores favoritos?

“Sí, efectivamente, he visto la mayoría de sus películas. Por eso me puso a pensar la descripción que hace Vila-Sanjuán de ‘El mundo de afuera’: un cuento de los hermanos Grimm que termina un poco a lo Tarantino. Yo me quedé pensando que Medellín fue parte de esa transformación; una metáfora de lo que fue la ciudad”.

El jurado también dice que se perciben ciertos cuadros costumbristas que recrean la narración.

¿Alguna influencia de quien fue su maestro: Manuel Mejía Vallejo?

“Se conservan unos cuadros de costumbres de la Medellín de los años 60: una sociedad conservadora, pacata, que sólo se sobresaltaba con acontecimientos cotidianos, como el asalto a un banco, historias como de niños, en comparación para lo que vendría después. Existen estos pasajes, pero no en el tono del lenguaje del costumbrismo. En mi caso le imprimo un lenguaje muy neutro, de candor y de nostalgia”.

Independiente del importante premio Alfaguara que acaba de recibir, ¿cómo ubica ‘El Mundo de afuera’ con relación a sus novelas anteriores, incluso la que lo consagró hace quince años: ‘Rosario Tijeras’?

“Es bastante diferente. Para empezar, las riendas de la historia las llevan dos protagonistas masculinos. Eso fue intencional, porque yo venía trabajando historias donde las mujeres eran las dueñas del relato. También marca la diferencia el movimiento previo de la Medellín que después yo narro en ‘Rosario Tijeras’. Aquí se sienten esos primeros síntomas de lo que vendría, cuando la palabra narcotráfico ni siquiera imaginábamos mencionarla. Y quiero subrayar dos calificativos que dije hace un momento: el candor y la nostalgia. La forma de vida de una ciudad que antecede a la violenta y desconcertante en que se transformó después”.

¿Es de suponer que esta novela está dedicada a su pequeña hija Valeria, la gran novela de su vida?

“Valeria es el motor de mi vida, desde que la tengo se ha convertido en la justificación para todo lo que hago, y si hay algo importante que ella logró es haber recuperado mi infancia para escribir esta novela, para recuperar esa Medellín. Ya le había dedicado la novela anterior, ‘Santa Suerte’, pero hay dos páginas pendientes en ‘El mundo de afuera’: una para la dedicatoria a Valeria y otra para los agradecimientos a tantas personas que hicieron posible esta novela, familiares, testigos de la época, personas que hicieron investigaciones y que me ayudaron a redondear la historia, aunque aclaro, el gran componente es la ficción”.

Empieza para usted un año sábatico, entre comillas, un año que necesitaba, un paréntesis merecido en su arduo trabajo, no sólo en la escritura, en sus seminarios, talleres y todos esos compromisos de escritor. ¿Tiene conciencia de lo que le espera a partir del premio?

“Sí y no, porque lo del premio es muy importante, voy a tener una agenda muy grande, voy a conocer muchos países, mucha gente, pero me va a hacer falta el ejercicio de la escritura: el hecho de sentarme frente al computador, de ponerme a crear, es algo esencial en mi vida. Soy un mal escritor de hoteles y además estas giras son agotadoras. Voy a extrañar la escritura. Y, por supuesto, a mi hija, Valeria, porque soy un devoto enamorado de ella. Pero todo esto hace parte de la celebración del premio”.

¿Por qué recomendar la literatura a la gente, en un país como Colombia donde no son atractivos los índices de lecturabilidad?

“Hay algo que yo les digo a los muchachos cuando me invitan a colegios y universidades, algo que hace parte de mi labor de escritor, y es una frase de la que estoy muy convencido aunque no tenga muchas razones para explicarla. Yo les digo a ellos, lean, porque la lectura lo hace a uno diferente; yo no sé si mejor o peor, pero lo hace a uno diferente, y en un mundo donde hay una tendencia a uniformarnos, yo creo que esa diferencia marca una ventaja para el ser humano, y buena parte de esa ventaja la aporta la literatura y la lectura, porque la literatura es, como quiera que sea, ese espejo donde nos reflejamos, y esos espejos son necesarios para averiguar cómo somos y la razón de nuestra condición humana”.

¿Sigue llevando la antorcha de Gabriel García Márquez?

“Esa frase es muy emocionante, yo la celebré, la gocé, pero es un compromiso muy grande y temerario. Yo trato de cumplir a mi oficio con responsabilidad, con mucha disciplina, y creo que lo que venga de ahí en adelante son efectos secundarios de esa entrega. Creo que este premio es en parte un reconocimiento a muchos años de trabajo y compromiso frente a las historias, frente al computador y ante los retos que uno se traza. Un premio que lo celebro de una manera muy íntima para conmemorar la publicación, hace quince años, de ‘Rosario Tijeras’, que coincidió exactamente con una feria del libro aquí en Bogotá, en 1999”.

(*)La Pluma & La Herida

 

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