Agua

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

“Se avisa a público de la república que el agua pública se va a acabar”, decía la ronda infantil. El inocente trabalenguas parece haberse tornado en un presagio triste de tiempos de tierra seca y agua contaminada. La paradoja es absoluta: Colombia, que es un país riquísimo en fuentes hídricas -tanto que incluso ellas están representadas en la bandera nacional- parece estarse quedando sin agua.

Yopal no tiene agua potable hace tres años. La situación raya en los límites de la insensatez teniendo en cuenta que precisamente este municipio recibe millonarias regalías por la explotación de sus recursos. El embalse de San Rafael, en la vía que de Bogotá conduce a La Calera, no alcanza el 50% de su capacidad; la laguna de Fúquene, siendo optimistas, está al 60%; el río Chicamocha en Santander, que con el sonido imponente del tránsito de sus aguas marcaba el final de las curvas cuasi infinitas de Pescadero, está prácticamente seco.

La sequía –y en muchos casos, manos criminales- causa incendios forestales que arrasan en cuestión de horas lo que a la naturaleza le tomó siglos dar forma. La destrucción de miles de hectáreas de bosque es difícil de atajar sin fuentes de agua suficientes y habrá de pasar la cuenta de cobro a mediano plazo.

Mientras tanto, en las ciudades donde el abastecimiento de agua está garantizado, el consumo continúa siendo desaforado e irresponsable. Falta cultura ciudadana, educación, conciencia. De poco han servido las campañas de sensibilización y quizás pasará mucho tiempo hasta que estas hagan mella en los ciudadanos.

Pero esa es sólo una parte del problema. La minería a gran escala, esa de la locomotora minera, la búsqueda cada vez más desesperada de petróleo y la ganadería extensiva están causando grandes daños a los ecosistemas donde se centran sus actividades y al medio ambiente en general. Hoy se culpa de la mortandad de animales en Casanare al calentamiento global (que también es culpa de los factores antes mencionados). Puede ser. Pero los megaproyectos de explotación de recursos naturales no pueden salvar responsabilidad. Emprendidos en su mayoría por empresas multinacionales (alcahueteadas por los sucesivos gobiernos nacionales), estos proyectos envenenan la biodiversidad y reportan millonarias ganancias anualmente.

Pocos ingenieros agrónomos y ambientales discrepan cuando se afirma que la ganadería extensiva, defendida a capa y espada por grupos económicos y empresariales multimillonarios disfrazados de asociaciones con buenas intenciones como Fedegan, causa grandes daños a los ecosistemas. Anualmente, miles de hectáreas son deforestadas para sembrar pastizales para alimentación del ganado que luego será sacrificado para su consumo. Para producir un solo kilo de carne de res, son necesarios 15.000 litros de agua. En contraparte, en sitios como Cazucá, a pocos kilómetros de Bogotá, el agua llega una hora por día a través de una manguera, y a veces no llega. El contraste es francamente desesperante.

Vale la pena preguntarnos entonces, una vez más y cuantas veces sea necesario, si el “desarrollo económico”, o la “confianza inversionista”, o la “prosperidad para todos”, pesará más en la balanza que el cuidado de los recursos naturales y la dignidad de millones de colombianos. La respuesta quizás no sorprenda a nadie, pero ojalá no deje de indignarnos.

NOTA: Se dice que la educación en Colombia “perdió el año”. Discrepo. La educación en Colombia perdió cuatro años: los que lleva en su cargo la Ministra.

@acastanedamunoz

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