El odio

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

“Ojo por ojo, diente por diente”, y así vamos acatando y perpetuando la condena. El odio es un indicio irrefutable de que a pesar de estar aquí, vivos, estamos dispuestos a matarnos.

Por herencia adquirimos un sentimiento de desprecio elevado e incurable, una sensación constante de desconfianza que ha empujado a muchos a creer que los demás no son lo suficientemente buenos para compartir la misma tierra. Generaciones enteras se asesinan unas a otras, como si este no fuera una cosa distinta a un lugar desafortunado sobre la Tierra donde Caín y Abel repiten su fratricidio por los siglos de los siglos. Uno creería que el país está cansado de repetirse a sí mismo que el porvenir traerá algo mejor, que un día será cierto el estribillo del himno que proclama que el bien germina acá. Pero la verdad es que Colombia se empecina en buscar enemigos, en acusarlos y perseguirlos para hacer del surco de dolores un camino interminable.

El odio ha logrado construirse una identidad, hacerse con un lugar y ha empujado a Colombia al canibalismo, al orbe primitivo de la ley del Talión: la venganza como justicia.

Es el odio el que ha guiado la mano asesina de miles y miles de verdugos, pero también el que se alberga en el corazón de otros tantos que aguardan su oportunidad para ejercer su venganza, para reclamar la sangre del enemigo y satisfacer así sus ímpetus primarios y salvajes, porque el odio trae consigo una fascinación abominable por la sangre.  De esta manera se van construyendo discursos.

El uribismo ha comprendido a cabalidad los buenos réditos del odio y ha logrado utilizarlo como mecanismo de manipulación, incentivándolo constantemente. Y ha hecho política –o politiquería, que es la palabra que mejor define esa búsqueda obsesiva del poder- con el rencor y la muerte. Que las Farc son asesinos despiadados es una verdad que casi nadie se atreve a refutar, pero el uribismo se reviste por ello de una suerte de moralidad abstracta e infinita que le permite anhelar la muerte de su contrario. “Cárcel o muerte”. Eso no es justicia, esa es la lógica de la venganza, la misma lógica asesina de quien ellos consideran indignos de vivir.

Circula por Internet una foto en la que aparecen los cabecillas guerrilleros dados de baja por el Ejército. Tuve el infortunio de encontrarme con la grotesca imagen al lado de una leyenda que, palabras más, palabras menos, decía que esa debería ser la suerte de todos los miembros de la guerrilla: “Todos deberían terminar así”.

El uribismo anhela una victoria construida sobre la muerte. Esa es la moral de la guerra.

Precisamente eso, el odio, es el que hizo que Uribe, siendo presidente y aún hoy, me empeñe en negar la existencia del conflicto, lo cual durante su gobierno dificultó tremendamente el reconocimiento de las víctimas, que son las verdaderas afectadas por la guerra y sus vejámenes. Lo hizo por egoísmo puro, por ambición, por una tirria incontenible.

Es mentira que con las Farc se esté negociando la paz. El propósito de la mesa diálogo es buscar el fin del conflicto. La paz vendrá después y para lograrla es preciso desarticular el odio, reducirle espacio en la mentalidad de un país tan acostumbrado a odiar. Esa paz deberá construirse con todos los sectores, incluso ese, guerrerista y ambicioso. Esa será la paz más difícil de conseguir, pero será la paz verdadera, la que quizás, finalmente le deje espacio a la gloria inmarcesible.

@acastanedamunoz

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