En defensa de María Fernanda Cabal  

Por: Eduardo Mackenzie.–

Que yo sepa, en Colombia existe todavía la posibilidad legal de enviar trinos (twitters) a sus amigos y “seguidores”. Incluso tenemos el derecho de enviar cortos mensajes que pueden incomodar las delicadas orejas de algunos.  Es más, tenemos el derecho de consultar Youtube y de expresar todo tipo de opiniones, incluso políticas, impertinentes o no, en las redes sociales como  Twitter sin que un juez receloso pueda caernos con la acusación alucinada de ser “enemigos del pueblo” o de representar un “peligro para la seguridad nacional”.

Esa libertad de enviar twitters sin temor a ser censurados, amenazados  o encarcelados es prerrogativa de los países democráticos. Sólo en los Estados autoritarios, como Turquía, y en los países totalitarios, como Cuba,  esa libertad nunca existió o ha sido abolida.

¿Nos ocurrirá algo idéntico en Colombia?

Creo que –lamentablemente– no estamos lejos de eso. Lo digo al ver lo que le ocurre en estos instantes a la representante uribista electa a la Cámara María Fernanda Cabal.

Un grupito exiguo de exaltados, encabezados por un senador liberal, muy cercano al gobierno de Juan Manuel Santos, se ha rasgado las vestiduras y está clamando desde los techos que ella debe ser llevada a la hoguera y quemada en plaza pública por haber escrito un twitter que les pareció inadecuado.

Tras el fallecimiento del escritor Gabriel García Márquez, María Fernanda Cabal publicó un Twitter en el que formula un deseo o una predicción que desconcertó a algunas personas, pero que no iba más allá de eso. Ella tomó una fotografía en la que aparece el Nobel de Literatura con el jefe comunista cubano Fidel Castro. Bajo esa imagen ella escribió: “Pronto estarán juntos en el infierno”.

Esa frase puede ser chocante, torpe, para algunos, sobre todo para los familiares del difunto. Sin embargo, en esa frase no hay un insulto, ni una calumnia, ni un agravio, ni una difamación. Hay sí la expresión de un deseo o, más  precisamente, de un vaticinio. Eso es todo.

La representante uribista presentó sus excusas a la familia del escritor. Admitió haber “usado con ligereza” la palabra infierno. “Me faltó consideración con la familia del Nobel Gabriel García Márquez en su duelo”, reiteró. Explicó que con ese mensaje ella quería llamar la atención sobre la “opresión que vive el pueblo cubano” y protestar por el apoyo que el escritor dio siempre al régimen de Fidel Castro. Esas excusas son dignas, sinceras y suficientes.

Empero, el senador en cuestión no las acepta. No sé qué piensa de esas excusas la familia de García Márquez. No he leído una frase de ellos que esté a favor de esa caza de brujas. No obstante, el senador cree poder extrapolar y hacerle decir a esas seis palabras, algo que éstas no dicen. El senador, más papista que el Papa, pretende que esa frase lo autoriza para armar una trifulca homérica, una tempestad  mortífera, para convocar a sus amigos a una siniestra caza de brujas como otros hacían contra las mujeres ilustres en la baja Edad Media.

El talante irracional, reaccionario y despótico del senador quedó expuesto en esa operación. El hombre propone,  a través de su página web, sancionar a la representante electa. Propone que ella pague “una penitencia” por haber “agraviado a nuestro Nobel”. Esa “penitencia” consistiría en impedir que ella sea posesionada en su cargo de representante el próximo 20 de Julio.

En otras palabras, el iracundo político propone que de la nada salga una nueva sanción civil y administrativa contra un miembro de la Cámara de Representantes que escribió un trino inadecuado.  El problema es que el ordenamiento constitucional colombiano no prevé, ni jamás ha previsto, semejante arbitrariedad.  Ningún representante electo puede ser impedido de tomar posesión de su cargo, a menos de que un juez de la República diga que él ha cometido un crimen. Pero ese no es el caso, y no puede ser el caso.

Entonces, ¿con qué derecho el furibundo senador pide esa “penitencia”?  ¿El senador en cuestión se toma por quien?  ¿Por un Recep Erdogan? ¿Por un Fidel Castro? ¿Por un Torquemada?

El hombre, en realidad, alucina. Por su obsesión castigadora, por su intento de estigmatizar a una mujer (María Fernanda Cabal) comparándola a otra mujer (Natalia París) el hombre muestra que es un calamitoso misógino.

Este incidente muestra otra cosa: que gentes como ese senador –que exhibe sin pudor su ignorancia de la Constitución y de las leyes del país, y que muestra su sed de venganza contra sus adversarios políticos–, deben ser alejados de toda posición de gobierno o de poder pues desde esa situación pueden hacerle mucho daño a sus conciudadanos.

¿Desde cuanto un Twitter que incomoda a algunos se convirtió en delito?  ¿Desde cuándo cuestionar ciertos aspectos de la vida de “nuestro Nobel” fue erigido en crimen?  Los colombianos tenemos derecho de examinar, criticar y hasta condenar moralmente, y en términos muy claros, los personajes del Estado y de la vida cultural.

¿Cuándo  y quien abolió el derecho de expresión en Colombia? ¿Cuándo y quien arrasó con la libertad de pensamiento?

Así como van las cosas el senador en cuestión presentará un proyecto de ley para reprimir con cárcel, o con la muerte civil, a quien se atreva a enviar trinos que incomodan al gobernante de turno, o a su partido, o a un individuo.

¿Vamos a tener que comenzar una campaña, dentro y fuera de Colombia, para restablecer el derecho a usar libremente Twitter y para proteger la libertad de expresión de los parlamentarios?

El senador y sus amigos deberían escuchar lo que dijo Jennifer Psaki, la vocera del Departamento de Estado norteamericano, cuando Erdogan cerró el Twitter en Turquía: “Los gobiernos democráticos deben aceptar escuchar las voces que están en desacuerdo con ellos”. Y añadió: “Los médias independientes y expresándose sin tropiezos constituyen un elemento esencial de las sociedades abiertas y democráticas”.

Por su parte, Neelie Kroes, comisaria europea encargada de las nuevas tecnologías, declaró en esos mismos días: “La prohibición de Twitter en Turquía es sin fundamento, inútil y cobarde”, antes de concluir: “El pueblo turco y la comunidad internacional verán eso como una censura. Ese es el caso”.

En Colombia estamos pues ante un nuevo peligro: la censura de los bien pensantes. Cambiemos entonces los nombres de las declaraciones anteriores y pongamos nombres colombianos  pues dentro de unos meses, como van las cosas, tendremos ese mismo problema.

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